Era pequeño pero no olvido: el 11M donde "todo apuntaba a ETA"

Sebastián Chilla.

Sebastián Chilla

Jerez, 1992. Graduado en Historia por la Universidad de Sevilla. Máster de Profesorado en la Universidad de Granada. Periodista. Cuento historias y junto letras en lavozdelsur.es desde 2015. 

Aznar y Acebes en el minuto de silencio por los atentados del 11 de marzo. FOTO: RTVE.
Aznar y Acebes en el minuto de silencio por los atentados del 11 de marzo. FOTO: RTVE.

Aquel 11 de marzo de 2004 yo tenía 11 años. Como cada mañana, me levantaba y me preparaba para ir a la escuela, en el último curso de la educación primaria. Mi padre me preparaba zumo de naranja y ya por aquel entonces mi madre no me acompañaba al colegio. Solo, con el miedo de haber escuchado, primero en una radio que mis padres utilizaban como despertador y luego en la televisión mientras desayunábamos, que habían muerto muchas personas en un tren de Madrid sin saber bien por qué.

En la clase tanto los niños como los profesores se preguntaban qué había pasado, o mejor, dicho qué estaba pasando. Para muchos nos era inevitable recordar ese miedo que se instauró años atrás, tras el 11 de septiembre de 2001. De aquel día también me acuerdo, porque al llegar a mi casa, y con la mesa servida, mi padre creía que echaban una película en La 1. El impacto del segundo avión en las torres gemelas tenía lo mismo de ficción que todo el cuento chino (o vasco) que un determinado partido político utilizó para tapar sus vergüenzas tres días antes de las elecciones generales tres años después, en ese fatídico 11 de marzo.

Era pequeño pero tenía ojos y oídos. ¿Cómo iba a olvidar esas multitudinarias manifestaciones del 'No a la guerra'? Esas movilizaciones que pedían que cesara la participación de España en un conflicto que destruyó todo un país árabe, en busca de unas armas de destrucción masiva invisibles que sí tienen, en cambio, el imperio por el que el señor Aznar se dejó lavar el cerebro, en un rancho de Texas junto a su amigo George.

Era pequeño pero soñaba, y tenía pesadillas. Por encima de nuestras casas sobrevolaban aviones de la Base Naval de Rota y yo los escuchaba. Sentía el miedo de las bombas caer en vivo y en directo en la televisión pública española. Un paisaje oscuro con unos puntos de luz que imaginaba que era cualquier ciudad de aquellas que a todas horas oía y de las que, sin embargo, nadie se acordaba. Desde Bagdad a Mosul. En busca de un villano, a lo película taquillera de Hollywood con los malos como protagonistas, Sadam Hussein y el enemigo público número 1 de Estados Unidos (amigo años antes): Osama bin Laden.

Era pequeño, sí, pero lo recuerdo. Y no olvido. No olvido cómo en este país los de la paloma no eran los de la paz, sino los de la guerra y los del "todo apuntaba a ETA". No puedo sino hacer una mueca de desprecio al recordar al señor Acebes negando una certeza que era vox populi, que aquello era producto del terrorismo islámico que operaba en esos años Al Qaeda. Unos días negros, tristes y de rabia que iban a terminar el domingo 14 de marzo con la celebración de unas elecciones generales que contra todo pronóstico ganó José Luis Rodríguez Zapatero. La ruin utilización partidista del mayor atentado terrorista en nuestro país se volvió en contra de los propios intereses del Partido Popular.

Un momento tras los atentados del 11 de marzo de 2004. FOTO: RTVE.

No, no lo olvido. Durante años ese partido sostuvo una tesis basada en la falsedad, en la mentira, en el engaño, con el único objeto de beneficiar a sus propios intereses y los de determinados sectores afines para mantener el poder político, por puro electoralismo partidista. Una máxima que se repite sin ningún tipo de pudor desde que el señor Casado se torna sucesor del señor Aznar. Así se muestra un Partido Popular que negó el funcionamiento democrático de una moción de censura con la investidura de Pedro Sánchez la primavera pasada y que hoy colabora en alimentar entre banderas a una bestia llamada nacionalismo en contra de otra homónima sin importarles cuáles sean las consecuencias en la sociedad española.

No, no lo olvido y no lo voy a olvidar nunca porque en momentos políticos como este, con el neofascismo a la vuelta de la esquina y la radicalización de la derecha, se torna más importante que nunca un discurso de paz, de conciliación y de coherencia. Coherencia con nuestra historia reciente para apagar fuegos y no avivarlos, para recordar quien crea las guerras con su discurso de odio y para que nos mantengamos alerta y prevenidos de aquellos que quieren hacer de España su cruzada.

Porque en las guerras, sean políticas, económicas o propiamente guerras, los perjudicados siempre son los mismos. Los vagones de Atocha los cargó el diablo, y otros diablos acabaron con la vida de 192 españoles. Verdugos, cómplices y encubridores de la verdad: no os olvidamos. 

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