El Valle de los Caídos. FOTO: FLICKR
El Valle de los Caídos. FOTO: FLICKR

Desorden. Dícese de la perturbación del orden establecido, de la disciplina de un grupo, de una reunión, o de una comunidad de individuos. Confusión. Caos. Alteración desmedida que provoca incluso ansiedad ante el hecho de que las cosas no estén donde deban estar. Ocurre también con las personas. Desde hace mucho o desde hace menos, somos bastantes los dolientes del desorden. Bramamos como podemos ante lo que consideramos una afrenta histórica o un duelo reciente. Bramamos contra lo desordenado.

Hace más de cuarenta años que padecemos un fuerte episodio de desorden, que asistimos a una vorágine de desarreglo extremo. Fue entonces cuando aquel despreciable generalillo recibió sepultura. Y cristiana por supuesto, para más inri. Traje de gala, capilla ardiente, paseo con honores y kilos de mármol encima para sellar una tumba que demasiados temían que volviera a abrirse. Más valía que la piedra fuera bien pesada entonces, por si las moscas. Ya saben lo que dicen sobre las malas yerbas y los malos bichos: en cualquier lado se crían y nunca mueren del todo. Con él y por fortuna, a España se le iban muriendo también la hipocresía, el miedo y los complejos.

Pero ni después de muerto permitió que las cosas volvieran a su lugar, que se restaurara ese orden que tanto se echaba en falta. Él se quedó allí, en un valle que no era suyo, con sus efigies, sus misas y su descanso eterno arbolado. Ni muerto dejó de adueñarse de lo que no le pertenecía; ni siquiera cadáver dejó de robarnos la tierra. Y ahora, tras varias décadas de desorden sangrante —ese que no estalla en violencia pero sí en lágrimas serenas y que va horadando la moral—, parece que por fin nos devolverán algo de la dignidad sustraída.

Somos muchos los que esperamos el golpe atronador de un pico que astille al fin el mármol, que retire honores a quien nunca los mereció, que borre en lo posible las huellas de aquel asesino. Ahora parece que lo sacarán. A él y a los 12.000 cuerpos que fueron enterrados también allí pero sin mármol, sin nombre y sin nada. Nadie reza por ellos y nadie puede ponerles flores. Demasiadas familias sin ancestros, demasiados villanos con honores. Demasiado desorden.

La falta de orden nos pone nerviosos, nos inquieta. Incluso llega a atenazarnos, nos causa repulsión, nos deja solos y nos hace pequeñitos. Cuando los violadores salen de una celda y pueden retornar a casa a pesar de ser condenados, reina el caos. Reina la indefensión. Y volvemos a bramar en manada contra lo que no entendemos, contra la siniestra maniobra que coloca las piezas donde no deberían estar, que entierra con galones a los muertos más infames y excarcela a delincuentes repugnantes. Pocas veces nos dolió tanto que no sacaran a alguno. Pocas veces nos indignó tanto que sacaran a otros. A veces, solo a veces, el desorden corta como una cuchilla, es perverso, es abyecto. Y nos deja a la deriva, aullando solos o en manada.

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