cuartocrec
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Quizá algunos de ustedes recuerden este acertijo de la infancia: ¿qué es aquello que menos se ve cuanto mayor se hace? Puede que ya supieran la respuesta o que la acaben de averiguar y por eso intuyan de qué estamos hablando. Si han logrado ver la luz, les felicito. Las adivinanzas de los años más tiernos me han venido a la cabeza estos días, cuando tenemos el alma en vilo, cuando varias toneladas de tierra aprisionan el corazón. Unas 120 horas han pasado desde entonces. Cinco días en los que difícilmente podrían caber más lágrimas, más tensión o más preguntas. No sabemos dónde estará ni cómo pero no auguramos nada bueno porque han pasado demasiadas lunas y ninguna estaba llena. Estamos viviendo unas noches de cuarto creciente, unas noches de esas infinitas que parecen no acabar del todo. Cuando el sol no resplandece porque la pena se lo impide, la negrura triunfa en lo profundo. Y esa, esa nos está pudiendo a todos.

No se me ocurre nadie que a estas alturas no haya pensado en él, nadie que no tenga a ese niño malagueño en alguna oración o en algún buen deseo por desgracia cada vez más remoto. Aunque nunca hayamos visto sus ojos solo deseamos que estén abiertos y que no se cierren más que para jugar al escondite o para soñar con la luna, esa que anda ahora en cuarto creciente. No hemos escuchado jamás su risa pero no nos resignamos a que la melodía deje de sonar. La tragedia no debería arrebatar nunca las adivinanzas, los juegos ni los triciclos. Pasarlo mal con tan poca vida debería estar prohibido.

Y es que creo que nos estamos atreviendo a demasiadas cosas. Nos estamos atreviendo a plantear historias paralelas y hasta a procurar que otros se las crean, a señalar culpables e incluso a sentenciarlos. Nos estamos atreviendo a abrir un hilo en Foro Coches. Nos estamos atreviendo a que opine Paz Padilla y a que el Sálvame nos dé la última hora del caso. Nos estamos atreviendo a elucubrar, a juzgar y a mirar de reojo. Cada vez me convenzo más de que en este país sobran las frentes demasiado altas, las lenguas demasiado largas y las miras demasiado cortas.

Dicen que entre la luna creciente y la luna nueva es aconsejable sembrar aquellas plantas que crecen y echan frutos sobre la tierra, mientras que es en cuarto menguante cuando fructifican mejor las que lo hacen bajo tierra. Quizás sea por eso, por ese cuarto creciente que no deja florecer con la tierra de por medio. Quizás sea cosa de la luna. Si es capaz de influir en las mareas, en las temperaturas, en el volumen de las lluvias, en las tormentas eléctricas y hasta en los huracanes… ¿cómo no va a tener algo que decir en esto? Quizá sea porque no alumbra como podría hacerlo.

Aquello que menos se ve cuanto mayor se hace, aquello que nos quita el sueño y que ni siquiera esta luna —que no está llena— puede mitigar, aquello que hoy nos atormenta y que asusta primero a los más pequeños. Cuando todo se hace uno con ella, la esperanza se desvanece y el dolor ahoga. Oscuridad. La oscuridad.

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