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Una novedosa máquina de hacer cubitos de hielo —que jamás se colmaba por más que escupiera varios cada 20 segundos— era de las pocas cosas que lograba sacarme los ojos del centro de aquella fiesta. La ruidosa máquina y cuando los señores —nunca en boca de las señoras de entonces— decían esa misteriosa palabra que sonaba a país lejano. Un gyn tonic reclamaban los que se acercaban a la barra de la venta y yo, con mis doce años, intentando averiguar lo que contenían aquellos vasos de tubo que me siguen pareciendo, a día de hoy, esas chimeneas que están en silencio en la fábrica de botellas.

Sobre la repetitiva musiquilla Oh Susana de la única tragaperras de la venta y la caída de mis cubitos helados se encontraba, a falta de villancicos durante aquellos años progres, la inagotable Que salga el toro, el toro para La Habana.

Con una Cocacola en mis manos —bebida que ahora tenemos casi vetadas a los niños en edad de dormir— contemplaba aquel baile improvisado de novios con ganas de roce, solteros que tenían clavado en su frente la palabra Solterón y viejos con sus viejas que siempre fueron ancianos desde que decidieron casarse.

Que salga el toro y ahí que salía el afortunado de turno —siempre con un pañuelo de dudoso gusto por si se perdía— en busca de su víctima a la que haría bailar, en el corazón de la reunión, durante aquel eterno minuto que duraba la melodía. Muchos niños -nunca mi hermano y a veces yo- nos poníamos en primera fila para ser arrastrados al redondel por aquel trapo mágico pero siempre acabábamos, bien por la desidia de los adultos o por nuestro propio agotamiento, jugando a los indios y los vaqueros bajo las mesas y una espesa nube de humo blanco con sabor a Fortuna.

No lejos de allí —a no más de cincuenta metros de la puerta del restaurante— la parada de autobús, levantaba a base de ladrillos vistos y encalada de blanco, mostraba en la noche su enorme y cuadrangular boca negra. Dentro de sus fauces, con tinta roja de bolígrafo, guardaba muchos de nuestros nombres. El mío seguro..., lo escribí yo.

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