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Cuando las naciones eran el sujeto de la Historia —así fue durante los siglos XIX y XX, de ahí que haya una Historia de España, de Francia, de Inglaterra...—, como si las naciones hubieran existido desde los tiempos más remotos y no fueran en realidad una creación del mundo contemporáneo, los historiadores se empeñaban en buscar, dentro de un relato más o menos coherente y bien trabado, personajes heroicos, mártires y episodios ejemplares que proporcionaran valores y señas de identidad colectivas, y que al mismo tiempo alentaran la autoestima y el orgullo patrio de los ciudadanos. Nada importaba que tales personajes y episodios fueran muchas veces más legendarios que históricos, o incluso de pura ficción —como las apariciones triunfantes del apóstol Santiago en las guerras medievales entre los reinos hispanos—, con tal de que contribuyeran a enardecer la fe nacionalista y a afianzar un programa ideológico determinado.

En este sentido la Historia ha venido a hacer en el mundo contemporáneo el papel del mito en las tribus y pueblos primitivos, hasta el punto de ser el relato histórico —como el mito— quien en realidad establece la idea de nación en el imaginario colectivo. Una idea según la cual la nación sería un ente ancestral y sagrado al que pertenecemos y que nos pertenece, y una “unidad de destino” por la que incluso debemos estar dispuestos a sacrificar nuestra vida. Todo por la patria.

Pero hace ya muchos años —prácticamente desde la muerte de Franco— que la Historia de España que se estudia en nuestras escuelas e institutos ha dejado de ser aquel relato mítico y teleológico que hacía de nuestra nación un continuo histórico que se remontaba al menos hasta los tiempos de Viriato, y que atribuía a los españoles un carácter y unos valores morales peculiares y admirables. Y desde entonces la Historia de España ha pasado felizmente a ser el estudio y la interpretación de los hechos acontecidos a lo largo del tiempo en el solar sobre el que hoy se asienta el Estado español, que explican y nos ayudan a comprender nuestro tiempo desde puntos de vista y presupuestos ideológicos diversos.

Pero mientras esto acontecía en la mayor parte de la España democrática, en las regiones inficionadas por el virus nacionalista ha sucedido todo lo contrario. Y desde el comienzo de nuestra democracia, sobre todo en el País Vasco y en Cataluña, historiadores poco rigurosos subvencionados muchas veces por el poder político autonómico, o abducidos por el sentimiento y la fe nacionalista, han emprendido la construcción de un relato histórico mítico y oficial para transformar aquellas regiones en naciones ancestrales con caracteres morales superiores, y en supuesta lucha permanente contra una España de la que al mismo tiempo difunden una imagen decadente y detestable, y que supuestamente las ha mantenido y mantiene oprimidas y sojuzgadas.

O sea, que mientras aquí hemos conseguido construir un “nacionalismo cívico”, en el que buen patriota es todo aquel que cumple las leyes y paga sus impuestos, tenga la ideología o la identidad cultural que tenga y hable la lengua que quiera, allí, en un proceso claramente involutivo, reaccionario y culturalmente uniformador, han abrazado un “nacionalismo etnicista” que les lleva al extremo de matar y a morir por la patria —como hasta hace poco en el caso del País Vasco—, y a tergiversar y manipular la Historia hasta caer en el más estrepitoso ridículo —ahora resulta que hasta el Cid Campeador era catalán—, y a sacrificar las diferentes identidades culturales de los ciudadanos, e incluso las leyes democráticas, en el rancio altar de la patria.

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