Don Quijote vuelve a casa.
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“Nadie quiere a su patria por ser grande, sino por ser suya” (Séneca).

Me llena de orgullo y satisfacción, como decía el rey emérito en sus discursos navideños, que España sea el primer país del mundo en donación y trasplantes de órganos, prueba evidente de que los españoles -incluidos catalanes y vascos, claro- somos gente solidaria, capaces de hacer grandes cosas cuando trabajamos juntos y nos lo proponemos.

Me llena de orgullo y satisfacción que España, a pesar de las últimas y recientes tragedias, sea uno de los países donde menos violencia se ejerce contra las mujeres -según las estadísticas disponibles-, y al mismo tiempo sea también uno de los países donde más escandaliza y más nos abochorna esta lacra, lo que demuestra la bonhomía y nobleza del pueblo español.

Me llena de orgullo y satisfacción que España sea uno de los países más visitados del mundo, señal inequívoca de que aquí sabemos vivir bien, a pesar de los problemas y deficiencias que nos aquejan; de que tenemos buen clima, bellos paisajes, ciudades hermosas y monumentos valiosos; y de que los españoles somos, por lo general, gente acogedora y afable.

Me llena de orgullo y satisfacción que España sea uno de los países con mayor esperanza de vida (o sea, donde la gente vive más años), lo que indica que en general nuestra manera de vivir, y en particular nuestros hábitos higiénicos, nuestra alimentación y nuestro sistema sanitario son punteros en el mundo.

Me llena de orgullo y satisfacción que fueran españoles los primeros que se aventuraron a cruzar el océano Atlántico, en una de las mayores gestas de toda la historia de la Humanidad. Y que fueran también españoles -junto con nuestros hermanos portugueses- los primeros que consiguieron circunnavegar el mundo en una epopeya no menos heroica, demostrando así de facto la esfericidad de la tierra, y poniendo de manifiesto el carácter audaz, valiente y aventurero de nuestros antepasados, cuyos genes portamos los españoles de hoy.

Me llena de orgullo y satisfacción que la lengua española sea la segunda lengua materna más hablada del mundo, después del chino mandarín, resultado de una historia épica llena de aventuras a las que solo les ha faltado -de momento- el Homero que las cante como merecen. Consecuencia esto último tal vez del carácter en exceso autocrítico y pesimista de los españoles, uno de nuestros mayores defectos.

Me llena de orgullo y satisfacción que don Quijote sea el mito español más universal. Un mito encarnado en un personaje que ha enamorado al mundo por su hombría de bien, su idealismo, su alto sentido del honor, su sabiduría, su valentía, su espíritu soñador y aventurero... Un mito que debería ser norte y guía de los españoles de hoy y de siempre. La imagen de don Quijote, nuestro santo patrono laico, debería presidir todas nuestras escuelas e institutos, y su historia, narrada por Cervantes, debería ser lectura obligatoria para todos nuestros jóvenes, y también para quienes aspiren a adquirir la nacionalidad española, un privilegio por el que se debería pagar al menos ese precio inmaterial.

Podríamos encontrar muchas más razones por las que sentirnos orgullosos de ser españoles. Razones que considero necesario encomiar hoy dada nuestra tendencia patológica a regodearnos en los aspectos más negros y sombríos. En este país de claroscuros y violentos contrastes, frente a nuestro pesimismo visceral y autodestructivo, y frente a los agoreros que solo vaticinan desdichas y desgracias, reconozcamos las cosas grandes y buenas de España aunque solo sea por higiene mental, y como estímulo de cara a la construcción de nuestro futuro colectivo. Sin renunciar a la necesaria autocrítica, solacémosnos en la luz que irradia esta bendita tierra, a la que en última instancia hemos de amar no ya porque sea grande o mejor que otra, sino porque, como decía Séneca, es la nuestra.

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