Cada pocos años, de manera recurrente y a modo de serpiente de verano, sale a la palestra informativa el tema de los deberes escolares. O sea, las tareas, que es como aquí siempre las hemos llamado. Que si habría que prohibirlas, o quizá tan solo limitarlas con el fin de que los niños tengan más tiempo libre y no se nos estresen, angelitos. Ya en el año 1964 el Ministerio de Educación y Descanso (así se llamaba entonces, no es ninguna indirecta contra los maestros) publicó una orden mediante la que quedaban suprimidas las tareas para casa a los niños menores de 9 años, y a los que pasaban al menos seis horas diarias en el colegio. La información apareció publicada en el diario La Voz del Sur el 19 de noviembre de aquel año, hace ya 52. De modo que hasta el Gobierno de Franco estaba en contra de los deberes, chúpate esa. Lo que pasa es que como en España las leyes se acatan pero no se cumplen -pregúntenle si no a los nacionalistas catalanes-, pues los maestros siguieron a lo suyo, llevándole la contraria al Régimen y haciendo lo que ellos consideraban mejor para la formación de los chiquillos.

Desde los años 80 para acá el asunto ha sido foco de atención de manera intermitente, de lo que puedo dar fe, ya que por aquel entonces yo mismo era maestro. Pero en aquellos años de los inicios de nuestra democracia la propuesta venía revestida con la pana progresista que lucía el primer Felipe González. En favor de la misma se esgrimían razones tales como que las tareas eran poco menos que un mecanismo diabólico contrario a la igualdad, destinado nada menos que a perpetuar las diferencias entre clases sociales, ya que solo las familias con posibles -muchas de las cuales tenían a sus hijos en centros privados- podían ocuparse y reunían condiciones favorables -espacio adecuado, tiempo, padres más preparados y dispuestos, etc.- para que los chavales las realizaran a diario y de manera adecuada. O sea, que ya se apuntaba hacia el objetivo de igualar a todos los niños... por abajo. Objetivo plenamente alcanzado, dicho sea de paso, tras la implementación de la reforma educativa socialista (la dichosa LOGSE) sin necesidad de suprimir las tareas para casa. Porque a pesar de aquellos argumentos tan progresistas los maestros siguieron a lo suyo -que es enseñar como mejor saben-, estableciéndose, eso sí, las "clases de permanencia" (una hora más en la escuela por las tardes) para aquellos niños menos aventajados o que tuvieran problemas para hacer las tareas en casa. Hoy día aquellas clases "de permanencia" se llaman "de acompañamiento", que es lo mismo pero con un nombre como más solidario, acorde con la ñoñez de los tiempos.

Lo novedoso en el nuevo replanteamiento del tema es que esta vez son las asociaciones de padres las que han tomado cartas en el asunto, hasta el punto de proponer una "huelga de deberes", mediante la que los progenitores hacen frente solidario junto a sus estresados hijos contra los pérfidos maestros -a quienes desautorizan-, que al parecer encargan para casa el trabajo que no hacen en clase (así se lo he escuchado decir a alguno). Podrían haber propuesto una "huelga de botellón", con lo que nos ahorraríamos algún coma etílico entre los adolescentes, e incluso alguna muerte, y que además no contribuiría a socavar aún más el principio de autoridad del que tienen que estar revestidos profesores y maestros.

¿Autoridad? Sí, autoridad he dicho.

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