Puños en alto, en una manifestación.
Puños en alto, en una manifestación.

Nunca me había parado a pensar que saludar con el puño en alto, como es tradicional entre la gente que se dice de izquierda, tuviera un origen y trasfondo machista. No lo digo yo, sino el Decálogo del joven socialista, publicado el 17 de febrero de 1934 en la revista Renovación, órgano de la Federación de Juventudes Socialistas de España, que por aquel entonces dirigía el ínclito Santiago Carrillo. Dicho decálogo dice concretamente en su punto tercero: “Hay que saludar con el brazo en alto –vertical– y el puño cerrado, que es un signo de hombría y virilidad”. Mas ahora que lo pienso, el carácter fálico de esta forma de saludo —como le sucede al corte de mangas o a la popular peineta— es más que evidente.

Puestos a eliminar del lenguaje las expresiones machistas —como “cojonudo” o “coñazo”, tal y como proponen algunas organizaciones feministas—, no sé a qué esperan estas guardianas de la corrección política y del lenguaje aséptico e inclusivo para llamar la atención sobre esta fórmula de saludo tan elocuente, y que tan mal encaja con sus directrices. O a lo mejor han entendido al fin —aunque lo dudo— que las palabras y los símbolos evolucionan en su significado, perdiendo connotaciones —incluso machistas— que pudieron tener en su origen, y que su sentido último se va amoldando a los nuevos contextos históricos y sociológicos, dependiendo finalmente de la intención de quienes los utilizan.

Pero siguiendo con el Decálogo del joven socialista —que no tiene desperdicio—, merece destacarse el punto octavo, en el que dice: “La única idea que hoy debe tener grabada el joven socialista en su cerebro es que el Socialismo solamente puede imponerse por la violencia, y que aquel compañero que propugne lo contrario, que tenga todavía sueños democráticos, sea alto, sea bajo, no pasa de ser un traidor, consciente o inconscientemente”. Pero no se me escandalicen, ya que este alegato en contra de la democracia y a favor de la violencia hay que enmarcarlo en su justo contexto histórico. Tengan en cuenta que por aquel entonces estábamos en tiempos de la II República, y que las elecciones de noviembre de 1933 —tres meses antes de publicarse el decálogo—, las habían ganado el centro y la derecha, que además pretendían implementar su programa electoral. ¿Habrase visto tamaña osadía?

Desde el primer momento la izquierda se movilizó, y arreciaron las protestas y manifestaciones en la calle —puño en alto— contra el nuevo Gobierno. A este respecto el Decálogo del joven socialista decía en su punto cuarto: “Es necesario manifestarse en todas partes, aprovechando todos los momentos, no despreciando ninguna ocasión. Manifestarse militarmente, para que todas nuestras actuaciones lleven por delante una atmósfera de miedo o de respeto”.

Así estaban las cosas en febrero de 1934, y aunque el Decálogo del joven socialista induzca a pensar lo contrario, todavía no había estallado la Guerra Civil. Aunque algo se estaría cociendo cuando dicho decálogo remataba así en su décimo punto: “Y sobre todo esto: armarse. Como sea, donde sea y «por los procedimientos que sean». Armarse. Consigna: Ármate tú, y al concluir arma si puedes al vecino, mientras haces todo lo posible por desarmar a un enemigo”. Con todo,
 pasarían todavía más de dos años hasta que Franco y otros militares perpetraran un golpe de estado contra la legalidad democrática que nos llevaría a una guerra civil terrible, y a una dictadura militar tan larga como implacable. Sin duda la mayor tragedia de nuestra historia.

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