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El pasado jueves, día 16 de este mes de marzo, estuve en la inauguración de la exposición de pinturas que el artista Joaquín Terán presenta en la sala Barbablanca, y que permanecerá abierta al público hasta el próximo 8 de abril -de lunes a viernes- de 17 a 21 horas. Apenas permanecí allí unos pocos minutos, los suficientes para saludar al pintor y para darme cuenta de que aquellos cuadros merecían una visita mucho más detenida y atenta de lo que permite el día de la inauguración, con tanta gente y tanto ajetreo en un espacio tan reducido. Así que me marché y volví al día siguiente, pudiendo esta vez recrearme a mis anchas en la obra de este pintor singular.

Joaquín Terán presenta en esta ocasión una colección de paisajes en pequeño formato, realizados al óleo sobre papel, aunque también hay alguno sobre tabla. En ellos las vistas más humildes y cotidianas acaparan el protagonismo del cuadro, dotándolas así el pintor de una enorme dignidad y de un sentido que trasciende la mera apariencia. Son obras esenciales, sin cabida para lo anecdótico, realizadas de manera minuciosa, con pincel delicado y paciente. En este sentido diríase que estamos ante un verdadero Azorín de la pintura.

Son los cuadros de Joaquín un ejercicio de meditación sobre el paisaje. Cualquier cosa que el pintor pueda ver desde la ventana de su casa -a las afueras de la ciudad-, o en el camino durante algún paseo por el campo, le sirven como pretexto plástico para plasmar su mundo interior, rico y complejo. Se trata de una pintura meditativa y silenciosa, sin concesiones efectistas. A un simple arbusto en mitad de la campiña, a unos pinos polvorientos junto a cualquier camino, a una nave agrícola o a cualquier casa o ruina sin ningún interés plástico aparente, la mirada certera del pintor -delatada en el encuadre- las dota de armonía con el entorno, consiguiendo extraerles toda su belleza, difícil de percibir por el paseante distraído, al tiempo que nos revelan una profunda y oculta carga poética.

Hay mucha ternura en los paisajes de Terán, iluminados con sutileza y en los que predomina el dorado y los ocres de los campos en contraste con el verdinegro de los árboles y matorrales. Unos contrastes atenuados por el polvillo vegetal que flota en el ambiente -tan característico de esta tierra-, esa tenue calima que todo lo envuelve y armoniza en los días calurosos del verano. Pero muchas veces sobre ellos gravita un cielo grande y amenazador, cargado de sombríos presagios, que otorga a los más humildes paisajes un sentido trascendente y trágico. Conviene estar precavidos. Los mismos títulos de los cuadros -con los que se podría componer un poema- refuerzan este sentimiento: “Algo va a ocurrir”, “Lo que nos espera”, “La amenaza”, “Enclaustrado”, “Las horas sin medida”, “Los árboles de Macbeth”, etc.

Decía Ortega que “en ciencia, como en arte o en política, todos los avances han consistido en que algún espíritu genial lograba transferir la seria atención humana de las cosas que eran reconocidas como interesantes a otras en que nadie se había fijado”. Justo lo que ha conseguido Joaquín Terán en sus cuadros -que, dicho sea de paso, valen mucho más de lo que cuestan-, y que hacen de él uno de los artistas plásticos más interesantes de nuestra ciudad.

Sí, algo va  a ocurrir.

 

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