El ministro del Interior italiano y líder de la ultraderechista Liga, Matteo Salvini, en una imagen de EFE recogida por eldiario.es
El ministro del Interior italiano y líder de la ultraderechista Liga, Matteo Salvini, en una imagen de EFE recogida por eldiario.es

No acostumbramos a valorar, en su justa medida, aquello que no es habitual. Solo cuando se corre el riesgo de perderlo, o se ha perdido definitivamente, reparamos en el alto valor que, para nosotros, tiene aquello que vemos en riesgo. Y esto me sucede, siendo gitano, con Jerez. Y se podría ampliar dicho orgullo al resto de Andalucía. Lo digo porque ahora, debido al notable auge del racismo en el mundo, han salido de nuevo los gitanos a la palestra. Y reaparece de nuevo haber nacido en una ciudad donde la perfecta y armoniosa convivencia entre gitanos y “gachós” (como nos referimos en mi tierra a los payos) tiene una antigüedad de más de tres siglos, hasta donde mi conocimiento alcanza.

El racismo, entendido en sentido general, está desgraciadamente demasiado de moda. Los movimientos migratorios, que la segunda década del siglo ha puesto de manifiesto, lo demuestran. Hoy día la gente se refiere al racismo ya se trate de racismo propiamente dicho, de xenofobia o de fundamentalismo cultural e identitario. El rechazo a otras razas, a los extranjeros o a los pertenecientes a otras culturas, pone de manifiesto la peor de las caras de Europa. La más fea, la más vergonzosa. Y no solo la peor cara de los gobernantes. También de una parte de la ciudadanía europea que vota a opciones políticas xenófobas y racistas. Pero conviene hacer pedagogía de cómo hemos llegado a esta situación.

La crisis inmobiliaria y de los mercados financieros, comenzada en 2008, ha alcanzado una profundidad inesperada, convirtiéndose en la primera gran crisis de la globalización y cuyas consecuencias eran del todo imprevisibles. O no. Porque, como señalaba de antiguo la escritora Noemi Klein, la permanente ofensiva ultraliberal aprovechaba, cuando no las provocaba, las crisis económicas, sociales o políticas, para introducir cambios en el sistema económico. Cambios que, como demuestra la realidad, facilitan el enriquecimiento de unos pocos y el empobrecimiento de la gran mayoría. Esto es, y no otra cosa, el ultraliberalismo. Y paradojas de la vida, se proponen como solución medidas que fueron la causa de la crisis. O dicho de otro modo, la crisis tuvo como causa, acuerdo generalizado existe sobre ello, la desregulación del mercado financiero, y como solución, se propone más desregulación. La desaparición de la amenaza comunista les permite, creen ellos, eliminar los derechos y garantías que las clases asalariadas habían disfrutado desde el final de la segunda guerra mundial.

Y esto ha tenido consecuencias muy negativas sobre Europa. Ha significado la imposición de la Europa de los capitales sobre la Europa de los ciudadanos, el triunfo de la Europa Económica sobre la Europa Social y la victoria de la flexibilidad sobre la seguridad. Conceptos (Europa de los ciudadanos, Europa Social o Seguridad), todos ellos pertenecientes al diccionario genético europeo, pero que han venido perdiendo, absolutamente, vigencia.

Las soluciones aplicadas para la superación de la crisis señalada, austericidio permanente, en especial en la Europa del sur, ha tenido como consecuencia paro y empobrecimiento de grandes capas de la población. Y esto, a su vez, ha provocado que, una parte importante de los electorados, haya retirado su apoyo a los agentes políticos tradicionales, abrazando nuevas alternativas políticas, entre las que se encuentran algunas de extrema derecha, y euroescépticas, que ganan cada día más peso (Francia, Italia, Austria, etc.). Es un doble abandono: el de los partidos tradicionales y el de la Europa antisocial.

En este contexto, probablemente el peor momento económico y social de Europa desde la última guerra mundial, se producen los actuales movimientos migratorios. Migraciones a la que, además de la provocada por el hambre, se unen las provocadas por las guerras. Siria, para vergüenza de occidente.

Y Europa, por razones demográficas, terminará necesitando la mano de obra inmigrante, si quiere mantener su sistema socioeconómico. Sin embargo, las nuevas opciones políticas, euroescépticas y de extrema derecha, con el apoyo de gran parte de los medios de comunicación, alimentan el engaño de que los problemas de las clases asalariadas europeas son consecuencia de la presencia inmigrante. Olvidan que la brecha entre ricos y pobres, en Europa occidental, se ha agrandado. Olvidan que los recortes de los beneficios sociales los hacen los gobiernos europeos y no los inmigrantes. Olvidan que, en el caso de España, los que nos roban son de aquí y son ricos. Olvidan la Declaración de los Derechos Humanos y el concepto de dignidad de las personas. Y todo ello, para vergüenza de Europa.

Jerez, como muchas otras ciudades de Andalucía, es un ejemplo de que es posible la convivencia, el enriquecimiento mutuo y la armonía en las relaciones comunitarias

Y en estas circunstancias, aparece Salvini, un ministro italiano que, con sus decisiones ha dado un giro de tuerca más en la extensión del racismo en Europa. Con él hemos pasado del racismo vergonzante y disimulado, al racismo descarado, orgulloso y oficializado. Comenzó dejando a un barco de negros a la deriva, sin importarle cuál fuese el destino de las vidas de esas pobres criaturas que huían del hambre o de la guerra.

Pero ahora, ha dado un paso más, el giro de tuerca, que consiste en dirigir su política, xenófoba y racista, contra los propios europeos. Pobres claro. Ahora ha puesto en su objetivo a los gitanos. Hace mil años que llegaron a Europa. Más años que los llevan los blancos en los Estados Unidos, incluidos los emigrantes italianos. Y pretende, y propone, crear un censo de los gitanos que habitan la bota europea. Uno específico, destinado exclusivamente a la población gitana. Un instrumento que le permita controlar sus movimientos y reducir su libertad, conculcando sus derechos, esos que reconoce la ya mencionada declaración de los derechos del hombre, Y manifiesta, expresamente, que, desgraciadamente, habrá de quedarse con aquellos que hayan nacido en Italia. Y me pregunto, sus votantes, padecerán la misma degeneración que este sujeto, al que apoyaron en las elecciones.

Este nuevo acoso, de carácter institucional, se hace especialmente difícil de comprender, cuando uno, como el que suscribe, ha nacido y crecido en una ciudad como lo es Jerez: paradigma de integración y asimilación de los gitanos, hasta el punto que muchos elementos de la cultura gitana forman parte de las señas de identidad de nuestra ciudad.

Jerez, como muchas otras ciudades de Andalucía, es un ejemplo de que es posible la convivencia, el enriquecimiento mutuo y la armonía en las relaciones comunitarias. Por eso es la hora de la respuesta. No podemos permanecer callados. El silencio no puede ser lo políticamente correcto. Jerez debe responder. Por consiguiente, propongo que el Ayuntamiento de Jerez declare formalmente persona non grata al ministro italiano Salvini.

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