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Esta sociedad que tiene mecanismos para alimentar a millones de pobres y vestir a otros tantos harapientos está financiando la implantación de la nueva hambre.

En clase no solíamos bajar de 40 alumnos. Lo sé porque mi apellido —ecuador de abecedario— me solía colocar entre los números veinte y veinticinco; una cifra que mutaba de posición entre Alarcones y Zambranos o Agredanos y Tenorios según el año. Ahora que lo comento, no era yo de los que destacaban a pesar de ser nombrado —en más casos de los deseados— delegado de clase. Recuerdo que era un chico notable, sin ánimo de sobresaliente, que gustaba de pasar desapercibido en la heterogénea masa que el profesorado educaba a base de negativos y positivos.

Es cierto que tampoco se necesitaba gran cosa para salir adelante. De hecho, en la mayoría de los casos, alcanzaba con sentarse en las filas de delante y existir. Bastaba con existir. Esto me hace recordar una pequeña conversación que tuve —al estilo de las que se tienen con los mormones— con un mendigo en la puerta de mi universidad:

—“¿Por qué pide sólo una peseta?”, le pregunté lanzado un día de cafeína. “No necesito dinero. Es sólo para hacerme notar”, me contestó impasible.

Ha pasado el tiempo —se podría decir que una generación perdida— y aquella vaga idea que vislumbraba por entonces está imponiéndose: muere el capitalismo para dar paso al presencialismo. El dinero ya no es nada. Puedes ser el hombre más rico del mundo y morir de hambre. Puedes ser el ser más desdichado de tu barrio y por una broma macabra del destino acabar convertido —siempre será por un corto espacio de tiempo— en el individuo más envidiado de la faz de Tierra.

Sucede porque esta sociedad que tiene mecanismos para alimentar a millones de pobres y vestir a otros tantos harapientos está financiando —para su propio beneficio— la implantación de la nueva hambre: Hambre de “Estar”. Hambre de Estar a toda costa y bajo cualquier circunstancia. Estar en la revolución sin ser revolucionario; estar en el paraíso de una playa lejana para acabar entregándolo a las diabólicas mentes de unos seguidores de Facebook; estar sin querer estar frente a una pelea de navajas abiertas por el mero hecho de anunciar, minutos después, tu supervivencia de una vida que nunca estuvo en peligro; estar aunque sea bajo sospecha; estar en el candelero para no estar con uno mismo...

Para ello se recurrirá —siempre decimos que inocentemente… a las redes. Nos proclamaremos a los cuatro vientos con fotos de nuestros pies como si importaran, como si nuestras risas de porcelana dieran de comer felicidad, como si nuestros logros fueran de todos cuando celosamente siempre acabamos devorando sus dividendos en mesas para un comensal. Por ello me niego. Me niego —desde hoy— a la exposición de platos de comida, a las opiniones llenas de ira y miedo, a los cielos sin estrellas, a la banderita de España o banderola catalana, a esos niños con rostros de tomates amarillos fritos.

Por encima de todo perseguiré todo rastro de arte, de música, de reflexión pausada, de paz, de fotografía sin filtros ni escaparate. Valoraré la misa al vivo y tildaré de banal la gloria al muerto. Lo profundo por encima de lo cómico. Lo sincero antes que lo esperado. Me cuidaré de no caer en las trampas de esta nueva hambre que crea hombres y mujeres sin más ambición que el “Estar” a todo precio cuando más imposible nos ponen alcanzar el verdadero objetivo de cualquier ser humano que sería el de “Ser”. Ser por encima del bien y de lo menos bien como decía un viejo amigo. Ser para saber “estar” en los sitios. Ser para que cuando nos toque el último segundo sepamos rendirnos a lo evidente. Ser para dejar ser al resto de los que nos acompañan en este único viaje de ida.

Ya sucedía con un chiflado profesor de matemáticas que tenía en EGB. Cogía su listado de alumnos y empezaba a nombrarnos hasta encontrar a alguien que tuviera la valentía de salir a la pizarra y realizar uno de sus ejercicios. “¿Mariscal? ¿No sale? Negativo. ¿Medrano? ¿Tampoco va a salir usted? Negativo. ¿Moreno? ¿Qué dice? ¿Que va a salir? Adelante”. Recuerdo que abandoné el pupitre, tomé la tiza y me agarré a la pizarra para intentar resolver aquella ecuación de segundo grado que había acabado con media clase. No pude siquiera empezar. “Vuelva a su asiento. Negativo. Se escribe en el margen superior izquierdo de la pizarra. Nunca en el corazón”. ¡Qué equivocados estábamos! Yo por creer que el hecho de estar me aseguraría una mínima ventaja entre los perdedores y él por eso de que nunca se debe de escribir en el corazón.

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