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No somos capaces de ver que nos necesitamos, aunque no seamos comunistas, ni socialdemócratas, ni sindicalistas, ni judíos, ni arena del desierto.

El polvo no es solo polvo. En este universo conectado y cambiante, hasta la más insignificante mota puede ser decisiva. Nos lo enseñó el ‘efecto mariposa’. Lo que científicamente se conoce dentro de la teoría del caos como la “dependencia sensitiva de las condiciones iniciales”, en un lenguaje más poético se resume en la famosa frase: “El aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Nueva York”. Y en un español cuasi de barra, lo despachamos con la idea de que todo está relacionado. Cuando las mentes pensantes se dieron cuenta de que cada elemento era determinante para el resto, comenzaron a indagar en el decurso de esas relaciones. Hay muchos tipos de nexos: los de dependencia, los de sangre, los de afinidad… pero quizás los más curiosos de todos son los aparentemente inexistentes. Como tantas veces ocurre a lo largo de la vida, lo más destacable es aquello invisible a los ojos.

Existen muchos vínculos, algunos de ellos sutiles, imperceptibles, materialmente finísimos —por usar términos aristotélicos—, que nos mantienen asidos al otro extremo del mundo. Es lo que le ocurre al polvo sahariano. Cada año, más de 20.000 toneladas de arena del desierto africano cruzan el Atlántico para depositarse en el Amazonas. Recorren varios miles de kilómetros para fertilizar con sus nutrientes el pulmón del planeta. Lo que más llama la atención es que la cantidad de fósforo que el polvo desértico proporciona a la Amazonía es aproximadamente la misma que la selva pierde cada año a causa de las fuertes lluvias e inundaciones. La concentración de partículas en el aire de las ciudades de Estados Unidos, América del Sur y el Caribe —y la salud de los asmáticos, alérgicos y demás sufridores respiratorios que las habitan— también depende de la llegada del polvo africano. Un ecosistema inteligente que tiene muy claras sus conexiones y que nos arrastra a nosotros como su talón de Aquiles. Para muestra, valga un botón de destrucción forestal, cambio climático o vertidos tóxicos.

En un convulso 1946, el pastor luterano Martin Niemöller pronunció este sermón que quizá el lector reconozca: “Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio… porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio… porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté… porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a buscar a los judíos… no pronuncié palabra, porque yo no era judío. Cuando finalmente vinieron a buscarme a mí… no había nadie más que pudiera protestar”. La cita, generalmente atribuida a un poema de Bertolt Brecht, lleva encima sin saberlo un buen puñado de polvo del Sáhara.

Si bien la naturaleza se autorregula, se quiebra y se regenera, crea y recupera, destruye y avanza, los seres humanos actuales somos presa de un individualismo feroz que nos impide palpar a nuestro alrededor la arena del desierto. Nos descubrimos incapaces de apreciar esa dependencia sensitiva de las redes naturales y nos tienta una egolatría perversa y aniquiladora. Nos seduce o simplemente no podemos escapar de ella, nos contagia el entorno y su enrarecido mecanismo —convertido en asumible resignación, nos atenaza la competitividad descarnada. Es la única vía posible. O resistes, o no sirves. Nos sentimos máquinas en permanente pugna, individuos institucionalizadamente individualistas. No cooperamos, no somos mundo —ni estamos sensitivamente en él—, sino que creamos nuestro propio cosmos virtual para sentirnos el eje heliocéntrico al que todo circunda. La pasividad se ha hecho fuerte en nuestras colmenas, y por eso destruimos los bosques que nos dan alimento, y por eso seríamos capaces de asfaltar las mismísimas dunas del Kalahari para construir un resort. Si pusiéramos al alcance de una rata un botón que le produjera orgasmos, lo pulsaría hasta morir de hambre. Se destruiría, pero al menos tendría un buen motivo. La destrucción de lo que somos a cambio de nada únicamente puede emanar de la insensatez más estúpidamente indolente. Porque no somos capaces de ver que nos necesitamos, aunque no seamos comunistas, ni socialdemócratas, ni sindicalistas, ni judíos, ni arena del desierto.

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