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Un nuevo caso de violencia digital saltó a las noticias hace unas semanas, poniendo de nuevo de relieve el mal uso de las redes sociales, esta vez con final luctuoso. La víctima, Verónica, de 32 años, madre de dos hijos y empleada de la fábrica Iveco. Un vídeo sexual de hacía unos años dejó de ser íntimo para ser compartido en cadena por decenas de trabajadores de la empresa. Según leímos en la prensa: “Esto llevó a la empleada a acabar con su vida”. Según la Policía no se puede señalar a nadie, porque no  se sabe aún quién fue. Precisamente, este anonimato es lo que hace potencialmente peligroso el uso de las nuevas tecnologías, o en este caso el mal uso, por parte de acosadores y cómplices, auténticos cobardes anónimos, que no calculan, por su ausencia absoluta de empatía, el daño que pueden hacer a sus víctimas. Todos tenemos en la mano un teléfono móvil, pero ¿todos somos realmente conscientes de que nuestros actos pueden dañar irremediablemente a una persona?

La psicóloga francesa Marie-France Hirigoyen, en su libro El acoso moral (Paidós, 1998), nos hace un desgarrador y pormenorizado análisis de los mecanismos internos que actúan en el acoso moral en la vida cotidiana, también dentro del mundo de la empresa. Podemos pensar en el vídeo, cuando Hirigoyen dice: "Cuando un perverso ataca a su víctima, suele apuntar a los puntos débiles que se sitúan en el registro del descrédito y la culpabilidad". Un acosador no elige al azar a sus víctimas: “La víctima ideal es una persona escrupulosa que tiene una tendencia natural a culpabilizarse". Podemos acercarnos a comprender la angustia insoportable de Verónica, y su absoluta impotencia al ver como se propagaba la desacreditación cuando leemos esto: “En la relación con el perverso no hay simetría, sino dominación de un individuo sobre otro e imposibilidad de que la persona sometida reaccione y detenga el combate. Por eso se trata de una agresión. El establecimiento previo del dominio ha desterrado la posibilidad de decir “no”. La negociación es imposible, todo es impuesto".

Al tratar el acoso en la empresa, Hirigoyen describe cómo el efecto de convertir a la víctima en chivo expiatorio de toda una “tribu“ puede ser gravísimo: “Cuando los perversos y los paranoicos se asocian, su efecto destructor se multiplica. Eso se puede comprobar especialmente en los grupos y en las empresas.” En fin, los efectos para la víctima, una persona inocente, que no ha hecho nada pero que se ve sumida en una situación de la que no puede salir, son devastadores: “En la primera fase, las víctimas son paralizadas; en la segunda, destruidas". Por último: "Los perversos llegan incluso a incitar al otro al suicidio".

Además de un suicidio, existen otros aspectos a investigar: violación de la intimidad, violencia machista, falta de activación del protocolo de acoso sexual por parte de la empresa… Esperemos que la justicia sea capaz de establecer con claridad y contundencia las responsabilidades de todos los cobardes anónimos, y que éstos paguen por este caso de acoso de libro, con resultado de muerte.

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