El peligro de las identidades profesionalizadas

Raúl Solís

Raúl Solís

Periodista, europeísta, andalucista, de Mérida, con clase y el hijo de La Lola. Independiente, que no imparcial.

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Cada cierto tiempo salta una polémica similar. Un fulano hace un comentario que desagrada a un colectivo y éste pide que lo metan en prisión, que le prohíban decir semejante barbaridad o que lo echen de su trabajo. El procedimiento que calienta el fervor identitario es el siguiente. El fulano hace su comentario, un periódico lo publica, la publicación llega a un grupo de whatsaap o Telegram de un colectivo y los miembros del colectivo piden sangre. Entonces, la o el líder líder del colectivo manda a la jefa de prensa de la organización a que redacte una nota de prensa en la que le pida a la Fiscalía que actúe de oficio. Y entonces tenemos el titular: “Asociaciones de….piden a la Fiscalía que actúe de oficio sobre el humorista X”.

Este titular recorre las redacciones, donde no sobra precisamente el pensamiento crítico porque lo que les interesa a los jefes son los clicks. Los periodistas empiezan a llamar a líderes del colectivo agraviado. Toneladas de prensa escrita, radio y televisión en la que éstos piden que se condene la libertad de expresión como si fuera un delito de odio, que ya está bien de los privilegios del colectivo B contra la comunidad A, que el colectivo B se ha empoderado y ya no aguanta más. El rún-rún dura tres días en los medios de comunicación, cuatro si es verano, y los profesionales de la identidad han justificado su discurso en un buen puñado de medios de comunicación, con conexiones en directo y todo en la puerta de casa o de la asociación.

Los aplausos en el grupo del Whatsaap o de Telegram del colectivo son unánimes, un sentimiento de orgullo identitario, de pertenencia, se apodera del colectivo, que se piensa que ha hecho la revolución del siglo por pedir pena de prisión, el despido o que amordacen a un ser incómodo que ha dicho un comentario inapropiado amparándose en un derecho fundamental como la libertad de expresión que si tiene muchos límites deja de ser expresión libre.

Y así, con kilos y kilos de emoción, cero racionalidad y mucho sobrepeso de identidad excluyente, es como se construyen sociedades inconexas donde grupos identitarios fortalecen las ideas de la ultraderecha pensando que están haciendo la revolución del siglo. Es el festival de la diversidad que se olvida de la justicia, de la igualdad y de la democracia; que se cree que cambiar el mundo es prohibir y ocupar una polémica de tres días en verano, en lugar de intervenir en los presupuestos generales del Estado.

Es el activismo monocausa que produce gais misóginos, feministas que defienden endurecimiento penal o gitanos que aplauden que se cercene la libertad de expresión que a ellos les han vulnerado hasta hace tres cuartos de hora en el reloj de la historia. Es el triunfo de la posmodernidad que ha arruinado la gran conquista civilizatoria de la Ilustración, donde la justicia es universal, al igual que los derechos, y el concepto de ciudadanía no se puede trocear por parcelas identitarias como si de una tribu atávica se tratase.

Este activismo te justifica barbaridades contra los derechos humanos porque su identidad, la que sea, ha estado siglos oprimida y ahora se ha levantado en armas para decir “aquí estamos” y reivindicar su soberbia frente a los derechos humanos y constituciones, elaboradas, según ellos, por hombres blancos, heterosexuales, payos, cisgénero y occidentales. Y te callas, porque ser hombre, blanco, occidental, heterosexual y payo ya es motivo suficiente para que seas el enemigo. La ablación femenina es identidad cultural, como circundar a los niños judíos o meterle un pañuelo por el coño a una niña gitana de 14 años, pero ni se te ocurra criticarlo, so racista. Te callas, porque eres un privilegiado, que miras desde tu atalaya de blanco, hombre, heterosexual, cis y occidental.

Y quien te llama privilegiado es casi siempre un liberado identitario a sueldo por las administraciones públicas que ha hecho de la identidad su oficio, su nicho de mercado, su ventana de oportunidad para triunfar en el mundo académico y meter cabeza en los partidos políticos, que se matan entre ellos a ver quién es el que más y mejores líderes de la identidad llevan en sus filas.

Así, sin quererlo, hemos vuelto a la premodernidad, al medievo, a la época de la oscuridad donde se ajusticiaba en la plaza del pueblo, donde no existían derechos fundamentales ni visión universal de los derechos y las libertades. Ya veréis la que me va a caer con este artículo, la de profesionales de la identidad que me llamarán privilegiado. Sólo pido que no me ofendáis llamándome heterosexual, por lo que más queráis.

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