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Ser un dolor no nos permite vivir. ¿Podemos elegir una u otra posición? Algunos lo han conseguido, pero no sin dificultades.

Cuando sientes dolor no lo sientes siempre con la misma intensidad ni de manera uniforme: va y viene a distintas velocidades. Unas veces casi no te deja pensar en otra cosa; otras, desaparece débilmente pero permanece en un segundo plano como avisándote de que no se ha ido definitivamente. De que está allí, esperándote.

Por otra parte, no sabemos bien por qué hemos separado de manera tan tajante (y de una forma tan occidental) el dolor físico y el dolor moral, a pesar de que tienen muchas cosas en común, casi todas. Si no lo creen pregúntenle a una hija que acaba de perder a su madre si el dolor que siente lo vive en su cuerpo o solo en su alma. Efectivamente, el dolor moral se traslada al estómago, al corazón, a las entrañas… y te agarra por dentro como si te dieran un pellizco con unas tenazas de hierro. El dolor físico (un dolor de muelas), por su parte, te pone de mal humor, te desespera, hace que vivas el tiempo como si fuera de elástico y no tuviera fin. Ambos tienen su correlato en la otra parte poniendo encima de la mesa, una vez más, el disparate que ha sido escindir al hombre en cuerpo y alma para poder explicar las cosas que nos pasan.

Cuando tenemos (mejor dicho, somos) un dolor, el mundo se pone entre paréntesis y cae un velo  opaco sobre todas las cosas, que se hurtan a nuestro interés. Nada importa. Yo estoy referido solo a yo. Y estoy referido a mí mismo de una forma insistente. Porque la queja, en tanto que queja, es absoluta.

En ese momento en que el sufrimiento se asienta en mi yo, en ese momento, se comienza a producir una batalla entre mi dolor y yo mismo. Y el dolor intenta apoderarse de todo mi ser, de mis pensamientos, de mis sensaciones, de mi ausencia de futuro. De manera que el yo se identifica con el dolor. Ya no tengo el dolor sino que lo soy plenamente. Y como si dijéramos, el dolor me tiene a mí. Reduce el pasado y el futuro a mero presente elástico. Y así, me convierto en un doliente eterno, como aquellas madres que están en un duelo durante toda su vida por la desaparición de su hijo. Inmolan su vida en el altar del luto. Como si se dijeran: la muerte de mi hijo y mi propia vida son cosas imposibles a la vez. Yo soy la muerte de mi hijo en vida. Y así lo manifiesto, de luto riguroso. Unas veces el luto se ve en la ropa negra y otras veces se ve en la mirada, en el gesto de abatimiento.

Pero los seres humanos son extraños y no siempre reaccionan de la misma manera ante un mismo hecho. A veces, las personas se sobreponen a sí mismas (esto físicamente sería imposible pero no psicológicamente) porque tenemos la capacidad de desdoblarnos en alguna medida y ser sujeto y objeto al mismo tiempo del mismo hecho. Como si nuestro yo tuviese la cualidad de ser, a la vez, protagonista y espectador de su propia vida. De tomar distancia de las cosas que nos pasan, de percibirlas como desde fuera, y en este sentido hago al dolor objeto y se lo hurto a mi subjetividad. Ya no soy el dolor, ahora lo tengo. Tener un dolor nos permite vivir. Ser un dolor no nos permite vivir. ¿Podemos elegir una u otra posición? Algunos lo han conseguido, pero no sin dificultades.

Quiero decir que el ser humano tiene una capacidad de resistencia impropia de un ser aparentemente tan débil, como le sucede al jaramago. Y, en ocasiones, la mostramos con determinación y con rebeldía. No ni ná, dicen los castizos: por supuesto que lograré vencerte y podré hacer mi vida a pesar de los pesares. A pesar de que, a veces, no puedo ni respirar y siento dolor en todo mi cuerpo.

Muchas veces, para entender bien la naturaleza de las cosas, perdemos el tiempo con tratados de psicología cuando podríamos acudir con mayor garantía al verso flamenco, como hacía don Antonio Machado para explicar una tristeza profunda:

            “Tengo una pena, una pena,

            que bien pudiera decir

            que yo no tengo la pena,

            la pena me tiene a mí”.

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