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Cuenta Heródoto que los persas, que eran muy aficionados al vino, tenían la buena costumbre de emborracharse cuando iban a deliberar sobre los asuntos más importantes. Pero las decisiones acordadas en estado de embriaguez solo las ejecutaban si volvían a parecerles adecuadas después de haberlas vuelto a analizar al día siguiente, una vez que habían dormido la mona. Del mismo modo, las decisiones que algunas veces también se veían obligados a tomar en estado sobrio -cuando no tenían vino a mano-, solo las ponían en práctica si volvían a parecerles pertinentes hallándose borrachos. O sea, que de una forma u otra cualquier decisión siempre acababan sometiéndola a la prueba del alcohol.

El otro día la vicepresidenta del Gobierno regional de Castilla y León presentó su dimisión tras haber dado positivo en un control de alcoholemia, aunque no ha renunciado a su condición de diputada, tal y como los partidos de la oposición también le exigen. Es verdad que una cosa es emborracharse de oficio para acertar en la toma de decisiones políticas importantes, como hacían los persas, y otra muy diferente conducir borracha y a toda velocidad, tras una noche de juerga, poniendo en peligro la vida de los ciudadanos que le pagamos el sueldo. Con todo, y aunque me parece poco o nada ejemplar el comportamiento de la diputada castellana, yo no creo que nadie que haga bien su trabajo tenga que dejarlo por dar positivo en un control de carretera, se trate de un albañil, de un maestro de escuela o de un político. Basta con que pague la multa y cumpla la sanción correspondiente, tal y como establecen las leyes. Ni más ni menos. Si no queremos aforamientos ni privilegios para los cargos públicos tampoco se les puede pedir que sean más papistas que el resto. Simple y llanamente, igualdad ante la ley.

Mucho más grave me parece que, tras casi un año y dos elecciones generales seguidas, nuestros diputados en el Congreso no sean capaces de hacer su trabajo -dotar a la nación de un nuevo Gobierno- ni hartos de vino. Es un decir, aunque ¿quién sabe? A lo mejor si los sometiéramos a la prueba del alcohol, como acostumbraban los persas, se desligaban por fin de las disciplinas de partido y empezaba cada cual a decir de verdad lo que piensa, a llamarle al pan, pan y, sobre todo, al vino, vino. Ahora bien, a la prueba del alcohol yo les sometía sin contemplaciones ni sibaritismos: en plan botellón garrafero y con embudo. No se merecen otro trato.

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