El joven que todavía no era Sherlock

Es una figura que admite reinterpretaciones, lecturas nuevas, experimentos narrativos y miradas distintas. Cada generación parece necesitar su propio Holmes

06 de marzo de 2026 a las 09:31h
El rodaje de la serie 'Young Sherlock' en Jerez.
El rodaje de la serie 'Young Sherlock' en Jerez. MANU GARCÍA

Hay algo curioso —y un poco cansino— en la reacción automática que despierta cada nueva adaptación de Sherlock Holmes. Apenas se anuncia un proyecto y ya aparecen, como si se tratara de una tradición inevitable, las voces que lamentan la “traición”, el “desvío”, la “infidelidad” al canon. Ocurre siempre. Ocurre desde hace décadas. Y probablemente seguirá ocurriendo mientras alguien tenga la osadía de volver a filmar la silueta del detective con gorra de cazador.

Lo confieso con cierta franqueza: leer esas quejas una y otra vez termina resultando agotador.

Porque conviene recordar algo elemental. Una película, o una serie, no es una tesis doctoral sobre Arthur Conan Doyle. Es una obra artística autónoma. Un director no es un archivero del canon, sino un creador con mirada propia. Guy Ritchie, como cualquier otro cineasta, tiene todo el derecho del mundo a imaginar, reinterpretar o incluso retorcer un personaje literario si eso forma parte de su propuesta narrativa.

Quien busque una reproducción literal de los relatos tiene una solución muy sencilla: abrir los libros. O, si prefiere una aproximación estricta, ver un documental. Pero exigir que toda adaptación audiovisual sea una copia fiel del texto original es olvidar que el cine —y la televisión— también son artes, con su propio lenguaje, su propio ritmo y su propia libertad creativa.

Y, además, en el caso de Sherlock Holmes esa libertad no solo es legítima: es casi inevitable.

Pocos personajes de la literatura han demostrado una capacidad de reinvención tan extraordinaria. Holmes ha sido solemne, excéntrico, melancólico, brillante, arrogante, casi heroico o decididamente oscuro según quién lo interpretara. Ha vivido en el Londres victoriano más ortodoxo, pero también ha sobrevivido a reinterpretaciones contemporáneas, experimentos narrativos y lecturas completamente nuevas del mito.

Quizá por eso sigue vivo.

El reciente estreno de Young Sherlock, la nueva serie de Guy Ritchie para Prime Video, vuelve a demostrarlo con una claridad fascinante. Incluso antes de su estreno oficial, el interés ya era abrumador: el tráiler acumuló 225 millones de visualizaciones en apenas veinticuatro horas, convirtiéndose en el más visto de todas las producciones originales de la plataforma. No es una cifra menor. Es, en cierto modo, una señal inequívoca de que Sherlock Holmes continúa despertando la misma curiosidad que hace más de un siglo.

Y no es casualidad.

El año que viene el personaje cumplirá 140 años desde su primera aparición en Estudio en escarlata. Ciento cuarenta años de adaptaciones, reinterpretaciones, lecturas, debates y obsesiones. Pocos héroes literarios han logrado atravesar el tiempo con esa vitalidad.

Como presidenta de la Sociedad Literaria Sherlock Holmes, siempre digo lo mismo cuando alguien me pregunta por nuevas versiones del personaje: ojalá no se detengan nunca. Cada adaptación — incluso las discutibles— forma parte de la conversación interminable que mantiene vivo el canon.

Young Sherlock aporta, además, una idea especialmente sugerente: explorar la juventud del detective. No solo su aprendizaje intelectual, sino también la formación de su carácter, ese momento difuso en el que una mente extraordinaria empieza a comprender el mundo… y también a enfrentarse a él.

Pero lo más brillante de la serie no es solo la juventud de Holmes, sino la forma en que introduce a quien será su gran antagonista: James Moriarty.

Plantear que ambos fueron compañeros y amigos en la juventud es un movimiento narrativo extraordinariamente fértil. Porque permite observar el instante en que dos inteligencias comparables empiezan a divergir moralmente. No se trata simplemente de un héroe frente a un villano, sino de dos caminos posibles para una misma capacidad intelectual.

Y en Young Sherlock ese momento aparece con una sutileza inquietante.

Hay una escena —pequeña, casi accidental— en la que Moriarty se enfrenta por primera vez a la idea de la muerte causada por su propia mano. Lo interesante no es el acto en sí, sino la reacción. Mientras la mayoría sentiría culpa, horror o al menos inquietud, en él empieza a insinuarse otra emoción mucho más perturbadora: la fascinación por el poder que implica decidir sobre la vida de otro.

No es todavía maldad plena. Es algo más ambiguo, más peligroso: la posibilidad de la maldad.

Ese instante, ese germen, está tratado con una inteligencia narrativa admirable. No hay grandilocuencia ni proclamaciones dramáticas. Solo la sensación de que algo ha cambiado de forma irreversible.

Es, en cierto modo, el nacimiento de Moriarty.

Y esa es precisamente una de las grandes virtudes de la serie: comprender que Sherlock Holmes no es solo un detective brillante, sino un universo narrativo lleno de posibilidades. Explorar su pasado, su formación, sus relaciones tempranas no traiciona el canon; lo amplía.

Además, para quienes vivimos en esta esquina del mapa, la serie ofrece otro placer añadido.

A partir del sexto episodio comienzan a aparecer localizaciones de la provincia de Cádiz, transformadas en distintos escenarios internacionales. El resultado es, sencillamente, delicioso para el ojo atento.

El elegante Café Royalty, en Cádiz, o el espacio Mucho Teatro, en El Puerto de Santa María, se convierten en rincones del París de la historia. También lo hacen, en Jerez, la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre, así como la Plaza de la Yerba y la calle Consistorio, que en pantalla adoptan esa atmósfera parisina con sorprendente naturalidad.

Pero es en nuestra ciudad donde ocurre algo aún más fascinante: Jerez se convierte en Constantinopla.

El Alcázar o la Alameda Vieja aparecen convertidos en escenarios orientales con una naturalidad sorprendente. A ello se suman el Palacio de Villavicencio, el Palacio Campo Real —tanto interior como exterior— y el Palacio Dávila, cuya arquitectura se presta con una elegancia casi cinematográfica a esa metamorfosis.

Ver nuestras calles convertidas en otro lugar, en otro tiempo, siempre produce una sensación curiosa. Es como observar un escenario familiar desde un espejo ligeramente deformado, donde lo cotidiano adquiere una dimensión inesperada.

A mí me ocurre cada vez que una producción decide mirar hacia esta tierra.

Ya me pasó con La Templanza, donde las localizaciones de la provincia brillaban con una fuerza particular. Pero en este caso se suma un elemento personal difícil de disimular: Sherlock Holmes es, desde siempre, mi personaje literario favorito. Y ver cómo su mundo se expande —además de hacerlo bajo la mirada de uno de los directores que más admiro— convierte la experiencia en un pequeño regalo.

Quizá esa sea la clave de todo esto.

Sherlock Holmes ha sobrevivido ciento cuarenta años porque no es un personaje inmóvil. Es una figura que admite reinterpretaciones, lecturas nuevas, experimentos narrativos y miradas distintas. Cada generación parece necesitar su propio Holmes.

Y eso no empobrece el canon. Lo mantiene vivo.

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