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Educación y pacotilla son dos términos que, a simple vista, deberían de ser como el agua y el aceite: imposibles de unir.

Educación y pacotilla son dos términos que, a simple vista, deberían de ser como el agua y el aceite: imposibles de unir. Sin embargo, hay un nexo entre ambos conceptos que deja a la educación desgastada y vaporizada. Siguiendo la definición de la RAE, “ser de pacotilla” es ser de una calidad inferior o estar hecho sin esmero. Ahora vamos entendiendo esta mezcla, ¿verdad? pues la educación que tenemos no es más que el fiel reflejo de una cuestión extensa que se aborda sin esfuerzo porque no interesa la calidad del producto, sino su materialidad. ¿Producto? Sí, uno dotado de carácter humanitario: las personas. 

Una mercancía que ha visto pasar por delante de sus ojos siete leyes educativas en 35 años, formuladas por gobiernos de pacotilla, asentados en un bipartidismo también de pacotilla. LOE, LOMCE o Bolonia, por poner algunos ejemplos, han provocado la salida masiva de los estudiantes a las calles pidiendo a gritos una educación pública y de calidad. 

Ay, pero es que eso de pública… es tan complicado, ¿verdad? recuerdo que en el colegio o en el instituto teníamos nombres y apellidos. No ocurre lo mismo al llegar a la universidad, donde pasas a ser un número desde que intentas acceder a ella. Para ello, deberás  aprobar un examen que califique tu capacidad para formar parte de un determinado campo académico. 

Detengámonos aquí. No basta con llevar toda la vida haciendo test que miden el coeficiente intelectual por las horas que has pasado delante del libro memorizando, sino que además, la calificación obtenida determinará tu futuro ¿qué pasa con quien no consigue la nota necesaria? ¿Un examen es el responsable de estimar si eres lo suficientemente bueno para ser médico, abogado, pintor o profesor?

Sí, porque así te conviertes en número, sin nombre ni apellidos. Luego, si consigues estudiar lo que quieres, pagarás una matrícula. Pero, ¿no era pública? Sí, pero hay que pagar, y no algo representativo. Recuerdo al Decano de la facultad en la que estudié, diciendo que había firmado 200 cartas de renuncia de estudiantes que no se podían permitir pagar las tasas. De este modo, se le pone precio al saber, a la evolución, y al desarrollo de la persona. No es de extrañar, por tanto, que durante años hayamos visto a los estudiantes gritando: ¡Qué casualidad, el hijo del obrero no puede estudiar!

Pero lo mejor está aún por llegar una vez se termina el grado. Sí, porque ya no es licenciatura, ¿lo sabías?, esto también fue cambiado por eso de las leyes educativas que hablábamos antes. Pues bien, cuando terminan esos años, lo más seguro es que decidas hacer un máster, por eso de que hoy en día todo el mundo tiene una carrera, y el B2 de inglés, y cursos online, y experiencia como becario en miles de lugares. De modo que, no te queda otra que especializarte para mejorar y, como consecuencia, volver a pagar. Ahora, sin embargo, tu nombre es: número, y tus apellidos serán: de cuenta. Es decir, eres un número de cuenta. Te admitirán porque vas a pagar mucho. 

"Tu nombre es: número, y tus apellidos serán: de cuenta. Es decir, eres un número de cuenta"

Escucharás experiencias de tus amigos que ya lo han cursado y verás que casi todas son negativas, pero piensas que a ti a lo mejor te va bien porque es una especialidad que te gusta. Además, has leído que los profesores son expertos en materia y que el número de alumnos es reducido, por lo que la comunicación será más eficaz. No, un rotundo no. Dicen que para hacer un buen máster hay que pagar un precio muy alto. Y esto, obviamente, la mayoría de jóvenes no se lo pueden permitir. Ya pueden trabajar poniendo copas en una discoteca, o vender hamburguesas en el McDonald´s, o dar clases particulares, que con ese sueldo más el de sus padres, será imposible acceder a un máster de esos que dicen que son buenos, pero que suponen un pago inmundo. 

De esta forma, quedan aquí expuestas las pulgas de nuestro sistema educativo. No obstante, “ser de pacotilla” nos permite ahondar mucho más en la cuestión, mediante una pequeña lista del lastre educacional que no conseguimos superar. De pacotilla es que las leyes educativas estén creadas por personas que no son profesores, sociólogos, educadores, psicólogos… si quien hace la ley, no conoce el modo y ámbito de aplicación, ¿en qué se basa su decisión?

De pacotilla es también que se nos exija ser los mejores a base de dinero, pagando títulos académicos, asistiendo a cursos que nos inflen el currículum y adquiriendo cada vez más idiomas. Somos la generación de la “titulitis”. Jóvenes, no os agobiéis, mejor tomar “a relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor”, ¿no? De pacotilla es creer que la suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa. Es decir, Pitágoras eres genial, nos aprendemos tu fórmula y la aplicamos sin más. Pero no deberías de imponerte todos los años. Las leyes matemáticas rigen nuestro mundo desde el principio, por  lo que hay mucho más que un Pitágoras o un Thales en ellas: eficacia, productividad, ahorro, recursos o economía son parte de ti. 

De pacotilla es escuchar que la Filosofía no gusta a casi ningún estudiante. Habría que preguntarse el por qué. Cuando no gusta algo, y no se sabe dar una explicación argumentada del motivo, puede deberse al modo en que lo concebimos o, en este caso, a cómo es enseñado. Debería ser un cimiento de la educación, pues nos ayuda a ser libres, a pensar por uno mismo. Si se quiere acabar con la disciplina que nos permite volar, nos están cortando las alas. Quieren que seamos borregos sin derecho a decidir, para así tenernos controlados. 

"De pacotilla es que después de tantos cambios, todo siga igual, que se callen nuestras voces" 

De pacotilla es que asignaturas como Educación Física o Música carezcan de importancia, cuando deben ser fundamentales para aprender a expresarnos con el cuerpo, las palabras y los sonidos. Si fuesen impartidas con el objetivo de desarrollar las partes más creativas de los alumnos, estos serían capaces de descubrirse a sí mismos y desarrollarse como personas. 

De pacotilla es que no haya espacio para asignaturas sociales, focalizadas en el trato humano. Empatía, tolerancia y respeto pretenden ser aprendidos en lecciones donde los jóvenes se dedican a copiar la Declaración Universal de Derechos Humanos. De nuevo, copiar y memorizar. Nada de aprender de las situaciones que ocurren en nuestro día a día: bullying, violencia contra la mujer, discriminación, etcétera. Se necesita a profesionales y expertos dispuestos a escuchar. 

De pacotilla es hablar de fuga de cerebros. Es maravilloso que viajemos a otros lugares para aprender y poner en práctica nuestros estudios. Pero es lastimoso que tengamos que hacerlo porque en nuestro país no tenemos esta oportunidad. Resulta paradójico que tras recibir educación sin calidad, haya gente con un gran alto grado de cualidad. ¿Qué sería de todos nosotros si verdaderamente tuviésemos una buena educación?

De pacotilla es que después de tantos cambios, todo siga igual, que no le importemos a nadie, que nada avance, que se callen nuestras voces, que se coman nuestro dinero. Pero lanzando las alas positivas al aire, esas que nos quieren cortar, el consuelo es pensar que en un futuro próximo, los que están ahí arriba será la gente que hoy se está preparando. Esa gente que viaja, lee, estudia, aprende, conoce y no se conforma. Seamos pacientes y dejemos al tiempo actuar, porque al final conseguiremos poner fin a eso de: “Cuanto peor mejor para todos y cuanto peor para todos mejor, mejor para mí el suyo beneficio político”.

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