Dopamina, ecología y Kant

Los beneficios de preservar la ecología van más allá de los aspectos físicos
22 de marzo de 2026 a las 08:00h

No se trata de asociar la ecología a la felicidad, no; la cosa no es tan simple ni tan estúpidamente ingenua. La trama asociativa es mucho más compleja y dificultosa. Porque tampoco la dopamina es, como se cree en la cultura popular, o en el discurso dominante, el neurotransmisor de la felicidad. Estudios recientes muestran que la idea de esta sustancia como generadora de felicidad, tal como nos venden ciertas narrativas farmacológicas, es una absoluta mentira. El organismo humano no es tan derrochador como para dedicar un conjunto de células a la percepción de cada estado anímico, suponiendo además que alguien sepa qué es ese supuesto estado al que todos aspiramos: la felicidad.

La dopamina no codifica la felicidad, sino que estructura la información del entorno en términos de relevancia y predicción. Y es capaz de hacerlo mediante la construcción de señales que son reinterpretadas como modelos mentales, que no necesitan de la presencia material del entorno o de la situación para provocar la activación del estímulo que conlleva la acción de la conducta.Es decir, gracias al circuito dopaminérgico podemos reaccionar ante realidades simuladas con tanto poder de activación como ante la presencia de realidades materiales. Dicho de otro modo, podemos imaginar el sufrimiento o el dolor de alguien sin estar en presencia visual o sensorial de ese sufrimiento. Esto permite que la selección cultural opere con tanta fuerza como la selección natural biológica. Somos tan sensibles a las presiones evolutivas inmediatas como a las mediadas. A eso se le llama devaluación mediada (mediated devaluation).

Por eso, la alfabetización ecológica, entendida como la toma de conciencia de la crisis ecológica y la toma de conciencia de los instrumentos cognitivos ecológicos disponibles (el pensamiento científico ecológico), resulta fundamental para que los circuitos dopaminérgicos actúen marcando la relevancia de aquello que es significativo en la construcción de los modelos internos o mentales que van a guiar la trayectoria que luego señalarán dichos circuitos. Un buen entrenamiento en estos circuitos dopaminérgicos nos hará reaccionar casi instintivamente ante los peligros y las oportunidades del mundo interno ecológicamente informado que se nos ofrece. De eso es de lo que hablamos cuando decimos educación ambiental. Pero no hablamos solo de educación, sino de algo que es mucho más relevante políticamente: el entrenamiento en los circuitos dopaminérgicos. Hablamos de la formación de hábitos, o lo que Bourdieu llama habitus. 

Es decir entrenamiento .Desde una perspectiva evolutiva y termodinámica, la formación de hábitos mediante repetición puede entenderse como un mecanismo adaptativo orientado a la minimización de costes energéticos y a la reducción de la incertidumbre conductual. En entornos caracterizados por la complejidad y la variabilidad, los organismos enfrentan constantemente decisiones que implican gasto cognitivo y riesgo. La repetición de determinadas conductas permite estabilizar patrones de respuesta, transformando acciones inicialmente deliberativas en respuestas automáticas de bajo coste. Este proceso ha sido favorecido evolutivamente, ya que incrementa la eficiencia adaptativa al liberar recursos cognitivos y permitir una reacción más rápida ante estímulos relevantes. Desde el punto de vista termodinámico, los hábitos pueden interpretarse como configuraciones de baja energía dentro del sistema neural: trayectorias optimizadas que reducen el esfuerzo necesario para la acción y disminuyen la entropía interna asociada a la toma de decisiones. En este sentido, la repetición no solo refuerza conexiones neuronales, sino que configura estructuras estables de comportamiento que articulan eficiencia energética, previsibilidad y adaptación al entorno.

En estos monmentos hay recordar al gran Immanuel Kant, quien elaboró toda una ética de la dignidad precisamente en oposición a la felicidad. Kant decía que la ética no conlleva necesariamente la felicidad, pero sí dibuja los perfiles de cuándo podemos ser legítimamente felices, es decir, desde la dignidad.¿Qué entiende Kant por dignidad? Lo que entendió siempre la Ilustración: la autonomía interconectada, la insociable sociabilidad. Hoy, la dignidad implica la insociable sociabilidad conen el resto de compañeros evolutivos, y a eso se le llama ecología. Ahora que los partidarios de la Ilustración oscura (Land, Yarvin, Thiel, Dugin, Bronze Age Pervert ) toman posiciones de combate y nos amenazan, hay que reivindicar más que nunca que la ecología es un único hijo y heredero legítimo  de la Ilustración luminosa.