Cuando las estadísticas toman partido

"El efecto halo nos hace confiar en una impresión general incluso cuando carecemos de información suficiente", Daniel Kahneman

23 de febrero de 2026 a las 09:51h
Juanma Moreno y María José García-Pelayo, en una imagen reciente.
Juanma Moreno y María José García-Pelayo, en una imagen reciente. JUAN CARLOS TORO

"Hay tres tipos de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas". La frase se suele atribuir a Mark Twain, aunque él mismo aseguró haberla tomado de Benjamin Disraeli. Más allá de la disputa por la autoría de la sentencia , esta conserva intacta su potencia explicativa. No porque las estadísticas mientan por naturaleza, sino porque pueden ser utilizadas para construir relatos que, bajo la apariencia de neutralidad técnica, esconden decisiones políticas, sesgos metodológicos y marcos ideológicos muy concretos.

Esto es, en esencia, lo que ocurre con alguno de los análisis demoscópicos firmados por Kiko Llaneras en El País . A Llaneras se le ven las costuras con una regularidad llamativa. Miremos sino el análisis de este pasado fin de semana publicado en el diario El País , una sintesis de encuestas publicadas, la mayoría procedentes de medios de comunicación de derechas o de institutos con históricos sesgos muestrales, sirve de base para construir proyecciones que se presentan como inevitables, casi como leyes físicas, cuando en realidad descansan sobre supuestos frágiles y discutibles ¿Quién publica encuestas electorales en este país? Quién puede pagarlas no ¿Y quién pude pagarlas? Los medios de comunicación más potentes económicamente ¿Qué son y están en manos de…? La oligarquía económica de este país .Es decir se dan por bueno los datos que arrojan sondeos muy sesgados cuya finalidad no es científica (predecir) sino política (influir) en el voto de la ciudadanía

Aquí entra en juego un sesgo clave, raramente explicitado: el efecto halo. El prestigio del medio, el lenguaje técnico y la visualización cuidada de los datos generan una impresión de objetividad que se transfiere automáticamente a las conclusiones. El lector no evalúa el razonamiento, lo acepta por contagio simbólico. La estadística no convence tanto por lo que demuestra como por el aura de rigor que la envuelve. En ese punto, la información se confunde con la impresión y el análisis con la autoridad. El problema no es solo técnico, sino epistemológico. Toda agregación de encuestas implica decisiones previas: qué sondeos se incluyen, cuáles se descartan, cómo se ponderan, qué peso se otorga a la cocina de cada empresa, cómo se tratan los indecisos y qué hipótesis se consideran “razonables”. Estas decisiones no son neutrales. Son elecciones que condicionan el resultado final tanto como los propios datos, aunque a menudo se presenten como simples operaciones matemáticas, ocultando el marco interpretativo que las sostiene.

El segundo problema es dinámico. Las encuestas son fotografías estáticas, en este caso previamente sesgadas , de un momento concreto, pero la política es un proceso. Desde la irrupción de Podemos, y más aún en contextos de alta polarización, el comportamiento electoral de la izquierda ha mostrado fenómenos de movilización tardía que los modelos clásicos tienden a infravalorar. El llamado “efecto desánimo”, inducido por la difusión reiterada de proyecciones negativas en medios de referencia, actúa como una profecía que se autocumple, o que al menos intenta cumplirse. Ignorar este efecto no es un descuido menor, es una omisión estructural.

Pero hay algo más, y Llaneras lo sabe, porque conoce bien los dispositivos de la comunicación de masas. La idea, aparentemente razonable, de que para ganar a la derecha basta con movilizar a más votantes y reducir la abstención es un atajo analítico que confunde el resultado con el mecanismo. La motivación política no se genera de forma directa ni voluntarista. No funciona como una instrucción racional que el ciudadano ejecuta obedientemente. Se produce a través de señales indirectas y contextuales: expectativas de eficacia, climas de posibilidad, narrativas compartidas. Decirle a un votante desmovilizado que “hay que votar más” es tan inútil como decirle a una persona deprimida que se anime y ponga de su parte. La motivación no se ordena, se construye.

En este punto, el análisis estadístico deja de ser descriptivo para convertirse en performativo. No se limita a reflejar una supuesta realidad electoral, sino que contribuye activamente a producirla. Cuando se repite, semana tras semana, que el avance conservador es inexorable, que las mayorías progresistas son aritméticamente inviables o que determinadas propuestas “no suman”, no se está informando: se está emitiendo una señal desmovilizadora. Se naturaliza el retroceso como destino y se presenta la resignación como racionalidad.

Y así surge el problema, trampa , narrativo. Los textos suelen concluir con una estructura argumental recurrente: incluso en el mejor de los escenarios para la izquierda, los números no dan. El matiz desaparece y la incertidumbre se reduce a una horquilla estrecha que siempre apunta en la misma dirección. Así, la estadística deja de ser una herramienta para explorar escenarios y pasa a funcionar como un dispositivo de clausura del debate político. Este tipo de relato no es nuevo. Tiene precedentes históricos claros. En enero de 1936, Josep Pla escribía con aparente lucidez sobre la imposibilidad de una victoria de la izquierda y el inminente triunfo de las derechas. Su diagnóstico parecía sensato y realista. Semanas después, la realidad electoral desmintió aquella seguridad analítica.

La comparación no es gratuita. Hoy, como entonces, se confunde probabilidad con necesidad. Que un escenario sea más probable bajo ciertos supuestos no significa que sea inevitable. Pero cuando el análisis estadístico se presenta revestido del halo de neutralidad de un gran medio, el lector recibe el mensaje como un veredicto, no como una hipótesis. Nada de esto implica negar el valor de la estadística electoral. Las encuestas son herramientas útiles. El problema surge cuando se absolutizan, cuando se convierten en el único lenguaje legítimo para hablar de política y cuando se usan para disciplinar el debate público. En ese punto, la estadística deja de iluminar y empieza a oscurecer. Las cifras no mienten por sí solas. Mienten cuando se seleccionan siempre las mismas, cuando se interpretan desde un único marco y cuando el efecto halo convierte conjeturas en destino. En democracia, el futuro no se calcula: se disputa. Y reducir esa disputa a una hoja de Excel no es rigor científico, es empobrecimiento político.

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