Imagen de la frontera de Melilla. FOTO: Prodein
Imagen de la frontera de Melilla. FOTO: Prodein

El pasado 7 de abril se escenificó la vuelta a las relaciones cordiales entre España y Marruecos tras la visita de nuestro Presidente del Gobierno al rey alauita. Y ello fue consecuencia clara de la toma de posición por parte del Gobierno español apostando por la solución marroquí al conflicto saharaui, esto es convertir el Sáhara Occidental en una provincia de nuestro país vecino y saltándose la legalidad internacional y las obligaciones que aún hoy ostenta España como potencia administradora de iure: esto es, promover la autodeterminación del pueblo saharaui a través de un referéndum. Más allá de esta ilegalidad internacional por parte de España, que además, vuelve a dejar en la estacada al pueblo saharaui (ya lo hicimos en 1975 tras la Marcha Verde), una de las cuestiones que están encima de la mesa y parece de mayor complejidad es la reapertura de las fronteras de Ceuta y Melilla.

Inicialmente es necesario indicar que las fronteras de nuestras dos ciudades autónomas en el norte de Marruecos, encuentran su origen en varios Tratados y Convenios internacionales entre el Reino de España y la entonces entidad pre-soberana marroquí representada por el Sultán de Marruecos en los siglos XVIII y XIX. Tratados y Convenios que actualmente Marruecos rechaza como base para no reconocer la soberanía española sobre Ceuta y Melilla. Por otra parte, si bien cada ciudad autónoma posee una frontera internacional (Beni Enzar en Melilla, y El Tarajal en Ceuta), disponen igualmente de varios pasos fronterizos adicionales (Mariguari, Barrio Chino y Farhana en Melilla, y Benzú en Ceuta), utilizados habitualmente por escolares y trabajadores fronterizos. Y además, Melilla cuenta con una frontera aduanera, cerrada de forma unilateral por Marruecos en 2018. A esto último se añade que todos los pasos fronterizos se encuentran cerrados desde hace más de dos años con la excusa de la pandemia de la COVID-19 y sin visos de reapertura por el momento.

Esta situación, como podrá entenderse, ha provocado un impacto enorme desde un punto de vista social y económico no solamente en Ceuta y Melilla, sino igualmente en las regiones marroquíes fronterizas con ambas, esto son Tetuán y Nador respectivamente.

Actualmente, Ceuta y Melilla forman parte del espacio Schengen, si bien con una excepción, de tal forma que se hacen controles en las personas y mercancías en las fronteras aeroportuarias de ambas ciudades (puerto y aeropuerto de Melilla, y puerto y helipuerto de Ceuta). Además, y como práctica desde el siglo XVIII y reconocida expresamente en 1956 con ocasión de la independencia de Marruecos, los ciudadanos de Tetuán y Nador no necesitan visado para acceder a Ceuta y Melilla respectivamente, y viceversa: los ciudadanos ceutíes y melillenses están exentos de visado para acceder a los territorios fronterizos marroquíes, exclusivamente. Esto ha creado una circulación en ambos sentidos relativamente cordial en los últimos tiempos, como ejemplificación de la necesidad de buenas relaciones fronterizas más allá de disputas de soberanía territorial.

Entre los puntos cercanos en las negociaciones entre las partes para la reapertura de las fronteras, parece claro que hay acuerdo para poner fin al régimen de las “porteadoras” y su “comercio atípico”. No obstante, no parece cercano un compromiso sobre la posibilidad de abrir una frontera aduanera en Ceuta, lo que entiende Marruecos sería como un reconocimiento implícito de la soberanía española sobre dicha ciudad autónoma. En cualquier caso, podemos vislumbrar dos opciones diferentes sobre las fronteras:

Retomar la normalidad pero con más y mejores controles. Esto conllevaría reabrir todos los pasos fronterizos, manteniendo la exención de visados actual. Para algunos, sin embargo, esto provocaría, a corto plazo, el retorno a la situación previa a la pandemia, por lo que para evitarlo, debería fortalecerse la cooperación policial y judicial, incluso a nivel europeo. Además debería establecerse un régimen de registro efectivo de los trabajadores fronterizos, tal y como establece la legislación española y se aplica ya en el caso de Gibraltar.

Cambiar todo el sistema actual, apostando por una revolución en las fronteras de Ceuta y Melilla. Para ello, se renunciaría al régimen de exención de visados, realizándose los controles únicamente en las fronteras de Beni Enzar y el Tarajal y exigiéndose, en todo caso, el visado. Por otra parte, el resto de pasos fronterizos permanecerían cerrados. Esto conllevaría que en un único punto fronterizo se aglutinaría el total de los movimientos previos a 2018 en ambas ciudades.

Si bien en estas dos opciones parece predominar la idea de aumentar las infraestructuras y el personal, además de hacer uso de los sistemas de control de fronteras inteligentes a través de datos biométricos, soy más partidario de la primera de las opciones, esto es retomar el sistema anterior pero con medidas complementarias de control. Y ello por varios motivos. En primer lugar, la opción de eliminar la exención de visados, puede provocar una saturación de los consulados españoles a la hora de facilitar dicho documento, además de crear un importante efecto colateral desde un punto de vista social y económico al reducirse la movilidad entre las regiones limítrofes. En segundo lugar, reducir los pasos fronterizos a uno solo tanto en Ceuta como en Melilla, crearía en algunos casos y si no se toman las medidas necesarias desde un punto de vista de las infraestructuras y medios disponibles, situaciones de aglomeraciones, haciendo pasar por el mismo punto a trabajadores fronterizos, escolares, turistas, extranjeros, comerciantes, etc. En tercer lugar, se podría abogar por una reapertura por fases, esto es retomar la situación anterior y ver, poco a poco, qué mejoras se pueden llevar a cabo, basándose en la cooperación entre las autoridades, e incluso buscando la adopción de medidas revolucionarias a medio y largo plazo. En cuarto lugar, el mantener un único punto fronterizo, con categoría de frontera internacional podría dificultar un reconocimiento implícito por parte de Marruecos sobre la españolidad de Ceuta y Melilla, al no quedarse difuminada este punto de control con la existencia de otros pasos fronterizos.

En cualquier caso, y con independencia de la opción a tomar, España debería insistir en la soberanía sobre Ceuta y Melilla, en cualquier acuerdo a adoptar con Marruecos y además haciendo expresa mención a su condición, igualmente, de territorios europeos y fronteras exteriores. Y es que incidir en la dimensión europea a las dos ciudades fortalecería claramente la posición española frente a Marruecos.

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