Manifestaciones contra el uso de fosfatos en el Sahara.
Manifestaciones contra el uso de fosfatos en el Sahara. Western Sahara Resource Watch

Una persona adulta necesita aproximadamente de un gramo de fósforo al día en una dieta saludable y equilibrada. Por el contrario la agricultura convencional demanda la extracción de 22,5 Kg de fosfato mineral por hectárea. La erosión del suelo arrastra al año tanto fósforo como se consume en la producción de alimentos. El fósforo es un elemento imprescindible para la vida y por tanto para la alimentación. A todas y todos nos preocupa hoy en día lo que comemos, de tal modo que parece que ahora es mas inquietante la dietética que la ética. Pues de ética política y de dietética democrática tenemos que hablar para analizar lo que está pasando estos días en las fronteras de Ceuta y Melilla.

Como todos ustedes saben ya, las miles de criaturas arrojadas al mar  por la monarquía alauita son el infame instrumento que usa Marruecos para presionar al Estado español en relación al Sahara occidental. Las imágenes terribles  que hemos visto reflejan a la par la desesperación de la pobreza y la infinita crueldad de los sátrapas.

¿Pero qué pinta el Sahara en tu dieta? En el Sahara se encuentra el mayor  yacimiento de fosfatos de mundo. Del fosfato se obtiene el fósforo, fundamental para la vida y esencial para la regeneración de la bioproductividad de los suelos. En la zona del Sahara occidental que controla Marruecos se extrae el 75% del fosfato mundial, lo cual supone el 5% del PIB de Marruecos propiedad de la empresa estatal marroquí OCP Group. Esta concentración de minas de fosfato convierte al escenario del Sahara occidental en un teatro de operaciones en el que compiten Marruecos, la República Democrática Saharaui y Argelia como primeros actores. Detrás de estos actores se encuentran, cada vez menos discretos; Estados Unidos y otras potencias  coloniales europeas, como Francia.

¿Y por qué es tan importante el fosfato mineral? Lo suelos sufren cada vez un mayor erosión por causa de la agricultura intensiva y por efecto del cambio climático. Esto supone que cada vez tenemos menos fosfato orgánico y necesitamos mayores dosis de aportación de fosfato mineral.  El precio del fosfato ha pasado de 70 dólares por tonelada en los años sesenta a alcanzar los 800 en la crisis alimentaria del 2008 y unos 543 dólares en abril del 2021. Las reservas de fosfato mineral son cada vez menores y, aunque es discutible la cuantía total de las reservas, los impactos ecológicos (contaminación de las aguas) y los costes energéticos de extracción confirman que el cenit real o efectivo de las reservas de fosfatos ya se ha superado.

En el año 2005 los 27 países de la UE habían importado 2.392 toneladas métricas de fosfatos de los cuales la mayoría han ido destinados a la agricultura. La dependencia de la agricultura es cada vez mayor de estos fertilizantes minerales, cuya concentración en unas pocas áreas geográficas  es un fuente de potenciales de conflictos. El régimen agroalimentario dominante basado en la extracción incesante de recursos conduce inevitablemente a la pobreza, la desigualdad y la inestabilidad política. Esta es la  consecuencia de la dependencia de un recurso como es el fosfato mineral tan escaso. El extractivismo y el capitalismo viven, y buscan obsesivamente, de la producción de escasez. Es más, ésta es una de sus condiciones de posibilidad; solo lo que es escaso, por naturaleza o por producción jurídica, es valioso.

La ecología política nos enseña que la suma de la  escasez y la desigualdad es explosiva. Podemos soportar un mundo escaso pero igualitario o un mundo de recursos ilimitados y desigual. Lo terrible del extractvismo capitalista es que produce y busca la escasez para generar desigualdad. Hay modos de producción que conducen, más temprano que tarde, a conflictos violentos y finalmente comportan escenarios de colapso.

La importancia del Sahara occidental para la agricultura convencional es estratégica. Si continuamos con el régimen agroalimentario actual surgirán centenares de Sahara. La democracia alimentaria tiene en nuestros platos y sus cestas de la compra una nueva Bastilla, la próxima y cotidiana Bastilla. ¡Agroecologia o barbarie! Ahí tienen su consigna. 

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