El histórico alcalde jerezano, Pedro Pacheco, en una imagen reciente.
El histórico alcalde jerezano, Pedro Pacheco, en una imagen reciente. MANU GARCÍA

Valgan los versos finales de aquella soleá que popularizara Pepe Pinto “que madre no hay más que una y yo a ti te encontré en la calle” para poner de manifiesto de manera bien gráfica mi opinión, muy personal, sobre sendas entrevistas publicadas esta semana por lavozdelsur.es, la realizada al portavoz popular Antonio Saldaña y al exalcalde jerezano Pedro Pacheco, entre quienes hay un abismo en cuanto al calificativo de inmatable que deja en ridículo hasta al Gran Cañón de Colorado o el Gran Agujero azul de Belice.

Y lo digo con conocimiento de causa y también del bagaje político de ambos personajes, quien representa el pasado esplendoroso, Pedro Pacheco, y el futuro imperfecto, Antonio Saldaña. Y mi conocimiento de causa viene motivado fundamentalmente porque fui yo quien llamó “inmatable” por primera vez a Pacheco en una entrevista en un medio local que me costó más de un disgusto en el entorno, por aquel tiempo receloso, del socialismo jerezano. Pero es que aquel calificativo intentaba reflejar de manera contundente, rayando la exageración, la personalidad del histórico alcalde jerezano que había llevado a Jerez a la creencia de la clásica ciudad-estado como si de Esparta se tratara.

Y es que algo del rey espartano Melenao, protagonista de la guerra de Troya, tenía ese Pacheco que en el año setenta y nueve y hasta el dos mil tres afrontó la tarea de la transformación de la ciudad en su camino hacia la modernidad. No había pretendiente al trono que se le resistiera ni por su izquierda ni por su derecha, y aunque pudiera pensarse que todo era fruto de su arrolladora personalidad pública no convendría ignorar la cara oculta de la luna que se escondía tras ella y que no era otra que su tremenda capacidad de estudio y análisis y su permanente búsqueda del conocimiento de la gestión pública que le imprimió ese carácter de ser más papista que el Papa, en el extremo opuesto de los maestros liendres que de todo saben y de nada entienden, tan en boga en el liderazgo de la derecha jerezana.

Pero al igual que Menelao tras la guerra de Troya, en su caso los pactos con Pelayo primero y Pilar Sánchez más tarde, sus particulares caballos de Troya, estuvo ocho años sin poder regresar a Esparta, también Pacheco, tanto tiempo inmerso en guerras políticas y batallas judiciales, debió alejarse durante años de la ciudad-estado que él mismo había concebido para retornar como cuenta Cernuda en su poema Peregrino: “Mas, ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas, sino seguir libre adelante, disponible por siempre, mozo o viejo, sin hijo que te busque como a Ulises, sin Ítaca que aguarde y sin Penélope.”

Porque la batalla que ahora libra es bien distinta, es la batalla contra el olvido de lo que fuimos y también contra lo que pudo haber sido y no fue, un esfuerzo bélico personal teñido de nostalgia a la búsqueda del tiempo perdido como si de Marcel Proust se tratara mostrando los efectos del tiempo sobre el pensamiento de las personas o su visión de la  amistad y su contario, la enemistad, la traición o el engaño.

De ahí que considerar que Saldaña pueda ostentar la condición de inmatable no es más que un excelente recurso periodístico de mi querido Paco, porque políticamente, desde mi opinión muy personal, el candidato Saldaña huele ya hace mucho tiempo a pasado político del que no le puede salvar ni su voluntarismo enciclopédico ni tan siquiera su concepto renacentista de la formación, lo que en lenguaje de la calle llamaríamos titulítis aguda. Para ser un inmatable político hay que haber nacido a la política y mucho me temo, con todos mis respetos hacía sus esfuerzos por romper el cascarón de ese huevo, que inmatable en Jerez no hay más que uno y a Saldaña, como cantaba Pepe Pinto lo encontré en la calle, pero no una cualquiera sino la de la Melancolía de la canción de Sabina: “ Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía”, en este caso un tranvía llamado deseo como en la película de Elia Kazan.

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