Un edificio destruido, durante la guerra en Ucrania.
Un edificio destruido, durante la guerra en Ucrania. CONTRETEMPS.EU

El derecho a defenderse no es un derecho menor al derecho a la paz. Reconocer ese derecho a defenderse y, al mismo tiempo, negarse a enviar armas a Ucrania puede resultar incoherente. Al mismo tiempo, utilizar la guerra de ocupación de Rusia contra Ucrania para desatar una nueva carrera armamentística es una enorme irresponsabilidad. 

Ayer, 8 de mayo, se recordaba la capitulación del Ejército alemán en 1945. Polonia se defendió de la ocupación nazi y así empezó la guerra. ¿Hubiera tenido Polonia que no defenderse? ¿Se hubiera evitado así la guerra o cuándo hubiera empezado?

Hay quienes utilizan el argumento de que oponerse a una potencia nuclear es absurdo y solo quedaría rendirse, capitular. Vietnam se defendió contra una potencia nuclear, Estados Unidos, ¿hubiera tenido Vietnam que renunciar a su defensa? Afganistán se defendió contra otra potencia nuclear, la Unión Soviética, ¿hubiera tenido que renunciar Afganistán a su defensa?

Las potencias europeas abandonaron a su suerte al régimen legítimo de la II República Española, no le entregaron armas; los rebeldes sí recibieron armas. La República pudo defenderse solo con enormes dificultades y con el apoyo, sobre todo, soviético y el de las brigadas internacionales. Las consecuencias son conocidas: una guerra terrible, una posguerra de horror y una dictadura de terror de cuarenta largos años, todo con daños inmensos e irreparables.

Romper la lógica de la guerra es lo correcto, sin duda, pero, ¿incluye eso renunciar a defenderse? Todos estamos un poco perdidos en este asunto, por ello debemos conversar con serenidad honesta sobre nuestras posiciones. Creo que lo que más miedo da es el riesgo cierto de una tercera guerra mundial, cierto porque desde el gobierno de Putin se ha amenazado con la posibilidad. A cambio de evitarla, ¿aceptaríamos vivir en una dictadura de terror, en un régimen de gulag?, ¿podríamos aceptar que Ucrania se perdiera?, ¿olvidaríamos que Vietnam o Afganistán consiguieron oponerse a sus agresores? Creo que nos hemos acostumbrado a que haya muchas guerras regionalmente localizadas en el mundo que no nos afectan de un modo directo, que no impiden nuestras vidas cotidianas ni nuestros estilos de vida. De pronto, la ocupación de Ucrania nos permite comprender que las bombas podrían caer en nuestros tejados y que nuestros estilos de vida están seriamente amenazados. ¿Preferiríamos entregar a Ucrania a cambio de nuestra tranquilidad? ¿Hasta cuándo duraría esa supuesta tranquilidad?

Renunciar a defenderse, ¿no produciría un estado de guerra permanente como el que se vivió en la dictadura franquista o en la terrorífica Alemania nazi? ¿Alguien cree que si Polonia no se hubiera defendido, en 1939, hubiera podido evitar, por ejemplo, el gueto de Varsovia? Capitular para impedir una guerra podría significar persecución, tortura y exterminio. ¿Alguien cree que si Ucrania capitulara, o no recibiera armas para defenderse, dejarían de estar en peligro Moldavia, las repúblicas bálticas…? ¿Hasta dónde creen los que aconsejan la renuncia a la propia defensa, o incluso capitular, que llegaría la expansión imperialista de Putin? Comprender a los que plantean el derecho a la defensa como proclives a la guerra es usar la brocha gorda en un tema tan delicado. O peor, es repetir la Historia y dejar que el monstruo devore algo para que se quede tranquilo: ¿cuándo creen que el monstruo se quedaría definitivamente satisfecho?

Claro, resulta incómodo darse cuenta de que hay que actuar. La idea de tener que abandonar nuestro sofá, atalaya desde la que se observa el mundo con la calefacción consumiendo gas ruso, produce incomodidad. Después de dos meses no podemos recordar manifestaciones que muestren a la sociedad europea exigiendo el final de la ocupación rusa y ofreciendo solidaridad con Ucrania. La propaganda rusa, ¿ha sido capaz de hacerle dudar a la izquierda europea sobre si Ucrania es o no un país nazi? No, no lo es, por si hubiera dudas.

El debate público en Alemania al menos existe y se publica: cartas abiertas de intelectuales de mesilla de noche, filósofos de renombre, una izquierda con problemas de deudas históricas con la muerta y enterrada Unión Soviética, muy conocida por el gulag y por la ocupación a sangre y fuego de Praga. Hay izquierdas europeas que no parecen encontrar su identidad en la defensa de los derechos humanos, por encima de todo, y en el derecho a la paz. ¿Significa esto volverse un acólito de Washington? No, de ninguna manera; ni tampoco de la OTAN.

Una de las causas de la duración de esta guerra es seguramente la falta de contestación social masiva en Europa contra la ocupación de la Rusia de Putin. Una falta de contestación que muestra a los poderes oscuros del poder lo obedientes que son las sociedades europeas y lo fácil que podría resultar eliminar la democracia y la libertad.

Quevedo, en su Vida de Marco Bruto, decía que “perder la libertad es de bestias; dejar que nos la quiten, de cobardes”. No, esto no es ninguna llamada a valientes, es una reflexión sobre nuestro comportamiento hacia las personas que viven en Ucrania y han decidido defenderse de una guerra de ocupación ilegal por parte de Rusia. Un aviso de lo que podríamos tener que vivir nosotros mismos en menos que canta un gallo.

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