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Ella, que ha convertido el pendiente de botón en ideología y que enarbola mechas y liberalismo con igual destreza, sabe mucho de las cosas de la vida. Por eso conoce bien el poder de una sonrisa. 

Hay pocas cosas en este mundo que causen mayor desconcierto que la sonrisa de Esperanza Aguirre. Cuando la baronesa de la gaviota y el rubio implacable encamina los labios —siempre sin despegarlos— a la mueca más afable, uno ya puede echarse a temblar. No por estar más acostumbrados nos sentimos a resguardo de su gesto más emblemático. Ella, que ha convertido el pendiente de botón en ideología y que enarbola mechas y liberalismo con igual destreza, sabe mucho de las cosas de la vida. Por eso conoce bien el poder de una sonrisa. De la suya, concretamente. Es capaz de responder con ella a las más duras acusaciones frente a millones de espectadores; puede utilizarla como escudo antimisiles tras soltar la obviedad más obvia que unos oídos —ya sean profanos o versados— hayan soportado jamás; puede emplearla como estocada mortal a la crítica, al descrédito, a la burla, incluso a la incomprensión. Es un arma enérgica y más cargada de futuro que el poemario de Gabriel Celaya. Y ella lo sabe.

Esta semana hemos sabido que un equipo de investigadores argentinos ha dado con el primer anfibio fluorescente del mundo. Se trata de una rana con capacidad para brillar en la oscuridad. Cuando se la ilumina con luz ultravioleta produce en la superficie de su cuerpo una intensa fluorescencia verde azulada. La ranita en cuestión —la Hypsiboas punctatus—, que es una monada, ha alterado los paradigmas sobre la comunicación visual entre anfibios, dado que, según sus descubridores, la fluorescencia haría que en condiciones de iluminación natural, estos animalitos aumenten su brillo y puedan verse mejor entre ellos. Algunas características de esta especie son compartidas por otros tipos de ranas, por lo que la fluorescencia recién descubierta podría estar extendida entre muchas otras familias de anuros. No sabemos cuántas son pero, como vemos, parece que pueden reconocerse entre ellas. Irradian, como Esperanza, una luz especial.

Y es que ella también es así: luminosa y enigmática, como la Hypsiboas punctatus. También suele vestir de verde y sobre todo de azulado, también es feliz en la pradera y tiene predilección por meterse en jardines. Estos días la hemos oído afirmar que se considera víctima de la corrupción. Pero como ella es tan grande —y a la vez tan sencilla— no se siente cómoda siendo una víctima cualquiera; se ve como la mayor víctima de la corruptela perpetrada durante su etapa al frente del gobierno de la comunidad de Madrid. La engañaron. Engañaron a esta Gioconda patria, a nuestra particular dama de hierro cañí, al bastión de la familia española y de la decencia, en general. Ella, que estaba tan ocupada construyendo hospitales, que se olvidó de vigilar la financiación del partido, no se merece esto. A la postre, mal rodeada, mal aconsejada, mal iluminada. Es una verdadera lástima que los delincuentes no hayan desarrollado unas glándulas epiteliales reflectantes, como las ranas argentinas. Así nuestra heroína podría haberlos apuntado con un cañón ultravioleta y frenar el desfalco hacia sus bolsillos luminosos. Además, no olvidemos que estos seres son capaces de reconocerse entre sí. Al final, como predijo Marisol, en la vida todo es cuestión de luz y de color; de verde azulado, del verde Esperanza. 

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