Recientemente la vicepresidenta y ministra de Hacienda del Gobierno español y ahora también candidata a la Junta de Andalucía, María Jesús Montero, habló en un mitin de promover una “ley de lenguas andaluzas” al objeto de dignificar nuestra forma de hablar. Un conocido diario monárquico no tardó en acudir a “los expertos” para llamarla al orden por su elección terminológica, tras lo que Montero reculó, vía X, manifestando que había sido un error y que la expresión más adecuada hubiera sido “hablas andaluzas”. El problema es que los expertos a quienes suelen recurrir los grandes medios son los de siempre y el manido argumento también es el habitual. La expresión, empero, encierra dos falacias ideológicas.
La primera cuestión es el empleo del término “habla”. Según la jerarquía al uso, en el puesto de honor del podio estarían las lenguas, por debajo vendrían los dialectos y por último las hablas. Pero dicha distinción es política. Si nos atenemos a la estricta ciencia del lenguaje, la Lingüística nos revela que no existe tal diferencia. Todo son lenguas, o todo son dialectos, si se prefiere. Decir que el andaluz (o el canario o el murciano) es una variedad del español es como coger un grupo de ovejas dentro de un rebaño y decir que ese es una variedad de tal otro grupo de ovejas. Seguramente lo que se habla en Andalucía tuvo, efectivamente, origen histórico en lo que se habló en Castilla, pero solo en un sentido diacrónico procede establecer esa trazabilidad. El andaluz es la lengua natural, esto es, oral de Andalucía. Así de sencillo. Y por tanto puede estudiarse en sí misma, sin necesidad de establecer ningún eje de comparación (que a menudo lo es de menosprecio) con cualesquiera otras.
La segunda trampa está encerrada en el uso del plural: hablas. Incluso Montero lo reprodujo, aun habiendo elegido el vocablo “lenguas”. Su empleo data del título de un libro editado en los estertores del siglo pasado por la propia Junta, por aquello de tener al enemigo en casa. De acuerdo con uno de sus perpetradores, ni siquiera cabría referirse a un dialecto andaluz, ya que su extraordinaria heterogeneidad interna obligaría a nombrarlo más propiamente como eso, “hablas andaluzas”. Pero esa presunta característica es la que el nacionalismo lingüístico español atribuye precisamente a todas las demás lenguas o variedades (escójase el término preferido) distintas al castellano estándar, que mayormente es una lengua escrita, no una lengua natural. Por decirlo de una manera más directa, no es más que la clásica estrategia del divide y vencerás. El problema no es considerar en sí la diversidad (riqueza) intrínseca respecto a las diferentes variantes del andaluz, sino dejar de admitirla cuando tratamos del español; que se sepa, no se ha popularizado hasta el presente el sintagma “hablas españolas”. Por cierto, todas las lenguas naturales o variedades orales (de nuevo, a gusto del consumidor) tienen diversidad interna, porque para eso son sistemas abiertos y cambiantes.
Para otra ocasión dejaremos la cuestión de la pertinencia de promulgar leyes que ayuden a combatir el desprecio y discriminación de que suele ser objeto el andaluz. Las ponzoñosas invectivas de las que ha venido siendo objeto la propia Montero por su manera de hablar son buena muestra de su necesidad. En la actualidad una Iniciativa Legislativa Municipal en tal sentido está siendo aprobada por ayuntamientos como el de Benalup-Casas Viejas con el objetivo de llevarla al Parlamento de Andalucía; veremos cómo evoluciona. Entretanto, limitémonos a poner sobre la mesa los sofismas de la ideología hasta ahora dominante en el discurso mediático y en el sentido común. Esta tarea no es ni más ni menos que aquello a lo que remite el título del presente artículo, el cual hemos tomado prestado, por cierto, del subtítulo de una muy recomendable obra para quien se quiera adentrar con mayor profundidad en la cuestión; se trata del libro Lenguas, dialectos, hablas, del catedrático Juan Carlos Moreno Cabrera. Si les interesa el tema no se lo pierdan.


