Un hombre, en un bar del centro de Jerez. FOTO: MANU GARCÍA
Un hombre, en un bar del centro de Jerez. FOTO: MANU GARCÍA

Cuando se tiene el día atravesado lo mejor que se puede hacer es sacar una cerveza y una silla y contemplar, por ejemplo, cómo tu vecina cuida las plantas que tiene colocadas en el patio común, ver cómo quita las malas hierbas, sanea, poda, abona, riega, cambia de maceta… Ver todos esos pasos manteniendo un escrupuloso silencio, si acaso intercambiando un par de veces una ligera sonrisa, sin molestar… Constatando simplemente, que al final, lo que damos en llamar vida normal sigue impidiéndonos -siquiera ver- esas pequeñas cosas que son las que realmente nos gustarían hacer o, al menos, decir. Ni en tiempos de pandemia. 

Vaya, que no puede ser. Ni alargando la broma de que nos hayamos declarado en esta sección formalmente pandemitas dispuestos a vivir en la pandemia, como si, efectivamente, una crisis como la actual pudiera significar una oportunidad o al menos un cambio tanto en lo social como en lo personal. Qué va. Bórrenlo de sus mentes. Si en el primer artículo de las nuevas Confesiones recordábamos varias de las veces que las Humanidad se ha planteado la posibilidad de un Hombre Nuevo, tengan la certeza de que aquí y ahora no habrá tal advenimiento y que al final su elección quedará reducida a tener en la mano el ‘Sanitol’ o el ‘Pronto’, según su grado de paranoia ante la pandemia o amor por los muebles.

Ya ven que hoy no va a haber un artículo al uso, pero mejor así… los días que está uno un poco cruzado –no se quejen, es el primero en 66 días de cita cotidiana, un número además, como ven, casi diabólico— lo mejor que puede hacer es tomarse esa cerveza (o un buen amontillado si de verdad estamos por pensar) y encomendarse al refranero: dormir y esperar con un poco de suerte a mañana. 

No voy a explicarme más. Si acaso pido disculpas, después de haber incidido dos o tres veces en anteriores artículos en que Confesiones no es un diario, por hacer hoy precisamente un uso similar de la sección. Detrás de estas magras líneas hay un cansancio absoluto por el “yo, yo y yo” o el “a mí, a mí, a mí” en general, así que no les voy a hacer perder ni un minuto más con mis propios “mis”. En realidad no tienen la mayor importancia.

Un amigo me dijo, cuando empezó la farsa del confinamiento, que así podía aprovechar y escribir una novela o algo así –supongo que le respondería que el ‘algo así’ lo veía factible, la novela seguro que no— con todo el tiempo que iba a tener por delante. No, amigas y amigos, no… hay días e incluso temporadas que son para el silencio, una música estupenda cuando se sabe apreciar…

Bien, no quiero irme sin recomendarles varias lecturas de prensa como viene siendo  habitual en la sección. El show debe continuar… En primer lugar cito a Carlos Prieto en El Confidencial, que en su Diario de la Pandemia –por cierto lleva un número más que Confesiones si las hubiéramos ido sumando, debe ser que publicó algo ya el primer sábado de confinamiento— escribe un artículo en plan ucronía sobre qué hubiera ocurrido si la pandemia que estamos viviendo se hubiera producido durante el Gobierno de José María Aznar; el artículo le ha quedado estupendo pero, como él mismo advierte, no habrá gustado a muchos. En Voz Populi les recomiendo el artículo Piezas de museo, de Albert Giménez, que, por cierto, creo que ha sido el que hoy ha terminado de, digamos, mandarme al rincón de recapacitar. Y nos vamos recogiendo un artículo de El Mundo, que es bastante explícito: “Limpiadores del coronavirus dicen que es duro de limpiar, no vale con lejía”. Así que ya saben, no insistan, dejen los pomos de su casa…

No hagan caso nunca a un narrador en primera persona que les ha comentado que Nabokov es uno de sus autores favoritos. No se fíen de una aparente tristeza, a saber con qué les sale mañana… 

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