Una peluquería en Jerez, durante la pandemia. FOTO: MANU GARCÍA
Una peluquería en Jerez, durante la pandemia. FOTO: MANU GARCÍA

“El mundo se derrumba y nosotros…” y nosotros, los pandemitas, vamos y, por fin, nos cortamos el pelo. Está muy bien la frase de Bogart y Bergman en Casablanca, apurando su amor, sea lo que sea eso, y las últimas botellas de Champagne –líquido que sí es perfectamente inteligible- con la Torre Eiffel al fondo a la espera de que los alemanes entren en París. Pero eso son solo frases y además de cine…

La vida sigue y poco o nada tiene que ver con el cine; lo que toca ahora es arreglarse el pelo. De la ropa… de la ropa creo que haremos un especial: si este artículo fuera en papel, creo que podría ser un coleccionable; al menos una separata, seguro. Ya sé que casi todo el mundo se arregló el pelo la primera o la segunda semana desde que se pudo ir al peluquero, sobre todo las mujeres, pero este cronista no pudo. A mi natural, dado a cierta molicie, se le unió que el peluquero me remitió desde el primer día de la semana de los pelos al viernes y ya les comenté en anteriores Confesiones que los viernes prefiero no ir a la peluquería porque van los niñatos a hacerse estrellas, grabados, crucigramas y, llegado el caso, hasta esferificaciones, y también suelen ir los híspters, que van a poner sus barbas, y sus camisas de cuadros con el último botón abrochado, a remojo.

La semana pasada no pude ir a poner fin a mi estado calvo-greñudo porque los primeros días me salió una chambita, una palabra estupenda que usan en Latinoamérica para referirse a un trabajito, aunque no obstante pude acercarme el día de las tormentas, el jueves, y la peluquería estaba cerrada: Jerez en estado puro. Recordarán que el otro día les comenté, y no es broma, que la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) ayuda a hacer los turnos de los bares de Jerez, sobre todo de los que tienen una buena terraza –“como dan lluvia, no vengas”, esa es para el personal de refuerzo, así, sin anestesia; “como dan lluvia, aprovecha y libra”, esa para algún camarero de plantilla: una manera muy particular, y procelosa, si me apuran, de ver las libranzas y planes de los empleados, hala venga, a librar un día suelto, con lluvia y sobre la marcha- lo que no sabía era que su influjo llegaba también a las peluquerías masculinas. Qué mundo éste en que vivimos. ¿Podrá cambiarlo vivir en la pandemia? Ya ven que no. “El mundo se derrumba y nosotros…” y nosotros, como llueve, cerramos la peluquería.

Por lo menos, en mi peluquería habitual sigue sin ser necesaria la cita telefónica, algo que me llena de satisfacción. A ver, que llaman los colegas, pero como ya llamaban antes. Aquí la norma ahora es más bien un “¿cuándo me paso?” presencial y como en los concursos de la tele te dan varias opciones de viva voz que, con la mascarilla y con tener que hablar desde fuera a dentro del local y viceversa, pues acaba siendo algo aproximado. Ayer, sin ir más lejos, voy a mi hora, británico total, dos minutos antes, mi peluquero estaba liquidando a un cliente, y cuando estoy ya esperando apoltronarme, me entero de que va delante un señor que, al igual que yo, estaba en la puerta practicando el deporte nacional: contemplar una obra aledaña. No sé… no sé si es que cita de dos en dos cada media hora o iba con retraso o, sencillamente, había colado en algún momento a un coleguita… algo, en cualquier caso, en absoluto reprobable desde estas líneas: son los fueros viejos, como dicen los vascos. De lo que tengo que enterarme es del modelo que usa P. –P., de peluquero- para establecer los turnos sin preguntarnos nombre a los que somos clientes habituales pero ya, sin mayor amistad. Imagino que será un poco al estilo de los bares, que cuando se salen de los números de las mesas o de la distribución de la barra (aquí ya algún bar se pierde) sacan a volar una impresionante profusión de epítetos. “El largo calvo madrileño”, “El largo calvo periodista”, “El periodista calvo del Atleti”… son las combinaciones (o permutaciones… en las que he puesto siempre está calvo) que les ofrezco poniéndome como ejemplo, cinco cogidas siempre de tres en tres porque si das más detalles, al final la gente hasta se despista. “El mundo se derrumba y nosotros…”, nosotros, los pandemitas, queremos seguir creyendo en la lógica propia de hacer las cosas de los barrios…

Nuestro magazine de prensa, La Pandemia, al día, arranca hoy con la renovación del estado de alarma. Se trata de un tema que, lógicamente, recoge toda la prensa pero destacamos la lectura de El País, que de esto sabe mucho y al final el titular no lo pone solo el redactor: “Sánchez salva el estado de alarma con Cs y PNV pero agrieta el pacto con ERC”. Muy divertido el enfoque que hace El Mundo de la próxima apertura de las playas en su titular: “Desescalada. Antología del disparate: Cita previa, drones, sensores… y nada de boca a boca”, sobran los comentarios. A este cronista le dan igual todas estas sandeces, desde el momento en que se pueda va a estar parapetado en el chiringuito y cuando le apetezca darse un baño que nadie dude que se lo va a dar (tome nota, señor agente lector de la comandancia de la Guardia Civil, por si esto fuera constitutivo de…). Por último, volvemos a recuperar a un personaje clave en Confesiones, el sociólogo-humorista José Félix Tezanos, que recoge en el últimos CIS que “el 46% ve positiva la situación económica”: bien, España, país de optimistas.

Recuerden en Jerez: la lluvia solo consiste en agua que cae del cielo. Por ahora no es ácida (o no mucho), eso pertenece a otras apocalipsis que seguro que ya vendrán…

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