Un puesto del rastro de la Alameda Vieja, en una imagen de archivo. FOTO: MAKY GASSIN
Un puesto del rastro de la Alameda Vieja, en una imagen de archivo. FOTO: MAKY GASSIN

Me levanto el domingo con una cierta resaca. Nada que no se cure con un paseo por el rastrillo y dos o tres cervezas en el centro (si la resaca es de órdago, que no era el caso, les recomiendo sumar a la receta una tapa de huevas aliñás… no falla). El problema es que no se puede salir. Hoy no hay rastrillo ni cervecitas. Ni cura. Me tiro hora y pico echando un vistazo a la prensa digital, aburrido de leer lo mismo desde Voz Pópuli a Público. Hago unas cuantas tareas domésticas, escribo esta sección, me abro una cerveza y me pongo una tapa de caña de lomo (ya, ya… el plan empieza a no estar tan mal), pero no me hallo. A. insiste continuamente desde la distancia en que me lave también continuamente las manos. A la sexta o séptima vez me ocurre como en el ‘meme’ ese que circuló hace unos días por WhatsApp: de repente me aparecen en la palma de la mano la teoría del superhombre, la del eterno retorno y el argumento de la pedantísima película Más allá del bien y del mal (lo que tiene que te tocara un profesor de filosofía que, literalmente, adoraba a Nietzsche).

Para comer hay conejo (¿?) y ensalada –algún día hablaremos de la surrealista súpercompra que hizo A. cuando comenzó todo— y me pongo a leer con la tele puesta de fondo. No me concentraba nada en la lectura, así que me puse a ver ese rulo de empalagosas películas suecas o alemanas con la esperanza de echar una cabezadita. Imposible. Ya saben, basta que quieras algo para que no… Y tampoco podía leer. Total, que me paso la tarde abriendo y mandando ‘memes’ hasta que salta la noticia en los digitales de que el Rey nuevo renuncia a la herencia del Rey viejo. Qué listos me digo, qué listos. Colar una noticia así el primer domingo del confinamiento del coronavirus con todo el mundo a otra cosa. Jugada maestra. 

Poco antes de las ocho mis vecinos salen a aplaudir al personal sanitario (y a los militares y a las policías, a las cajeras, los fruteros y a las… en definitiva, salen a aplaudirse a sí mismos) pero a mí me da un poco de corte: a mi natural taciturno se une que enfrente de mi balcón tengo un muro y andar aplaudiendo a un muro como que… 

Vuelvo a la tele. Veo el telediario de Antena 3. Un tipo que presenta pero que no deja de ser una especie de becario con trienios dice que las tasas de mortandad de la enfermedad en España, Corea y China son similares (entre el 3% y el 4%) y que también ocurre lo mismo con Italia, joder, con Italia dice, sin reparar que en la propia infografía que enseñan marca un 7,5%. Pues nada hijo, si te bajan el sueldo a la mitad, no protestes, seguiría siendo bastante similar. Cuando me da por buscar errores en los medios de comunicación siempre me echo unas risas pero me pongo un punto irascible, así que salgo a tirar la basura, sin evitar bromear con que voy a tomar una cervecita y tal, que vuelvo en un rato… un rato de dos minutos exactos.

Veo una película argentina en La 2 –por ahí vamos y esto no acaba ni de empezar— que no está mal. Tiene situaciones ingeniosas y una frase estupenda: “no es una decisión para tomar un domingo por la tarde”, justo cuando una pareja de cincuentones va a separarse. Vaya… Cuando empieza el debate, en lo que pienso es en que Cayetana Guillen Cuervo se ha vuelto a tocar la cara. Cojo un libro con la idea de volver a leer –llevo todo el día intentando acabar ‘Babbitt’, de Sinclair Lewis, y no hay manera de avanzar- y a los cinco minutos lo dejo y me voy a la cama. 

Me acuesto preocupado. Mi madre además vive en Madrid. Empiezan a ser muchos casos y muchos muertos y está claro que esto acaba de empezar…

Archivado en:

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído