Un oso, en una imagen de archivo.
Un oso, en una imagen de archivo.

Me han robado una de las pocas alegrías que me quedaban en el mundo: la grúa que hay enfrente de mi casa. Ahí sigue, pero parada. Desde ayer, lunes 30 de marzo, en cumplimiento, cabe suponer, del endurecimiento de las medidas de confinamiento que mandan a casa a todos los trabajadores que seguían en el tajo en servicios ahora no considerados esenciales, me he quedado sin grúa. Sin mi magnífica grúa verde. Como si para mí no fuese esencial ver desde mi terraza cómo iba de derecha a izquierda y viceversa, cómo recogía y depositaba —siempre eficaz, siempre eficiente— el material que se le requería en distintas partes de la obra, doy por hecho que igualmente parada.

Ante su ausencia de movimientos, su impertérrita rigidez, no me queda otra que centrar de manera forzosa mi atención sobre las pocas palomas que se ven últimamente sobre la Catedral, sobre las grajillas (ya me ha informado uno de ustedes, queridos lectores, que esos ‘cuervos pequeños’ tienen técnicamente ese nombre: quien lo hubiera dicho, ja, ja) y una gaviota que anda más despistada que otra cosa, pero ya no me entretengo con la avifauna, nada es igual con la grúa parada y muda, no.

En las Confesiones de ayer, en la parte cuasi epistolar, les comentaba –recordarán— que mi amigo F. anda con el ánimo un tanto contrito después de estas dos semanas largas de reclusión. Supongo que, en realidad, independientemente del carácter o las circunstancias de cada uno, todos estamos poco más o menos. De natural andorrero, de socialización fácil y querencia natural a las barras –me sumo a este último supuesto, yo también prefiero las barras a las terrazas—, verse sometido a un c en solitario que va sobrellevando a base de series, lecturas y TVE a la carta (en búsqueda de alguna joya políticamente incorrecta) tiene que ser, ya digo, muy, muy duro, le entiendo perfectamente.

Yo mismo, de natural más hosco que F., noto cómo también voy dando la espalda a la realidad y me voy deslizando hacia una especie de hibernación en plena primavera. Noto cómo mis funciones vitales se van incluso ralentizando, cómo la monotonía me predispone más a la osera que al balcón (y no se trata de que haga mal tiempo, no). Les pongo un ejemplo: si en la vida ordinaria era raro que me acostara antes de las una y media de la mañana, ahora a las doce ya estoy dando unos bostezos desaforados… incluso ayer, pese a la hora recién adelantada, a que el biorritmo iba una hora antes y todo eso, no hubo manera… He abierto ya tres o cuatro botellas de vino de las mejores (tanto en blanco como tinto o jerez) que tenía buscando… buscando quién sabe qué, desde luego algo que hoy no encuentro, y menos desde que el Gobierno, de manera unilateral, me ha privado de mi grúa, a la que estoy a punto de referirme como su padrastro se refiere a Lolita en la homónima novela de Nabokov: “Luz de mi vida, fuego de mis entrañas…".

Hace varias Confesiones que no hablamos de libros. Propongo que la sección pase a llamarse Cultura Infecta. ¿Votos en contra? Ninguno, bien. Adelante con Cultura Infecta. Les decía que ahora ando al retortero con tres libros, cosa rara en mí. Zuckerman encadenado, de Philip Roth, mi novela de Roth anual; una relectura de la Trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez, bautizado en su día por la crítica, no sé si para bien o para mal, como el Bukowski tropical; y Moriría por ti, una recopilación de relatos de Scott Fitzgerald que ha publicado hace poco Anagrama y que tiene como principal característica que en su día quedaron inéditos. Se trata de relatos que rechazaron las revistas que habitualmente se los compraban pero no porque fueran malos o demasiado cortos o largos, sino porque la temática o la resolución de la trama no era la habitual de Fitzgerald, un excelente cuentista, en toda la extensión de la palabra.

Pues ya les iré contando en próximas ediciones de Cultura Infecta (incluso del tema series, del que hoy no hemos hablado), pero ahora demos paso ya a su sección favorita, Desinfección y Chuletas. Como me lavo continuamente las manos después de cada actividad que realizo –en realidad es más bien al revés, las actividades que realizo suponen pequeños lapsos de tiempo entre lavado y lavado— me aparecen con frecuencia jirones de piel y cal con distintos textos, a veces no fáciles de desentrañar. Ayer, como no podía ser de otra forma, un nuevo notable en Literatura (este en Periodismo) quedó en entredicho: Fitzgerald, Faulkner, Dos Passos, Steinbeck y Hemingway no son precisamente la delantera del Liverpool…

Pues nada, un día más seguimos sumando de 800 en 800 (largos) entre el cinismo, la improvisación y la mentira…

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