Los componentes de Parálisis Permanente, en una imagen de archivo.
Los componentes de Parálisis Permanente, en una imagen de archivo.

Pues ha pasado un fin de semana más o un fin de semana menos, como nos coja de humor. Para este confinado que se dirige a ustedes es el segundo y medio (para muchos, para los buenos ciudadanos, no hace falta que se lo recuerde, es el tercero) y empieza a estar bastante claro que tenemos al menos un mes por delante. Mi amigo F, muy a medio gas durante todo el fin de semana, al parecer cautivo y desarmado, me recordaba el sábado que ese día tenía de música de cabecera aquella vieja canción de Kortatu. “Este sábado me lo voy a pasar/ privando en mi casa hasta reventar./ Ya estoy harto, no quiero salir más/ siempre lo mismo, mierda de ciudad”.

Bien… distintas consideraciones, estimado F.: no es el momento de ponerse metafísicos. Es cierto que eres una de las personas menos caseras que conozco, pero no es el momento de dejarse arrastrar. Tomarse unos vinos durante el confinamiento está muy bien, lo está haciendo todo el mundo que conozco, servidor el primero, pero de ahí a establecer conclusiones que incumban a tu percepción de Jerez en su conjunto hay un gran trecho, y más cuando se trata de una canción que se refiere, supongo, a la vida en Pamplona a mediados de los 80.

Yo también he pensado estos días dos o tres veces en otra canción de Kortatu, en La línea del frente para ser exactos, sobre todo en ese estupendo verso que dice “soy una cuchilla andante” y lo he hecho con idea de hablar del flamencólogo, digo del epidemiólogo –en qué estaría pensando— del jersey gris, pero al final, como ahora también está enfermo, no digo nada y aprovecho para desearle una rápida recuperación. Fair play, que dicen los choris de la UEFA. Ya llegará (aunque me da que no va a ser desde el día 1) mayo, estimado F., “cuando hace la calor (…) cuando canta la calandria y responde el ruiseñor”, y será cuando abran los bares y… y los pubs y los restaurantes y los tabancos y los chiringuitos, para felicidad y regocijo del común de los mortales.

Ponemos fin al género epistolar con F., pero seguimos con el mismo tema. El otro día estaba poniendo música en mi casa y, no se crean, también tuve un momento confinamiento song. Estaba en Youtube solo con música de la movida madrileña y de repente, como sin darme cuenta, estaba sonando Autosuficiencia, de Parálisis Permanente. “Encerrado en mi casa/ todo me da igual/ ya no necesito a nadie/ no saldré jamás”, decía su cantante, Eduardo Benavente, rodeado de discos y libros, aunque también amenazaba con ducharse “con agua fría sin parar” y cortarse “con cuchillas de afeitar”. Como ven, queridas amigas y amigos, históricamente el confinamiento termina haciendo estragos en todo quisqui, desde el hedonismo con un punto snob madrileño a la visceralidad política vasco-navarra…

Por cierto, TVE sigue con su delirante seguimiento de la crisis sanitaria. Ayer, domingo 29 de marzo, el reportaje de marras va sobre músicos, escritores y otros artistas que decidieron voluntariamente vivir confinados entre cuatro paredes. El tema ya está traído por los pelos de cojones, pero a una selección más o menos correcta, como la de Juan Carlos Onetti los últimos días de su vida, o Leonard Cohen, que estuvo varios años de cartujo (bueno, no era esta orden exactamente, pero mola cómo queda), meten en el mismo saco a Syd Barrett. Pero vamos a ver, a Syd Barrett —líder los primerísimos Pink Floyd, para los más despistados— se le fue la pinza con el LSD, entre otras sustancias, hasta el punto de que tuvo que dejar el grupo tras el primer disco. Piradísimo. Que luego decidiera irse a vivir al campo con su madre… pues muy bien, seguro que fue lo mejor que pudo hacer (aunque no sé cómo lo llevaría la madre). La pinza se nos va a acabar yendo a todos entre el confinamiento y aguantar la tele que apoquinamos entre todos…

Y así llegamos, queridos lectores y lectoras (hoy me siento súper inclusivo), un día más a la esperada sección Desinfección y Chuletas. Como quiera que sigo al pie de la letra las instrucciones de las autoridades sanitarias, estoy continuamente lavándome las manos, lo que genera que, como ocurre con las caras de Bélmez, aparezcan textos de vez en cuando en mis palmas. Tras el sexto lavado compruebo que es perfectamente visible esta lista de nombres: Liszt, Schubert, Schumann, Mendelssohn… La aparición del romanticismo musical alemán (y austriaco) pone en entredicho mi nota en una nueva asignatura, mi notable en Música. (Nota: por exceso de original, no abordaremos nada relacionado con los muslos de Ayllón hasta que haya un día flojo… y no molesten, por favor).

Pues seguimos sumando de 800 en 800 al día. ¿A cuánto equivalen 800 personas muertas, al derribo de tres aviones grandes? ¿Se imaginan que todos los días tiraran o cayeran tres aviones de vuelos transoceánicos en su país y que al minuto diez los telediarios ya estuvieran con aplausos, memes, djs, etc? Bienvenidos a la España real…

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