Una vista de Jerez durante los días de coronavirus. FOTO: MANU GARCÍA
Una vista de Jerez durante los días de coronavirus. FOTO: MANU GARCÍA

Como muchos aficionados al fútbol cuando su equipo va a tirar un penalti decisivo, como otros tantos aficionados a los toros cuando llega el momento de entrar a matar… así me sentí yo el sábado por la tarde (25 de abril) cuando la programación de la tele se cortó de manera abrupta para dar paso –por sorpresa, como tiene que ser- a Una hora con Pedro. En vez de prestar atención a las palabras que iba a dirigir el presidente a la nación, inmediatamente apagué el televisor. ¿El motivo? Se me ocurren dos e igual de buenos. ¿Cabreo porque en ese momento estaban poniendo Cachitos y pasaban a la simpar María Dolores Vargas, la Terremoto, cantando en el Parque Guell de Barcelona? ¿O sencillamente porque ya habían dado las ocho de la tarde y a esa no perdono mi copita de vino –vale, dos- desde que empezó esto del confinamiento? Pero no, queridas y queridos lectores, apagué la tele para ahondar en mi confinamiento de cara precisamente a la redacción de este artículo de hoy. Tal vez ustedes, legos en todo lo que rodea a lo que antaño se llamaba profesión periodística, piensen que cuanta más información tengas, pues mejor a la hora de hacer un artículo. ¡Qué va! Eso es para la chavalería recién destetada de las facultades. Los viejos tenemos el artículo en la cabeza desde mucho antes de que hable el protagonista, así que salvo, no sé, alguna declaración formal a nuestros amigos holandeses del tipo “Atención, que volvemos”, todo sigue un guión previsto.

¿No les manifesté, hace varias Confesiones, mi plena seguridad de que este fin de semana Pedro devolvería con creces el golpe recibido días atrás de su socio-rival en ¿De veras quieres conocer a Pablo?, su innovador programa multimedia? Era fácil, como fácil era saber que la veta que iba a utilizar Pedro eran los mayores, las salidas de los mayores. Da igual los matices del relajo del confinamiento –de hecho seguro que de aquí a una semana cambian, ya verán-, pero ese era el tema, así ha sido y así se ha colocado en el hogar de todos los españoles a hora punta. Si Pablo se ha presentado como el amigo de los niños… y por ende, es lícito recogerlo, de sus padres, Pedro, más taimado, se ha presentado ya directamente como el amigo de la humanidad -de toda- y ahí, amigos, ahí no hay color... Al final, Torrebruno frente a Robespierre.

Pero no crean que esto se va a quedar aquí. Esta semana que empieza seguro que hay alguna nueva edición de ¿De veras quieres conocer a Pablo?, que de hecho ya ha estado por La Sexta. Ya verán, ya, cómo continúa este apasionante duelo…

Por cierto, cuando termino estas líneas no ha empezado el telediario, que supongo que abrirá con el tema de la salida de los niños (si nos hemos hartado de ver tonterías en los balcones con 900 muertos diarios, doy por hecho que ahora 300 empiezan a sonar a pocos), pero debo decirles que desde donde escribo la salida infantil ha pasado bastante desapercibida y creo que en el patio deben vivir cinco menores… Vaya, que nadie ha salido a la calle como País de Gales cuando juega contra Inglaterra (al rugby, claro). Además, tengo abierta la terraza y sigo oyendo muchos más pájaros que niños. Me da que nuestros vástagos no le han arañado ni un metro cuadrado a los mirlos, grajillas, gorriones y demás avifauna que se ha ido enseñoreando de plazas y jardines. Dos carreras con el patinete, un par de brincos y, hala, a casita con la play. Es que van ya muchas noches de pizza…

Y llegamos ya a las dos secciones fijas de Confesiones. En Cultura Infecta constatamos por la tele y otros medios que artistas como David de María, Antonio Orozco o incluso Alejandro Sanz andan que si sacan o no material nuevo ante el desafío de la pandemia. Yo, ante la duda, diría que posponer, siempre posponer…

En Desinfección y Chuletas, sección que nace de la necesidad de lavarse continuamente las manos, hoy veo aparecer en la palma de la derecha a Marat, Danton, Fouché y, por supuesto, Robespierre, todos ellos activistas, que se diría ahora, durante la Revolución Francesa (bueno, lo de Fouché es opinable y da para varios libros, les recomiendo el de Stefan Zweig), aparición que, huelga decir, da al traste con un notable en Historia Contemporánea de Periodismo.

Me he tirado un buen rato oyendo sirenas desde mi casa. Con la nueva normalidad no sé si es que pasa algo o es el cumpleaños del hijo de algún poli o algún bombero…

Cuídense.

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