Busto de Blas Infante, en una imagen de archivo.
Busto de Blas Infante, en una imagen de archivo.

En el tema de las corridas de toros ha predominado siempre en este país un pensamiento único, en el sentido de que, aunque el movimiento antitaurino, como demuestra Juan Ignacio Codina en su libro Pan y toros, es antiguo y ha estado y está ampliamente extendido entre los intelectuales y la población española en general, siempre se ha procurado ignorarlo, ocultarlo y desprestigiarlo por diversas razones. Con el mantra continuamente repetido de que Hemingway, Picasso y García Lorca estaban a favor de los toros -no así Goya, aunque se pretenda lo contrario-, se eleva un espectáculo indudablemente cruel y anacrónico a la categoría de arte y cultura. No se dice en cambio que personajes tan ilustres como Jovellanos, Joaquín Costa, Blasco Ibáñez, Pío Baroja, Emilia Pardo Bazán, Félix Rodríguez de la Fuente y un largo etcétera fueron declaradamente antitaurinos.

Pues bien, ahora que un año más va a cumplirse el aniversario (84) del infame asesinato de Blas Infante, no podemos olvidar que fue un político honesto que pretendíó por todos los medios a su alcance la regeneración de Andalucía y un hombre de vastísima cultura que sucumbió, como muchos otros, a la intolerancia del fascismo. Fascismo que todavía a estas alturas se permiteseguir insultando su memoria. Quizás algún día sea declarada nula su sentencia de muerte, quizás algún día sean identificados sus restos en la fosa sevillana de Pico Reja. Mientras tanto se hace necesario sacar a la luz algunos aspectos de su pensamiento poco conocidos. Como creemos en el dicho evangélico “la verdad os hará libres”, esa verdad que tanto tiempo y en tantos aspectos se nos ha escamoteado, tenemos que afirmar sin lugar a dudas que el padre de la patria andaluza fue antitaurino. Hay suficientes pruebas en sus escritos que así lo demuestran.

En el reverso de un volante de la revista Avante, que se conservó entre sus papeles personales y cuyo original se guarda hoy en la biblioteca de la Casa de la Alegría en Coria del Río, actual Museo de la Autonomía andaluza, escribe lo siguiente:

“El toro herbívoro convertido en fiera por el hombre

El toro y el caballo, hermanos en la pradera.

La desgracia del toro, ¿son sus cuernos?

Luego es el hombre”.

Esta reflexión es ya bastante explícita, pero hay otras que la corroboran. En febrero de 1918, con motivo de la corrida que José Gómez Gallito ofreció a los niños de Sevilla, había publicado El Liberal estas palabras de Infante:

“Deseamos que nadie pueda percibir en nuestras palabras ninguna presión de ánimo contra nadie porque fueron escritas sin animosidad alguna. Reconocemos y comprendemos la generosidad del rango de torero, que ofrece gustoso todo su arte y su valor para distraer a los niños de la ciudad (...). Llegaríamos a disculpar hasta la aceptación del ofrecimiento (…) por quién esté autorizado para ello si el caso presente, más que el de los malhechores del bien, no fuera el de los bienhechores del mal (…). Una corrida de toros es para el espíritu de la infancia un espectáculo cruel. Y contra el espectáculo que se va a dar a los niños y el espectáculo que va a dar a Sevilla ante todo el mundo, protestamos respetuosamente mas con toda energía”.

La nota, además de por Don Blas, está firmada por Antonio Ariza- pediatra y animalista al cual dedicamos un artículo en otra ocasión en este mismo medio-, Rafael Ochoa, José María Vázquez y Antonio Onetti.  Hace casi un siglo que se escribieron estas palabras, y de nuevo han vuelto las corridas de toros a la televisión en horario infantil, en contra incluso de las recomendaciones de la ONU. En una carta a José Laguillo, director de El Liberal de Sevilla publicada también en la revista Andalucía el 14 de mayo de 1919, es contundente:

“Nosotros venimos a vaciar nuestras ideas y sentimientos en los moldes de nuestra Andalucía irredenta y vilipendiada, esclava de caciques y prostituta de toreros".

Por si no quedara claro, en el manuscrito clasificado por E. Iniesta como AAX escribe también en 1919:

“No dirán Vds. que los toros para mí nada significan aunque repugne las corridas y me abstenga de presenciarlas como ritos bárbaros y ancestrales”.

También era decididamente antitaurino otro fiel amigo de Infante, el médico Pedro Vallina, que se quejaba de que Cantillana no era de su agrado por su afición, entre otras cosas, a las corridas de toros. Decía que Sevilla era la cuna del toreo en España, y que la “fiesta bárbara” estaba tan arraigada que los trabajadores empeñaban hasta la ropa de la cama para asistir a las corridas.

Otro texto infantiano muy clarificador:

“La tierra más fértil de España está cerrada al trabajo. Los toros bravos se engordan en las tierras que se niegan a los hombres, precisados a emigrar. El monopolio se divierte con el espectáculo de la barbarie. Este estado de cosas lo engendran los señores con su egoísmo y los esclavos con su inconsciencia”.

De hecho, el notario malagueño colaboró económicamente alguna vez en las campañas antitaurinas de su amigo el escritor y conferenciante Eugenio Noel, y aunque la mujer de Don Blas, Angustias, se alteraba con la para ella excesiva generosidad de su marido, prefería que subvencionara a Noel antes que a los anarquistas.

Nada de esto es casual, porque Infante, como su amigo Ariza, fue un ecologista y animalista adelantado a su tiempo. Y si no, pensemos en La plegaria del pájaro, que se conserva todavía en las placas colocadas a la entrada de algunos colegios sevillanos, o en los Mandamientos de Dios en favor de los animales. Ambos fueron escritos hacia 1924 en Isla Cristina, el segundo inspirado en un texto procedente del Sama Veda, el libro sagrado del hinduísmo, incluido en La Biblia en la India, obra encontrada en su Biblioteca.

En este sentido hay que destacar también sus Cuentos de animales, de 1921, donde trata de perros, ratones y cigarras, o hablar del zorro al que llamó Don Dimas y al que recogió y adoptó como mascota. La narración de sus relaciones con este animal se conserva en dos manuscritos titulados Historia de zorros y de hombres, 1º y 2º, fechados en 1927. O subrayar el interés por las costumbres de los animales que aflora en algunos de sus manuscritos inéditos, como el AGB, donde recopila datos científicos y literarios sobre palomas, golondrinas, cigarras (de nuevo), caballos, toros, abejas, ratones (otra vez), y también sobre rosas y jacintos.

Y, lo que es la vida, resulta que Infante tuvo un hijo torero, Luis Blas Infante García, el tercero, nacido en 1931 y que por tanto sólo tenía cinco años cuando los falangistas se llevaron a su padre. En 1954, su madre María Angustias, tras luchar sin tregua por conservar su Casa de la Alegría y criar a sus cuatro huérfanos, había muerto con el alma rota. Sin una sólida formación, en una comarca deprimida y además hijo de un represaliado, a Luis Blas, Blasito, su preferido, no le quedaron muchas opciones. Era una época difícil y había que sobrevivir, así que entró en la cuadrilla de Rafael Peralta y llegó a torear en algunas novilladas sin picadores. Recordemos las famosas palabras de El Cordobés: “más cornadas da el hambre”.

Quizás tampoco se encontrara a gusto en España, debido a sus tendencias ácratas, así que en 1963 emigró como un obrero más a Holanda, donde, según él mismo contaba, malvivió en penosas condiciones, como tantos inmigrantes ahora en nuestro suelo, y entre otras cosas, fue dibujante, mecánico y restaurador. Murió también pronto, a los 64 años, después de haber podido regresar a España y participar en el resurgir del andalucismo durante los años de la transición.

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