Juanma Moreno, con vecinos de Adamuz.
Juanma Moreno, con vecinos de Adamuz.

Con el paso de los días y la distancia que ofrece el tiempo, las tragedias dejan algo más que dolor: dejan un retrato nítido de la verdadera altura política de quienes gobiernan. Cuando la urgencia se atenúa y el foco mediático se desplaza, lo que permanece no son los gestos ni las imágenes, sino la forma en que se lidera, coordina y se asumen responsabilidades.

En Andalucía, la gestión del accidente ferroviario ha evidenciado una manera concreta de gobernar. El presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, no se escondió ni se limitó a declarar: lideró. Desde el primer momento asumió la dirección política del dispositivo, puso a disposición todos los recursos de la comunidad y garantizó una coordinación eficaz y constante, dejando trabajar a los profesionales con rigor y respeto. Sus palabras recientes, expresando el dolor compartido, pero también la fortaleza necesaria para seguir al frente de la gestión, resumen bien esa forma de entender el poder: humanidad sin debilidad y firmeza sin arrogancia. Gobernar, en su sentido más responsable.

Ese liderazgo contrasta con otras presencias que, aunque visibles, resultaron políticamente irrelevantes para la gestión real de la emergencia. Porque estar no siempre significa aportar, y aparecer no equivale a dirigir. La diferencia es clara: quien tiene competencias debe ejercerlas; y cuando no se es capaz de asumir esa responsabilidad, al menos debería evitarse estorbar.

El contraste más evidente llegó desde el Gobierno de España. El presidente Pedro Sánchez se dejó ver rodeado de ministros cuya acción política cotidiana poco tiene que ver con reforzar los servicios públicos que sostienen una emergencia de esta magnitud. Ministros que aprueban subidas de impuestos mientras recortan inversiones en infraestructuras, que miran hacia otro lado ante la falta de medios de la Policía Nacional y la Guardia Civil, y que siguen negándose a reconocer como profesión de riesgo a quienes se juegan la vida cada día.

La contradicción es clamorosa: policías nacionales y guardias civiles sin medios suficientes, médicos movilizados contra un Estatuto Marco impuesto por el propio Gobierno de España, todos ellos trabajando codo con codo sobre el terreno, sosteniendo la emergencia con profesionalidad, vocación y sacrificio. Mientras tanto, desde el ámbito estatal, una política más pendiente del gesto, del titular y del encuadre de la foto que de reforzar, de una vez por todas, a quienes realmente mantienen el país en pie.

No se trata de ideología, sino de coherencia. No se puede gobernar desde el discurso mientras se debilitan, año tras año, las estructuras que hacen posible la respuesta ante una tragedia. No se puede hablar de compromiso institucional mientras se castiga fiscalmente a los ciudadanos, se abandonan inversiones clave en seguridad e infraestructuras y se toleran prácticas que han convertido esas mismas infraestructuras en escenarios de corrupción y mordidas. Y no se puede reclamar respeto cuando se utiliza el dolor como escenario político.

La política, en momentos así, debería ser operatividad, coordinación y respeto absoluto por quienes están trabajando. Todo lo demás sobra. Y cuando se confunde presencia con liderazgo, el resultado es una política vacía, desconectada de la realidad y ajena a las verdaderas necesidades del país.

Con el tiempo, la emoción se disipa y queda el análisis. Y el análisis es claro: no todas las respuestas son iguales, no todos los dirigentes están a la altura y no todas las formas de gobernar resisten la prueba de una tragedia real. Algunos entienden que liderar es asumir, coordinar, actuar y proteger. Por el contrario, otros siguen creyendo que gobernar consiste en interpretar un papel, posar ante las cámaras y tratar la realidad como si fuera una obra de teatro. Y de eso, los ciudadanos están profundamente cansados.

La diferencia entre unos y otros es la que marca, precisamente, la vía correcta.

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