Es difícil encontrar palabras cuando la tristeza, la preocupación y la impotencia se mezclan. La borrasca Leonardo ha dejado en Jerez y en toda la provincia de Cádiz imágenes que duelen y que no se olvidan: calles anegadas, carreteras cortadas, pueblos enteros pendientes del cielo y del agua. Familias con miedo que lo han perdido casi todo.
Mi pensamiento está hoy con tantos municipios que han visto cómo el agua se llevaba parte de su tranquilidad, de su economía y, en algunos casos, de su propio pueblo. Pero no podemos quedarnos sólo en Cádiz. Es Andalucía entera la que estos días sufre, la que duele, la que parece decirnos que ya no aguanta más
La naturaleza nos está avisando. Y no lo hace con palabras suaves. Nos habla con lluvias torrenciales, con suelos saturados, con infraestructuras desbordadas y con territorios vulnerables. Nos habla del cambio climático, de una realidad que durante demasiado tiempo se ha querido minimizar o mirar de reojo. Y nos recuerda que lo verdaderamente urgente es cuidar el planeta, asumir que esto está ocurriendo y actuar en consecuencia. Ignorarlo sería una irresponsabilidad.
En estos días tan duros, no era tiempo de confrontación política ni de protagonismos y hay que valorar la unidad política y el respeto hacia las decisiones institucionales tomadas, porque lo prioritario era proteger a las personas.
Aunque no ha sido de manera visible, he estado acompañando, escuchando y disponible para arrimar el hombro. Y ahora tras la borrasca y el ruido del agua llega el silencio y con él, el trabajo incesante de mirar debajo del barro, de retirar capas de lodo y descubrir que lo que hay ahí no son solo restos materiales, sino vidas enteras golpeadas, ilusiones ahogadas, proyectos mojados y recuerdos que sostienen toda una vida.
Llega el momento del trabajo más humano y más necesario: cuidar a las personas y no dejarlas solas cuando el agua ya se ha ido. Toca estar al lado de quienes limpian barro, de quienes buscan entre muebles rotos restos de su vida, de quienes intentan recomponer su día a día. Sin lugar a dudas habrá que sentarse con calma y responsabilidad para analizar cómo está nuestra Andalucía, cómo podemos cuidarla mejor, cómo adaptarnos a un clima cambiante, cómo proteger a sus pueblos y reforzar infraestructuras y servicios públicos para que no sean siempre los más frágiles quienes paguen las consecuencias.
La tierra nos está avisando. La pregunta es si sabremos escucharla y actuar antes de que el próximo aviso sea aún más duro. Es el momento de demostrar que otra forma de hacer política es posible: una política que cuida, que acompaña, que protege y que pone la vida en el centro.


