Puede parecer mentira, pero hay gente que ve esos documentales que ponen en la sobremesa, aquellos que son utilizados por la mayoría de las personas para dormir la siesta. El otro día estaban dando uno sobre la vida de las hormigas, esos pequeños y trabajadores insectos que son los que realmente dominan, por numerosos, el planeta que nos estamos cargando. Me sorprendió el hecho de su organización en sí y la manera en la que surge la vida en medio de la nada. Y es que para los humanos que observamos, los hormigueros son eso a simple vista: un agujero en el suelo del que no paran de entrar y salir esos incansables seres de seis patas.

Es en el centro de la nada y la vergüenza más absoluta donde una peña flamenca está haciendo temblar los cimientos de la inactividad y la desidia. La plaza Belén para unos, la Ciudad del Flamenco para la mayoría, es el lugar donde un grupo de personas comprometidas y sensibles están obrando el milagro de la cultura y la dinamización cultural en la zona cero del centro histórico. Es curioso cómo el inconsciente colectivo puede jugar malas pasadas: muchos se refieren a la plaza Belén como la Ciudad del Flamenco, al igual que ocurre en Cádiz con la plaza Asdrúbal y la de toros. Pero mientras unos hacen mención a algo que existió y vieron, aquí evocamos algo que nunca hemos tenido, un boquete en el que se enterraron millones de euros y las esperanzas de recuperación de todo un barrio. No obstante, solemos pasar por alto lo más evidente: ciertamente la Ciudad del Flamenco existe y está en el lugar que se designó para ello, en un edificio que hace sólo dos años estaba abandonado y saqueado. Hoy, por suerte para todos, se encuentra gestionado, y de qué forma, por personas a las que, doliéndole el panorama que tienen que presenciar cada vez que abren la puerta, no se les pasa por la cabeza abandonar ni el lugar ni el barrio en el que ejercen su actividad, una circunstancia que en ningún caso sucederá por más delegados irresponsables y asesoruchos de chichinabo que lo pretendan.

Como las hormigas obreras, trabajan desinteresadamente para favorecer a nuestra hormiga reina particular, que no es otra que la recuperación del centro histórico, y todo lo invierten en actividades y en apoyar a las entidades de la zona que los requieran para cualquier cuestión. Es una tarea ardua, difícil y fatigosa, como el propio flamenco que exportan desde su sede a todo Jerez. Pero no están solos, en poco tiempo han sabido ganarse el afecto de todo un barrio necesitado de este tipo de iniciativas, un barrio que también está concienciado con su propio resurgir y que sabe que el camino es más soportable si lo andamos unidos. Como dijo Homero, padre de la poesía épica griega y universal, “llevadera es la labor cuando muchos comparten la fatiga”. Si quieren saber lo que es el compromiso y la dedicación, hablen con Nico Sosa, su presidente, o con Manolo Méndez, su tesorero. Si quieren conocer lo que es el trabajo desinteresado y la entrega a los demás, departan un poco con Emilio Acosa o Manuel Porrúa. Si desean, al fin, conocer a buena gente de verdad, disfrutar del mejor flamenco, con diferencia, de la ciudad y saber lo que es una entidad volcada con su barrio, vengan a la Ciudad del Flamenco, la verdadera, la genuina. Y es que en medio de la desolación más grande, donde nadie lo podía imaginar, surge una potente luz esperanzadora, la que emana de los corazones de la gente buena, La Buena Gente, que habita la vieja Nave del Aceite.

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