Ilustración de Emilio Castro.
Ilustración de Emilio Castro.

Un avión atestado de periodistas, en el que viajábamos mi compañero Pepe Bejarano y yo, despegó de la ciudad de Nouadibú, al norte de Mauritania, rumbo a Gran Canaria. A mitad de camino, un orondo camionero canario, que se había sentado justo delante, me dijo, señalando con el dedo hacia la ventanilla: ¡Dajla! Miré y allí estaba la península de Río de Oro y la ciudad que antaño se llamó Villa Cisneros. Era tal y como me la había descrito mi padre, con un largo puente que se adentra en la bahía hasta llegar al puerto.

Cuando era joven, entre 1957 y 58, mi padre participó en la última guerra colonial del inexistente imperio español. Ifni, marcó su vida y la de toda una generación. Fue un esfuerzo inútil para mantener una bandera raída, ondeando al viento Simún, del Sahara Occidental y alimentar así, los sueños polvorientos de muchos militares cuarteleros. Hijosdalgo de viejas estirpes de adictos a pronunciamientos, gestas heroicas y asonadas militares. La bandera se mantuvo firme, gracias a la sangre y el sudor de muchachos de familias pobres, que no sabían qué hacían allí y mucho menos por qué luchaban.

Cincuenta años más tarde y cincuenta mil discursos después, el presidente del gobierno, le ha dado una patada a la historia y ha reconocido la ley de la selva. Dejamos definitivamente al minúsculo pueblo saharaui, pequeño sobre todo en lo económico, en situación de desamparo para siempre. Ni siquiera les reconocemos que un día tuvieron D.N.I. para que puedan adquirir la nacionalidad española por la vía rápida, si así lo desean; un derecho que sí asiste a los hijos y nietos de españoles de Latinoamérica y a los sefardíes.

No tiene sentido que Pedro Sánchez, admita la solución marroquí del conflicto, a cambio de nada. No me creo que se le reconozca a Mohamed VI, lo que se le condena a Putin, sin que haya prebendas de por medio, más allá del terrorismo y la inmigración ilegal. Más allá de la “integridad territorial” que por cierto, no sabía que estuviese en juego. Todo es más raro que un perro color verde aceituna. Argelia afirma haberse enterado del cambio de actitud por la prensa, mientras que el ministro de exteriores dice en privado, que sí lo sabían. En público no dice nada de nada.

¿Y el gas?

¿Podría tener algo que ver en todo esto? ¿Y si han llegado a un acuerdo bajo cuerda, a un tratado sin tratarse con un no rotundo, que sea un sí de tapadillo, en un documento inexistente?

Desde que Argelia decidió cerrar el grifo del gas, España perdió la parte del suministro que pasaba por el Estrecho. Necesitamos el fluido incoloro, para consumo propio e incluso para revenderle al resto de Europa. Marruecos también lo necesita para sus centrales, así como el jugoso peaje que cobraba por el derecho de paso por su territorio.

 Pese al cierre del gasoducto, Argelia vende mucho gas, a España a través de Almería y a Italia, a través de Sicilia y Cerdeña. Pero ahora se le presenta la gran oportunidad de ponerse las botas. Puede seguir enfadado con Marruecos, pero podría abrir de nuevo el tubo para forrarse. “No es personal, solo negocios”.

Mohamed VI, contenta a sus súbditos con la victoria imperial por la fuerza de los hechos consumados. Se quedará para siempre en el Sahara, en el precio estaría incluido no crear problemas con el gas argelino. Por otro lado Vladimir I, podría recuperar su imperio, si Europa no encuentra una fuente energética alternativa. No parece que haya más opciones. Mientras, el águila calva estadounidense, lo vigila todo desde arriba y presiona a sus vasallos, en este inmenso juego del Monopoly que es el mundo. Argelia, tras hacer un paripé de enfado con España, ganaría mucho más dinero abriendo la llave de paso del tubo. Estados Unidos, mantendría su poder además de (nos ha fastidiado), ganar mucho dinero vendiendo su gas licuado ¡Dinero, dinero, dinero! A esto de capar al cochino para que engorde, le llamamos pragmatismo, que queda más fino. Aquí solo sale perdiendo el pueblo saharaui.

De niño, mi padre me hablaba de los hombres azules, de la pesca en Río de Oro, de las impresionantes puestas de Sol, de las largas caminatas por paisajes alucinantes. Estas tierras de luz rojiza, son el hogar del pueblo saharaui. Los abandonamos a su suerte hace cincuenta años. Ahora le quitamos la razón histórica, justificamos su éxodo y consolidamos su exilio.

España tuvo una colonia en África, ahora tiene un tubo por el que podría llegar dinero gasificado a cambio de la libertad del pueblo saharaui.



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