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Los vecinos se reencuentran, las calles se llenan de vida y el barrio revive durante día y medio gracias a la jornada de uso del espacio público organizada por la asociación cultural El Arrabal de San Miguel. Una iniciativa popular ajena a los políticos. ¿O no?

El éxodo de la década de los 90 fue tremendo en San Miguel. La depresión que vivió la ciudad, con la reconversión bodeguera, y la salvaje irrupción de la heroína hicieron polvo el barrio, llevándose consigo todo rastro de sonrisa en sus calles. De unos 8.000 vecinos y vecinas censados se ha pasado a no llegar hoy en día a los 3.000, un 62% menos de sangre en las calles y plazas. Así lo asegura Rafael García, histórico dirigente vecinal de San Miguel. “La gente se fue a vivir a las nuevas barriadas; hace 20 años había cerca de 8.000 personas viviendo y en 15 o 20 años se ha quedado si acaso en 3.000; y en su mayoría son personas mayores”. El envejecimiento de los resistentes provocó un apagón aún más prolongado en una zona de gran valor patrimonial, donde lo mismo se topa uno ante la casa donde nació Lola que ante el convento de clausura de las clarisas en la calle Barja y la ermita marinera de San Telmo. 

No es mediodía pero ya hay ambiente. Trajes de flamenca con vistosos lunares cuelgan de algunos naranjos. Guirnaldas hechas con botellas de plástico y papel de revista engalanan el cielo de las calles. El Domador de Medusas aporta la banda sonora a la escena. El arqueólogo e historiador Diego Bejarano ofrece explicaciones a un grupo de interesados acerca de la historia del imponente templo que está a su espalda, monumento histórico-artístico nacional desde 1931. Los tenderetes del mercadillo están ya montados y en la plaza hay un pequeño taller de máscaras. Vecinos, organización y curiosos no paran. Cada uno aportando a su manera a la primera jornada de uso del espacio público organizada por la asociación cultural El Arrabal de San Miguel. Ni rastro de políticos. Al menos no de políticos que hayan venido para hacerse la foto y largarse. La concejal y diputada Kika González rompe a sudar; corretea junto a un grupo de pequeños, entre ellos su hija, en una gymkhana que recorre las calles del barrio. Aquí hemos venido a jugar.
Como Rosa Montilla, del Corral de San Antón. A sus 90 años –al filo de los 91, matiza su hija, también Rosa-, ha decidido armarse de valor y apuntarse a la fiesta. Aunque solo haya sido para respirar una vez más la alegría que otrora desprendían las calles y recovecos de su barrio. Rosa ha roto esa barrera psicológica que le impide apenas salir a la calle desde hace años. Ha hecho una excepción y en la apacible noche de un viernes de finales de septiembre se ha unido a anfitriones e invitados en torno a una proyección de los cortometrajes del cineasta jerezano Juan Miguel del Castillo. Cine de veranillo de San Miguel en el corral entre Santa Clara y Pollo.

“Lo pasé muy bien, me harté de reír, pero ya a las nueve y veinte o por ahí estaba muy mareada porque no estoy acostumbrada a salir, y ya le dije a mi nuera que me metiera para dentro”, nos confiesa en el salón de su casa. Junto a su marido Joaquín Perea, se ha pasado la vida haciendo felices a los niños con sus dulces y chucherías. Y hace mucho que no se veían niños en las calles de este viejo arrabal de extramuros con casi siete siglos de historias de vida. “El barrio de San Miguel es lo más bonito que hay, pero está muerto, aquí no hay nada, ni niños en la calle”, lamenta María Walfar, la conocida panadera del barrio, dueña desde hace medio siglo del horno de Santa Clara. “Ya no voy al despacho pero el mostrador es lo que me gusta”. Sentada en un banco de la plaza junto a su marido, ha visto el declive del barrio y la larga travesía en el desierto recorrida, por lo que no esconde su pesimismo. “Se fue mucha gente, las casas de vecinos se han perdido. Debían de hacer cosas, veo bonito que hagan algo, que se conozca el barrio, que es precioso, pero está muerto. A ver si es verdad que mueven algo desde el Ayuntamiento”, exige.

Rafael, que se mantuvo 22 años como presidente de la asociación y que ahora sigue "más liado que antes”, tiene la alegría pintada en la cara. “Mira lo que consiguieron las criaturas anoche en el Corral…”, y nos enseña el móvil con la calle llena de público frente a la pantalla de cine. “Es una buena iniciativa de los chavalotes, yo estoy muy orgulloso. Esto puede ir a más. Todo lo que sea la mejora del barrio es estupendo”. Para el veterano dirigente vecinal, que ha visto lo mejor y lo peor en los ramales de San Miguel, “esto ha ido mejorando pero hay mucho que hacer todavía. Ya se sabe que en los cascos antiguos hay muchas casas que rehabilitar y el problema es que hace falta mucho dinero. Aquí deberían ponerse de acuerdo el Gobierno, la Junta, el Ayuntamiento… para recuperar todo el centro”. 
El trío de La Pompa Jonda toca, sentado en unas sillitas del antiguo colegio Santa Clara, una versión más acústica del Somebody that i used to know (Alguien que yo conocía) de Gotye. Y allí parecen conocerse todos. O reconocerse. O reencontrarse pisando las calles nuevamente. El barrio empieza a cerrar cicatrices. Pero quedan las secuelas de aquella década del derrumbe. Es difícil desapasionarse del sitio donde se crió uno, de un sitio que se recuerda con nostalgia y terror. Donde se jugaba a los bolindres mientras corría el caballo en los chutaderos de la calle Empedrada o de la plaza de los Muertos. Pero lo que eres, tira. "El otro día me vino uno que había vuelto al barrio después de 40 años fuera, al final esto tira", asegura Rafael antes de emprender calle Barja arriba.

Vuesto recuerdo, nuestra historia es el título que el colectivo formado por unas 40 personas ha dado en poner a la exposición de fotografía retro del barrio. Fotos hasta de finales del siglo XIX rebuscadas en archivos, ministerios y cajones de cómodas. En las lanzas del vallado de la iglesia cuelgan "la Virtudes, la mujer de Juan Carrasco de la calle Zarza...". Pero también pueden andar por ahí el abuelo Viruta o Ana la de los huevos. "A esas personas son a las que hay que rendir homenajes, por la importancia fundamental que tienen en nuestra historia. No son solo recuerdos, son historia, nuestra identidad se basa en ellos", asegura José Luis Fuentes, el alma máter de la iniciativa que insiste en despersonalizar. "Si todo el proceso no hubiese sido colectivo y con iniciativa popular esto habría sido imposible. Hay que despersonalizar las iniciativas". Los políticos no se han enterado. Casi mejor. 

"Las pompas os tienen miedo... Hay que soplar hacia arriba", vocifera Andrés Cócola a un grupo de pequeños. Argentino, lleva en Jerez 24 años, casi todos viviendo en el barrio. Es otro de los participantes activos de la jornada. "Ha sido un proceso muy largo, ocho meses desde las primeras reuniones, y la verdad es que movilizar a todo el barrio en tan poco tiempo hace que esto haya sido un éxito". "La intención es demostrar que se puede utilizar el espacio público de otra manera, que los vecinos tengan el barrio como sitio de relación, como lo sentían antes. Han valorado muy positivamente que saquemos a la gente a la calle, sobre todo a los niños, aquí hay muchos niños que entre ellos no se conocen", concluye a punto de crear otra enorme burbuja. 

Han tardado ocho meses en dar forma a la iniciativa, en hablar y recabar información entre los vecinos, han tardado tres meses en conseguir el permiso del Ayuntamiento, que hasta la última semana no dio luz verde para los cortes de calles y el uso de la vía pública, y han tenido que preparar las jornadas y limpiar luego los restos de la fiesta en este patio común. Ha sido una experiencia dura. Pero han logrado que los niños corran por las calles y plazas cazando burbujas o metiendo la cara en harina en busca de un huevo Kinder. Y que un barrio histórico respire vida y regale sonrisas un día y medio después de años oliendo a muerto.

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