Con las manos llenas de Tierra Viva: ‘pokeballs’ y cuencos de cerámica para desconectar en Jerez

Heyssel Solano crea, manipula, tornea o esmalta joyas, cazoletas de cachimbas y piezas desde su taller en el centro histórico donde organiza cursos de alfarería y da rienda suelta a la creatividad desde hace 6 años

Heyssel Solano en el taller de la calle Carpintería Baja en Jerez, con las manos llenas de "tierra viva" para desconectar.
Heyssel Solano en el taller de la calle Carpintería Baja en Jerez, con las manos llenas de "tierra viva" para desconectar. MANU GARCÍA

En la calle jerezana más famosa de TikTok no solo se encuentran a influencers haciéndose selfies. Hay un espacio dedicado a la artesanía donde dejarse llevar por la quietud del casco histórico. El número 10 de Carpintería baja esconde un taller de alfarería en el que se mima al barro desde hace 6 años. Fluye la creatividad entre tornos y hornos gracias a la iniciativa de una madrileña enamorada de la cerámica, Tierra Viva que pasa por sus manos. A Heyssel Solano, de 37 años, le encanta manipular, crear y disfrutar del proceso.

Aunque estudió magisterio y psicopedagogía, quedó prendada de los encantos de la cerámica en el centro de restauración de Albaicín, en Granada. “Mi mundo se fue hacia ella”, comenta desde el interior del local donde en 2015 inició junto a su pareja un nuevo proyecto. Se mudó de El Gastor —donde vivía por entonces— al casco antiguo de Jerez y comenzó a montar un almacén. “Cuando vine me di cuenta de que no había ningún lugar que suministrase material para otras ceramistas, entonces lo propuse para que no tuvieran que ir a Sevilla, el lugar más cercano”, recuerda Heyssel que, desde entonces, además de vender barro, esmaltes o herramientas a las escuelas de arte de Cádiz y Jerez, dio vida al taller.

Piezas de cerámica en Tierra Viva.
Piezas de cerámica en Tierra Viva.   MANU GARCÍA

Entre materiales y cubos, la artesana fabrica joyería cerámica, esmaltada con la técnica japonesa Rakú, que luego vende en la plaza San Juan de Dios de Cádiz bajo la marca Qú Ceramic. Complementos que se unen a las cazoletas para cachimbas. “No las conocía, pero la comunidad de cachimberos nos las pidieron y la llevamos unas 6.000”, explica señalando una hilera de modelos que llenan de color las estanterías.

“Llevamos hechas unas 6.000 cazoletas de cachimbas”

Inquieta, siempre inventando trabajos paralelos, Heyssel no se quedó con los brazos cruzados cuando la pandemia tumbó la venta al público. “Mi pareja y yo nos dedicamos a lo mismo y nos quedamos sin trabajo”, dice. Así, se lanzaron a organizar talleres para personas interesadas en este tipo de técnica. Tenían el espacio, el conocimiento y la maquinaria para dar clases. La idea no les fue nada mal. “Estoy feliz porque yo vivo de la cerámica, poder trabajar en algo que te gusta es el top”, expresa con una sonrisa dibujada en la cara y “maravillada” por la aceptación que han tenido los cursos.

La artesana muestra una tetera.
La artesana muestra una tetera.   MANU GARCÍA

En la sala seis mujeres valoran el trabajo que conlleva elaborar una taza. Experimentan con sus propias manos cómo una simple pella de barro se transforma en una tetera a base de paciencia. “Creo que la cerámica está en auge”, comenta la artesana al mismo tiempo que sus alumnas —cada una a su ritmo— , esmaltan y tornean sus cuencos.  

“Trabajar con las manos es una sensación muy agradable”

Es momento de relajarse, pasar un buen rato y compartir sensaciones con los dedos manchados. Juana centra la pella en el torno para que la pieza sea uniforme. “Requiere mucha práctica”, sonríe la jerezana, estudiante de psicología por la UNED, que empezó a ir al taller con su hija Marta. Según cuenta a lavozdelsur.es, “ella tenía muchas ganas de trabajar el barro y yo también así que le regalé el curso por su cumpleaños y a mi misma, es un tiempo que compartimos juntas”.

Juana centrando la pella en el torno.
Juana centrando la pella en el torno.   MANU GARCÍA
La jerezana concentrada en su pieza.
La jerezana concentrada en su pieza.   MANU GARCÍA
Un momento del curso de cerámica.
Un momento del curso de cerámica.  MANU GARCÍA

Al otro lado del taller, Marta regula la velocidad del torno. Cuando no está grabando, pilotando un dron o editando un vídeo -estudió audiovisuales- se acerca al taller de Heyssel “para desconectar, un ratito para mí”. Madre e hija disfrutan de esta afición que les aporta tranquilidad. Para ellas, “trabajar con las manos es una sensación muy agradable” e incluso quieren montar un pequeño taller en su casa para seguir practicando.

La cerámica engancha, no es aliada de las prisas y combate el apego. Tras un mes -tiempo estimado que pasa desde que se empieza a crear la pieza hasta que se termina-, a veces toca desprenderse de ella. “Se trabaja mucho el desapego, puede ser que cuando mande esta tetera por correo se rompa el asa”, comenta Haeyssel que acompaña a las mujeres en la frustración cuando no sale como esperaban y en la alegría al ver sus creaciones salir del horno.

Marta y Heyssel trabajando en el torno.
Marta y Heyssel trabajando en el torno.   MANU GARCÍA
Manipulación del barro en el torno.
Manipulación del barro en el torno.   MANU GARCÍA

“Parece más intuitivo de lo que es, pero es mucha técnica”, señala la ceramista que ayuda a las asistentes no solo con consejos prácticos. Lleva 3 años participando en círculos de mujeres con la asociación Sembradoras de Salud y todo lo que recibe intenta transmitirlo. “Somos creativas y a veces el día a día nos merma esa creatividad”, añade.

En total, a los talleres se asoman unas 20 personas de Cádiz, Arcos o Chiclana que primero tornean las piezas, las dejan secar, retornean, vuelven a dejarlas secar, las introducen en el horno donde se convierten en bizcochadas, las esmaltan y, finalmente, las devuelven al horno. Estos pasos que se leen en tres líneas requieren horas y horas de espera— y a veces se rompen o se les cae el esmalte. Todo puede pasar y hasta el último paso no se sabe con certeza si la pieza está lista. Una dedicación que aporta un valor añadido. “Cuando la gente lo experimenta, entiende que un cacharro en una feria cueste 30 euros”, dice Heyssel, fie defensora de las obras hechas artesanalmente, sin moldes industriales.

Marta y Juana durante la entrevista.
Marta y Juana cuentan sus sensaciones.   MANU GARCÍA
Caja con las creaciones de los pequeños.
Caja con las creaciones de los pequeños.   MANU GARCÍA

Tierra Viva, como su nombre indica, está más viva que nunca. Además de los talleres para adultos organiza clases para los más pequeños. La madrileña saca una caja en la que guarda una pokeball y un plato de galletas de barro. Según explica, intenta “no dirigir absolutamente nada, no hago propuestas”, de forma que los niños y niñas manipulan los barros de distintas texturas y colores a su antojo, sin presión.

A su vez, ofrece cursos monográficos con ceramistas de la provincia de Cádiz dedicados a los esmaltes a baja temperatura o a la cuerda seca. Desde el taller, no cesaran en su empeño con el fin de que “en la provincia también haya más ganas de trabajar la cerámica”.

Sobre el autor:

Patricia Merello

Titulada en Doble Grado en Periodismo y Comunicación audiovisual por la Universidad de Sevilla y máster en Periodismo Multimedia por la Universidad Complutense de Madrid. Mis primeras idas y venidas a la redacción comenzaron como becaria en el Diario de Cádiz. En Sevilla, fui redactora de la revista digital de la Fundación Audiovisual de Andalucía y en el blog de la ONGD Tetoca Actuar, mientras que en Madrid aprendí en el departamento de televisión de la Agencia EFE. Al regresar, hice piezas para Onda Cádiz, estuve en la Agencia EFE de Sevilla y elaboré algún que otro informativo en Radio Puerto. He publicado el libro de investigación 'La huella del esperanto en los medios periodísticos', tema que también he plasmado en una revista académica, en un reportaje multimedia y en un blog. 

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