Muy cerca del mar, rodeado de caminos rurales entre Conil y Vejer, existe un lugar que promete “una experiencia para los sentidos”. Así lo dice un cartel con una flecha que señala a unas 24 hectáreas de viñas y olivos. Son los cultivos milenarios de Sancha Pérez, un proyecto agroalimentario que se lleva a cabo en la finca de Ramón Iglesias, terreno de herencia familiar ubicado en una zona histórica de vinos blancos y tintos -hasta que la filoxera forzó su desaparición en el siglo XIX.
Este conileño de 78 años es el alma máter de esta iniciativa que apuesta por la producción ecológica a través de una bodega y una almazara. Sus 2.000 cepas se transforman en vino 100% de tintilla y sus 2500 olivos generan aceitunas arbequina y picual que se convierten en aceite. Ramón recupera las variedades tintas y los olivos tras un paréntesis de 200 años. “Es una forma de cultivo que estaba perdido”, dice entre árboles frutales.
Decidió emprender cuando se jubiló, hace 18 años, tras estar toda su vida ejerciendo como ingeniero industrial, faceta que asegura que le ha ayudado mucho en esta aventura. El conileño tenía ganas de montar algo que tuviera sentido y que aportara su granito de arena. “A mí me hace mucha ilusión recuperar los dos cultivos más significativos de Andalucía y que existieron en la antigüedad, que son la viña y el olivo”, comenta a lavozdelsur.es.

No solo quería rescatarlos sino también impulsar algo distinto a la oferta turística de sol y playa. Poco a poco, fue implantando una opción de turismo gastronómico y cultural que pone en valor el entorno y, sobre todo, la producción ecológica que siempre ha llevado por bandera. “Me puse a cultivar desde cero y como lo hacían nuestros abuelos. Transformando, comercializando e intentando fomentar el consumo de cercanías porque el mayor elemento de contaminación es el transporte”, explica el conileño, que, además de vino y aceite, se ha atrevido con las mermeladas y el vinagre.
Según el Informe Anual 2025 de Ecovalia, mientras que las familias de Suiza y Dinamarca se gastan alrededor de 400 euros en productos ecológicos per cápita y año, en Andalucía la cifra está en 60 euros. Ramón es una de esas personas que promueven este tipo de consumo a través de Sancha Pérez, proyecto con el que sentó las bases al ser la primera industria agraria de la comarca de La Janda en 2008.
“Entonces, lo ecológico no estaba tan asentado como ahora pero ya apuntaba. No había nada, de transformación de pescado sí hay muchas, pero nadie transformaba los productos agrarios”, comenta este ingeniero que está convencido de que cualquier idea, incluso la más simple, si la ejecutas con cierta creatividad, puede dar otro producto.

“Me motiva ayudar al cambio de modelo productivo. No puede ser que todo el mundo monte aquí hoteles, restaurantes y tiendas de souvenirs para turistas. Hay que hacer algo diferente”, expresa mientras pasea por el olivar.
A unos metros, una pareja de turistas degustan una copa de vino al sol. Según explica Ramón, la mayoría de visitantes son alemanes y norteuropeos, un perfil que “aprecia muchísimo los temas de salud y medio ambiente”.
La mezcla de almazara, bodega y finca resulta un atractivo singular para quienes buscan sentir la naturaleza y valorar a la madre tierra. A este conileño le encanta respirar el aire puro junto a un olivo con 500 años de vida o numerosas zullas, leguminosas de la costa de Cádiz que “no existían antes aquí”.


Sancha Pérez no solo produce sino que enriquece al patrimonio paisajístico del entorno e incrementa la diversidad y complejidad del ecosistema incorporando numerosas plantas y vegetación autóctona como lavanda, mirto o romero. Algo que favorece el medio ambiente al almacenar carbono, funcionando como sumideros de CO2 y contribuyendo a la mitigación del cambio climático.
“Aquí no echamos ningún producto químico, por tanto, si no hay biodiversidad, es difícil que funcione”, explica el conileño, que destaca la importancia de la fauna auxiliar. “Una mariquita se come cinco mil pulgones al año”, dice.


Sancha Pérez también ha servido de inspiración para otras personas que comparten su misma filosofía. Ya hay cuatro propuestas de bodegas en marcha cuyos impulsores han aprendido con él. “Al principio todo el mundo pensó que esto era muy descabellado pero una de las cosas que yo estoy satisfecho es que a partir de estar yo aquí se ha creado una sinergia impresionante. Estoy ayudando a cambiar el paisaje de la comarca, a la diversificación de los cultivos, porque la gente, cada vez está poniendo más olivos”, sostiene.
Vocación de divulgación
Más allá de la producción o la venta, lo que más motiva a Ramón es la divulgación. Con mucho gusto explica todos los secretos de de la producción artesanal y ecológica del vino y del aceite. Cuenta esa vieja historia olvidada que existía en el enclave e incluso escribe libros sobre el tema. Su amor por transmitir el conocimiento se nota en la cantidad de carteles informativos que se encuentran repartidos por los cultivos. Hasta cuenta con un museo del olivo al aire libre.


“Esto es más que una industria, es un centro de formación, de ocio y de divulgación. No es un negocio, es un elemento de instrumentación del cambio del modelo productivo”, explica el ingeniero, que también organiza actividades como catas o visitas de centros educativos. Todo por difundir esta forma de producir más beneficiosa y respetuosa.
Para él, cultivar en ecológico no es una moda ni una cuestión ideológica, es la respuesta a una agricultura con químicos. Por eso, pone en práctica técnicas como la cubierta vegetal, que ha permitido que sus olivos y cepas no hayan sufrido daños por los últimos temporales.
“Evita la erosión y no se mueve ni un gramo de tierra, no la arrastra, la hierba la retiene”, explica con las botas manchadas. Después se dirige a la bodega, donde reposan los vinos que los visitantes se llevan a casa. Una bebida que emerge de variedades olvidadas que alguna vez probaron personalidades del siglo XVIII. En sus manos, sujeta una botella de tinto, el mismo que el Marqués de la Ensenada, político ilustrado español, tomó en su visita al Duque de Medina Sidonia allá por el año 1752.


