Un edificio que parece recién pintado de blanco reluce en la calle Valdés de El Puerto. Justo al lado, dos bloques con las fachadas repletas de grietas pidiendo a gritos una rehabilitación. Y seguidamente, otro inmueble sin un rasguño junto a sus ventanas. La barriada 18 de julio está aislada. Un contraste que se ve a simple vista y que indica que está abandonada desde hace años. “Este bloque tiene 14 años y lo han reparado tres veces, lo han dejado muy bonito. Pero aquí no se ha hecho nada”, comenta Manuel Botella, uno de los vecinos de este barrio humilde que se construyó a principios de los noventa.
Los bloques, con 80 viviendas propiedad de la Junta de Andalucía, se erigieron en el terreno donde antaño se divisaban casitas bajas que ya se conocían como “el 18 de julio”. Desde entonces, las comunidades de propietarios se encargan de solventar las deficiencias que se van encontrando. Un mantenimiento para el que las modestas cuotas de estas familias no son suficientes. Desde pintar las paredes hasta comprar focos de luz para alumbrar los patios.


“Aquí había farolas, pero ya no hay, esto era una calle, hicieron esos pisos, pusieron un muro, quitaron los bancos y cortaron la luz”, comenta Manuel mientras recorre los patios, llenos de fisuras, hierros oxidados y huecos. Es evidente que después de más de tres décadas, la zona necesita trabajos de mejoras. Pero más allá del estado de los edificios, lo que verdaderamente preocupa a los vecinos es la insalubridad.
Bajo sus pies, existen sótanos totalmente anegados. Cámaras sanitarias con aguas residuales estancadas que provocan malos olores y la proliferación de mosquitos. Llevan 35 años soportando esta situación que parece no tener fin.
Manuel explica que las familias han colocado chapas, cajas, piedras, mallas y hasta poliuretano en los respiraderos. El portuense abre uno de ellos y, automáticamente, salen al exterior numerosos mosquitos. A unos metros, otro respiradero, a pesar de estar tapado con cemento, también presenta estos insectos que acaban colándose en las casas y en las terrazas de los bares más cercanos.


“Yo creo que hay una arqueta rota en una pocetilla y por eso entra el agua y se queda ahí estancada. No la arreglan. Mira como está todo esto”, sostiene Manuel. Los bajos de la barriada, donde estaba proyectada la construcción de un aparcamiento subterráneo, contienen basura y aguas fecales. Un lugar propicio para la crianza de estos insectos que perturban el sueño con sus zumbidos y causan picaduras. “Ahí adentro hay de todo”, dice Nati señalando uno de los respiraderos. En su rostro se percibe una mueca de asco. “Los mosquitos son aviones. Aquí no hay nadie que pueda vivir bien. Esto es un desastre, no es normal cómo vivimos”, expresa mientras mata un mosquito con las palmas de sus manos.
Después, se dirige a una escalera de acceso desde la calle Valdés. “Aquí se han caído ya cuatro mujeres mayores y ha tenido que venir hasta la ambulancia para atenderla. Una de ellas se dejó la dentadura. Esto es pisar, y caer”, manifiesta esta vecina que lleva cinco años en la barriada, sufriendo estos problemas.
Nati lamenta las condiciones en las que viven en esta barriada donde asegura que hay más de 70 niños y niñas. “Ese charco viene de abajo. Todo esto es un peligro también para ellos”, suspira. Por delante de los respiraderos pasan dos mujeres que no pueden evitar alzar la voz. “Esto es una peste. Y en verano, una cosa mala. Cuando entra una brisita de viento, llega un olor de abajo…”, comenta María José, vecina histórica, de las primeras que llegó a la zona.


En más de 30 años, ni ella ni su hija Carmen, con la que vive, han visto avances en los arreglos de los sótanos ni de los edificios. Los mosquitos campan a sus anchas. “Yo tengo mosquiteras en todas las ventanas de mi casa, en la cocina, en el salón. Y no me sirve de nada porque cuando abro la puerta, entran a manadas”, comenta la portuense, que también asegura que ve ratas con frecuencia.
“Las veo en mi patinillo y subiendo las escaleras. Han llegado a mi casa. Aquí las ratas son unas vecinas más”, dice. Tanto estos roedores como los insectos son potenciales transmisores de enfermedades.
Movilización vecinal
Durante estos años, los vecinos han movido cielo y tierra en busca de una solución. Cuentan que se han comunicado sus demandas a las autoridades competentes en numerosas ocasiones. “Estamos hartos de denunciarlo. Hemos traído a las cámaras de televisión, a los alcaldes y no hay forma. Aquí ha venido de todo y aquí no hacen nada. Cuando estemos todos ya caídos en el sótano va a ser cuando vengan”, señalan.


Piden el arreglo de los bajantes “para que cuando se tire el agua, vaya a donde tiene que ir y no se acumule ahí”.
Actuaciones desde el Ayuntamiento
Desde Apemsa, empresa municipal de la gestión del agua, en ocasiones se han realizado trabajos para desalojar el agua estancada por motivos de higiene.
En 2021, el Ayuntamiento acometió la mejora de la red de abastecimiento de la zona reponiendo un total de 1.500 metros cuadrados de acerado y 1.200 metros lineales de bordillos. Concretamente, en las calles Varilargueros, Atalaya, Carlos Puerto y Gallardos, Revolera y Gaonera. Según explicó, contaban con una red de abastecimiento antigua donde había conducciones de fibrocemento, de pequeño diámetro, que solían ser un foco de avería constante.
Sin embargo, esto no solventó el problema de los sótanos, que siguen causando molestias. “Pedimos que, al menos que ahora la Junta y el Ayuntamiento son del mismo color, se coordinen y hagan su trabajo”, añaden los vecinos, que siguen luchando por unas condiciones de vida dignas.
Este medio ha intentado recabar información sobre el futuro de barrio tanto de la Junta de Andalucía como del Ayuntamiento de El Puerto, sin éxito.


