“Todo esto era fango y aquí había una carretera”, dice José Manuel Botella López, sentado en la terraza del bar Liba Ceballos. Este vecino de El Puerto se remonta a una época en la que la Bajamar, donde se crió, estaba repleta de barcos y pescadores. Tiempo glorioso en el que él, como numerosas familias, vivió del mar. Pero la historia de este portuense no es una más.
El mar le dio alegrías, pero también penas que, a sus 78 años, recuerda una mañana soleada frente al paisaje que tantas veces ha mirado. Su vida está marcada por navegaciones, naufragios y casi una década en prisión. “No sé cuántos millones de palos me han dado ya y estoy vivo”, comenta Manuel, que, desde muy joven, ya fabricaba sus propios artilugios de pesca.
En los sesenta, con 12 años, consiguió un permiso y un patrón se hizo cargo de él a pesar de no cumplir con los 14 años reglamentarios. Se embarcó por primera vez como grumete en El Cristo del sudor, que faenaba en Marruecos, y, desde entonces, fue “subiendo de peldaño”. “Yo era espabilado, me gustaba y estuve en la bodega, de contramaestre, de marinero, de redero, hasta que llegué al puesto más alto y acabé gobernando varios barcos”, comparte con lavozdelsur.es.

Con 19 años, se casó y se mudó de la Bajamar a la barriada de las Nieves continuando siempre en este oficio tan sacrificado. Él fue uno de los que trabajó codo con codo junto a los cientos de hombres de la costa alicantina (Calpe, Denia o Vinaroz) que forjaron lazos con sus hermanos de la Ribera portuense. Manuel se acuerda perfectamente de todos y cada uno de los barcos, en los que navegó y en los que no. “El Andrés Juan Perle, el Santa Teresa y el Dieguito, que pescaban en el Golfo de Cádiz, el José Leonor, el Pastrana Guzmán o el Mari Perle”, dice con una memoria prodigiosa.
El vecino cuenta anécdotas que le vienen a la cabeza de aquellos años y menciona con nombres y apellidos a los compañeros con los que se cruzó en su camino. Hombres de la mar que forman parte de la historia marinera portuense: Francisco Perle, Manolo Maruendas, Diego Castello, Vicente y Cristóbal Guzmán y muchos más.
En la conversación, Manuel se acuerda del Zaideo, un barco que compró en Rota o del Pedro Sena. Va saltando en el tiempo, mencionando esos días en los que pescaba en Mauritania. Sin embargo, hay vivencias que son imborrables y algunas no solo han dejado huella en sus recuerdos.
“Yo tenía 16 años cuando sufrí mi primer naufragio. En el castillo de Santa Catalina, hacía un gran temporal y nos quedamos sin máquina a las dos de la madrugada. Un hombre se ahogó; los demás, casi. Había siete que no sabían nadar, pero gracias a un arte que habíamos anudado, se agarraron todos. Por entonces no había balsas ni chalecos salvavidas”, cuenta Manuel, que guarda en su memoria el nombre del patrón, Miguel Morato, un argentino que no tuvo más remedio que pedir ayuda.


“A dos millas de nosotros estaba parado un barco de Huelva que pescaba mariscos. Pero no cogía el transmisor y entonces tiró una bengala y ahí sí, el que estaba de guardia, se dio cuenta y nos remolcó”, detalla.
Con 32 años, la vida le sorprendió con otro naufragio que le dejó importantes secuelas. Manuel se seca el ojo con un pañuelo mientras relata aquella vez que se salvó de milagro. Su ojo quedó afectado, al igual que gran parte de su cuerpo. “Me quemé el 76% de la superficie. Todo, el pelo, la cara…”, dice.
Su embarcación salió ardiendo y, de inmediato, le trasladaron a Arrecife, en Lanzarote. Pero no había medios para curarle y le llevaron en un avión militar hasta el hospital Virgen del Rocío de Sevilla, donde estuve tres meses ingresado, un mes y medio en la UCI. “Las quemaduras eran de primero y segundo grado. Son muy infecciosas y me quitaron dos capas de piel, como si fuera un cazón. Estaba todo como una momia, liado de vendas. Me metieron en un baño especial”, señala.
A pesar del duro golpe, Manuel volvió a su oficio y se volvió a embarcar. De nuevo, casi no puede contarlo. Se salvó a lo justo cuando decidió regresar a puerto al detectar fallos en la embarcación.

“El radar no funcionaba, la radio fallaba, había muchos problemas y no me fiaba. El segundo patrón se hizo cargo y encalló en una playa del sur de Marruecos. Yo acababa de llegar a puerto cuando me enteré. El cocinero del barco se ahogó”, comenta.
Para Manuel, aún no habían acabado los sobresaltos. A principios de los noventa, en el 94, un accidente le cambió la vida. Navegaba junto a dos compañeros en el Draguza frente a Larache, ciudad portuaria del noroeste de Marruecos, cuando la Policía les sorprendió. Eran conscientes de que habían salido a faenar de forma ilegal, ya no contaban con licencias, pero lo que no sabían era que iban a quedarse encarcelados en el continente vecino los próximos años. Y no por la pesca.
“Me acorralaron contra el espigón en el río Lucus y el barco encalló. Forcé el motor, pero el barco no salía y había oleaje. Empezó a pegar con las lajas y se hundió. Nos recogieron unos chavales y la patrullera nos metió en el cuartel de Larache”, recuerda.

A la mañana siguiente, la bodega cargada de pescado se había esfumado. “El comandante la había visto antes de que se hundiera, pero no sé por qué nos acusó de estar trapicheando con droga. Pensaban que llevábamos droga en vez de pescado. Nos llevaron a un cuarto lleno de paquetes y nos dijeron que era nuestro”, comenta.
Según defiende, le condenaron a la cárcel de forma injusta, por algo que él no había acometido. “Si la droga hubiera sido mía, hubiese sido millonario”, ríe. Estuvo tres días en los calabozos del cuartel y nueve años en cárceles de Marruecos, sin ver a su familia y en unas condiciones indeseables.
De Larache fue trasladado a la prisión de Tánger, donde estuvo dos años sin cama y durmiendo en el suelo. Con el objetivo de que le dejaran en libertad lo antes posible, enviaba cartas a la Fundación Ramón Rubial, que se dedica a apoyar a los presos españoles que están en el extranjero. “Le pedí a un inglés, a un italiano, a un francés, que me escribiera las cartas en todos los idiomas”, dice este hombre que, continuó cumpliendo la condena en mazmorras clandestinas “que nadie sabía dónde estaban”.

Suelo de arena, sin patio y al lado de presos peligrosos procedentes de la prisión de Kenitra. “Un día me cogieron, me metieron en un coche y me mandaron a la cárcel de Rabat, que era más grande, y allí estuve hasta que murió el rey Hassan II”, explica Manuel, que fue condenado a doce años, pero pudo salir antes. “Me quitaron un año por la gracia real”, dice.
Estuvo en Marruecos durante un periodo de represión severa caracterizado por tortura, desapariciones forzadas o suspensión de garantías democráticas que llegó a su fin con el fallecimiento de este monarca marroquí.
El portuense volvió a su tierra en 2003 tras una dura experiencia de la que también sacó rédito. “Aprendí a escribir solo, autodidacta. Me leía los libros que las familias traían a los presos en las visitas. Le pedía libros al cónsul. Había muchas palabras que no entendía. Al final se hizo una biblioteca en una celda vacía”, explica.
Con esos conocimientos, en su etapa de jubilado, Manuel se ha dedicado a escribir poemas de diferente temática, primero con la Olivetti que le prestó su hermana y, después, con el ordenador que la Junta prestaba a las familias numerosas. Porque este vecino es padre de diez hijos. “El primero me lo robaron en Cádiz, cuando todavía no se sabía que se robaban los niños. El segundo, con 17 años, se mató en una motito en la puerta de mi casa y la tercera, con 46 años, me dejó hace unos años por un infarto”, comenta este portuense que, pese a todo, no pierde el humor ni la simpatía. Con una sonrisa mira al mar.



