El hombre que cambió su vida por Doña Blanca: "Es única en el mundo"

Diego Ruiz Mata, catedrático de Prehistoria de la UCA, lleva 37 años luchando por el renacer de la Sierra de San Cristóbal con un proyecto que busca investigar y generar empleo con rutas turísticas, macroconciertos y pistas deportivas

Diego Ruiz en el enclave arqueológico de Doña Blanca.
Diego Ruiz en el enclave arqueológico de Doña Blanca. JUAN CARLOS TORO

Olvidada y sin vida agoniza ante la imponente Sierra de San Cristóbal. La ciudad fenicia más antigua de la Península Ibérica, la única intacta, que ha sobrevivido al paso del tiempo, brinda un enclave donde se respira soledad. La quietud inunda a la gran necrópolis y el puerto enterrado, tesoros escondidos, desconocidos e invisibles a ojos de los mortales. “Esto es único en el mundo”, expresa Diego Ruiz Mata mirando al horizonte.

El catedrático de Prehistoria de la Universidad de Cádiz lleva 37 años defendiendo a capa y espada la importancia de estas 300 hectáreas para la historia de Occidente. El Puerto de Santa María, lugar donde se halla el Yacimiento de Doña Blanca y un sinfín de paradas arqueológicas de gran valor, se convirtió en su hogar desde que empezó a reivindicar esta zona como un revulsivo económico para la Bahía de Cádiz.  

Yacimiento arqueológico Castillo de Doña Blanca.
Yacimiento arqueológico Castillo de Doña Blanca.  JUAN CARLOS TORO

Un proyecto ambicioso al que denomina Parque cultural, arqueológico y lúdico que lleva décadas perfilando con paciencia. “Es el más importante y completo que se ha hecho”, dice mientras revisa mapas y esquemas que recogen todos los detalles. Diego ha sido el encargado de las excavaciones de este enclave y ha estudiado con pelos y señales cada uno de sus rincones. “Soy consciente de que aquí no se han dado cuenta del valor que tiene esto, yo no sé por qué razón la cultura está al margen de los objetivos de la sociedad”, comenta el arqueólogo que está convencido de que “si esto estuviera en Inglaterra o Alemania, sería Patrimonio de la Humanidad”. Un título que ya se le intentó otorgar allá por el 2003, sin éxito. “La lucha de partidos a veces impide avanzar”, suspira.

“La cultura está al margen de los objetivos de la sociedad”

Hace décadas el sevillano descubrió a Doña Blanca y desde entonces no se ha separado de ella. En 1979 Diego realizaba su tesis doctoral en la Universidad Autónoma de Madrid donde compaginaba su beca de investigación con las clases. “Un día de mayo, al final de curso, expresé el deseo de conocer los estratos antiguos de Cádiz: -Ojalá hubiese un asentamiento cerca de la zona que reflejase como un espejo lo que Cádiz no puede darnos”. En ese momento -recuerda el investigador- alguien levantó la mano. Uno de los estudiantes, Juan Ramón Ramírez Delgado, de Cádiz, le reveló la existencia del yacimiento. “Yo francamente no lo conocía”, dice.

Al día siguiente, el joven le llevó unas fotografías y una caja de zapatos con fragmentos de cerámica fenicia del siglo VII. “Cogemos el coche y nos vamos ya”, le dijo Diego sin pensárselo dos veces. De un día para otro, se había topado con el asentamiento con el que soñaba, por entonces, inexplorado. Cuando puso sus pies en el terreno exclamó: -“Esto es una joya”. Diego quedó maravillado, engatusado por los encantos de Doña Blanca.

El catedrático delante del Castillo de Doña Blanca.
El catedrático delante del Castillo de Doña Blanca. JUAN CARLOS TORO
 

En agosto de ese mismo año el catedrático se desplazó al enclave con una veintena de estudiantes y comenzó las excavaciones, los trabajos de campo y un programa de campañas arqueológicas para desentrañar al poblado. En 1984, el concejal de Turismo de El Puerto, Miguel Marroquí Travieso, y el entonces alcalde, Fernando Gago, visitaron los trabajos de Diego. “¿Qué se puede hacer aquí?”, le preguntaron al arqueólogo, “y yo les hice un proyecto”.

Es ese plan primitivo sobre el parque, con el tiempo ampliado, el que sigue reivindicando sin descanso. El sevillano no se rinde pese al camino de obstáculos que se le han presentado todos estos años. Nadie le parará. No se le agotan las ganas de cambiar el triste destino del lugar.

“Doña Blanca me trae a El Puerto”, comenta. A finales de los 90 le ofertaron una plaza en la UCA, la aceptó y se mudó a la ciudad de los cien palacios, dejando atrás su vida en Madrid. Si estaba más cerca del enclave, tendría más posibilidades de llevarlo a cabo. Eso le dijeron, una promesa hecha añicos con el tiempo. “Era absolutamente mentira”, lamenta.

“Doña Blanca me trae a El Puerto”

En 1981 el yacimiento arqueológico había sido declarado Patrimonio histórico artístico, y en 1999, Bien de Interés Cultural. Poco a poco tomaba presencia y se hacía notar, pero el proyecto de Diego no avanzaba. “Hemos luchado vida y muerte por que fuese un parque arqueológico desde el mismo año 84, lo hemos intentado por todos los medios, pero España no es precisamente un país que se distinga por el amor a la historia, esa cualidad no la tenemos”, explica adentrándose en el enclave.

Yacimiento en El Puerto.
Yacimiento en El Puerto.  JUAN CARLOS TORO

Frente al paraje natural, el catedrático detalla los entresijos de ese proyecto. Para él, no es una quimera, es la consecución de un arduo trabajo que podría suponer para la Bahía un modo de reactivar la economía tras los palos de la pandemia. “La cultura no es solo un producto para el disfrute del conocimiento sino también es una proyección social para una zona donde no hay I+D+I, ni industria de pesca, ni campo, ni desarrollo industrial”, expone Diego, que manifiesta la vocación turística del lugar. Según sostiene, “el pasado y sus restos reviven en el presente como una fuente primordial de riqueza”.

El investigador plantea un parque cultural, arqueológico y lúdico que busca materializar a través de la Fundación de Estudios Fenicios y Mediterráneos, creada por él mismo para “resucitar a la Sierra” y “salpicar a El Puerto de historia”. Este proyecto “tiene un plus de universalidad, es la historia del comienzo de la civilización europea, en Japón, cuando se explica a los fenicios se habla de Cádiz”. Diego recuerda cuando unas jóvenes japonesas le comentaron que querían ver el yacimiento porque lo habían estudiado.

“Lo hemos intentado por todos los medios”

Él percibe el interés. Por eso, su objetivo principal es investigar, difundir y crear empleo. Según explica, cuenta con el respaldo de 10 universidades de prestigio mundial -entre las que no está la UCA- y generaría 1.500 puestos de trabajo directo, entre arqueólogos, obreros especializados, arquitectos, guías turísticos o el personal de mantenimiento y jardinería. El sevillano busca proyectar en la Sierra “turismo de calidad”. Para ello, ha realizado una lista repleta de elementos arqueológicos, culturales y lúdicos que conformarían el ansiado parque.

Diego explica su proyecto de parque cultural, arqueológico y lúdico.
Diego explica su proyecto de parque cultural, arqueológico y lúdico. JUAN CARLOS TORO
 

El viento golpea su rostro mientras señala a un punto exacto. En la zona militar se instalaría un barrio de artesanos donde se recuperarían 14 oficios de la Baja Andalucía. Además, el documento contempla la creación de una Escuela internacional del Patrimonio histórico, arqueológico y medioambiental con formación práctica y teórica que incluiría la cátedra de Historia del Mediterráneo que Diego presentará en la Universidad de Navarra.

Otro de los atractivos del parque serían las cuevas canteras, catedrales subterráneas que albergarían exposiciones culturales. “Son una maravilla. En Carrières de Lumières, Francia, solo una está proporcionando la entrada anual de más de un millón de personas que deja 90 euros de promedio cada una, y aquí tenemos 23”, señala. Un jardín escalonado, 100 hectáreas de necrópolis o la zona portuaria se suman a la bodega completa más antigua del mundo, datada en el siglo III a.C y localizada en una cima de la Sierra. “Es una vergüenza que estando en el marco de los vinos, no se haga nada”. La exhumación de la Bodega, que ocupa unos 2.000 metros cuadrados, es lo primero que tiene en mente.

Sierra de San Cristóbal.
Sierra de San Cristóbal.  JUAN CARLOS TORO

A estas paradas le siguen el Mirador de la Bahía, que proporciona unas vistas panorámicas, según él, “el punto geodésico del parque”, y actividades culturales y deportivas de todo tipo. Macroconciertos, pistas de baloncesto, tenis o motocross, campamentos, rutas turísticas y hasta una guardería. El diseño también incluye el museo de la Historia del Vino en Las Beatillas y el Museo de la Cantería.

En total, más de 30 elementos que en las últimas semanas el catedrático ha querido dar a conocer en visitas guiadas a la zona. Hay expectación y aceptación por parte de los curiosos que se han acercado a la actividad. Diego vuelve a impulsar, una vez más, y las que hagan falta, esta idea para la que ha solicitado fondos Next Generation y requiere inversión privada.

“Nunca se ha parado, pero ahora vamos a reactivar el proyecto”, dice delante del Castillo de Doña Blanca. Se niega a que su propuesta sufra el cautiverio del que Blanca de Borbón no se pudo liberar. A los pies de la Torre de Sidueña, donde siglos atrás se hallaba prisionera la noble francesa, Diego desea que esta vez, sus años de trabajo hayan merecido la pena y su sueño se haga realidad.

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