El relevo generacional que no llega a las tradiciones de Todos los Santos: "No nos paramos a recordar a los que ya no están"
Josefina lleva toda la vida limpiando las lápidas de sus familiares por Todos los Santos y María aprendió a hacerlo con 15 años. Ambas mantienen en Jerez una costumbre que cada vez cuenta con menos jóvenes entre sus visitantes
María Cantero y su abuela Josefina, ultimando detalles para el día de Todos Los Santos. -
Hay tradiciones que se aprenden sin necesidad de que nadie se siente a explicarlas. Se observan, se repiten y, casi sin darse cuenta, terminan formando parte de la vida familiar. En Jerez, en casa de Josefina González, el Día de Todos los Santos siempre ha tenido un ritual reconocible: comprar flores, preparar los frutos secos, reunirse y acudir al cementerio para limpiar las lápidas de quienes ya no están. Una costumbre que lleva practicando desde que tiene memoria y que, con el paso de los años, ha conseguido transmitir a su nieta.
María Cantero tiene 26 años y lleva más de una década acompañando a su abuela en esa tarea. Sabe qué lápida toca limpiar primero, dónde tiene que colocar las manos y cuál es el cometido de cada una durante la visita. Mientras ella se encarga de adecentar las sepulturas, Josefina prepara los jarrones y coloca las flores. No necesitan repartirse las tareas cada año porque llevan tiempo haciendo exactamente lo mismo.
En una época en la que Halloween ha ido ganando terreno entre las celebraciones de finales de octubre, hay otras costumbres que continúan dependiendo de quienes las han vivido durante décadas. La visita al cementerio, el arreglo de las tumbas y las reuniones familiares alrededor de los frutos secos forman parte de ese calendario sentimental que todavía se mantiene en muchos hogares españoles. Sin embargo, basta con escuchar a estas dos mujeres para advertir una preocupación: cada vez resulta menos habitual encontrar jóvenes que acompañen a sus mayores en esta tradición.
Josefina y María, llegando a las lápidas de sus familiares.
JUAN CARLOS TORO
Una mañana entre flores, lápidas y recuerdos familiares
La jornada comienza con una visita a la floristería. Josefina se encarga de comprar las flores por la mañana y, cuando llega el momento de acudir al cementerio, abuela y nieta emprenden juntas un recorrido que conocen de memoria. La primera parada es la sepultura de la bisabuela de María, la madre de Josefina. Después llega el turno de la del abuelo. El procedimiento no cambia: una limpia y la otra prepara las flores.
María comenzó a participar cuando tenía unos 15 años, después de la muerte de su abuelo. Hasta entonces, había conocido aquella costumbre acompañando a su familia, pero fue a partir de esa pérdida cuando empezó a asumir una parte del trabajo. "Fue un poco raro y duro a la vez, porque era como pensar que ahí dentro estaba mi abuelo, pero realmente no", recuerda sobre aquellas primeras visitas.
Con el tiempo, aquella sensación extraña fue dando paso a otra manera de entender el ritual. Ahora considera que es una tradición bonita y asegura que le gustaría seguir haciéndola durante todos los años que pueda. No habla de una obligación ni de una visita que haya que cumplir por compromiso. Para ella, el gesto tiene sentido precisamente porque permite dedicar un rato a personas que formaron parte de su vida.
María y Josefina colocan las flores en la lápida de su bisabuela.
JUAN CARLOS TORO
Josefina, que lleva practicándolo desde niña, encuentra en esa tarea una tranquilidad difícil de explicar. Cuando se le pregunta qué significa para ella limpiar las tumbas y colocar las flores, responde con una palabra: "Paz". Después añade que se encuentra bien consigo misma cuando lo hace. Una respuesta sencilla que resume una relación con los difuntos construida a base de pequeños gestos repetidos durante toda una vida.
Una costumbre que empezaba mucho antes de llegar al cementerio
En la memoria de Josefina, Todos los Santos tampoco era una jornada limitada a visitar las sepulturas. En casa había preparativos y productos propios de estas fechas. Las avellanas, las almendras y otros frutos secos ocupaban un lugar importante en aquellas reuniones familiares que recuerda prácticamente como una fiesta. "Si se puede llamar fiesta", matiza entre risas, antes de corregirse: era, sobre todo, una reunión de la familia.
La tradición tampoco se quedaba en los adultos. Sus hijos y nietos acudían con ella al cementerio desde pequeños, siempre que las obligaciones escolares lo permitían. No había grandes explicaciones sobre la muerte ni discursos preparados. Cuando alguno preguntaba por las personas enterradas, la respuesta era directa: allí estaba aquel familiar, el que fuera, el que ya había fallecido.
Esa forma de enseñar la costumbre parece haber encontrado continuidad en María. La joven no recuerda que su abuela le impusiera acudir ni que existiera una obligación familiar de hacerlo. Simplemente, Josefina la llevaba consigo y, con el tiempo, empezó a participar de manera activa. Ahora es ella quien limpia las lápidas y quien conoce los detalles de una visita que se repite año tras año.
María y Josefina, en el cementerio de Jerez.
JUAN CARLOS TORO
La transmisión, sin embargo, no siempre resulta tan sencilla. La propia Josefina reconoce que nunca le ha pedido expresamente a su nieta que continúe cuidando las tumbas cuando ella ya no pueda hacerlo. "Si a ella le sale de dentro, sí", explica. Para la abuela, debe ser algo voluntario. Si le gusta acudir, seguirá haciéndolo; si no, tampoco quiere convertirlo en una obligación. La diferencia entre enseñar una tradición y exigir que se mantenga parece estar precisamente ahí.
Los jóvenes escasean entre las visitas al camposanto
María tiene una percepción bastante clara cuando pasea por el cementerio. La mayoría de las personas que encuentra son mayores y, en ocasiones, incluso tienen dificultades para caminar. Sin embargo, no siempre van acompañadas de familiares jóvenes que puedan ayudarlas o aprender de ellas. "Es muy raro ver a gente joven allí siguiendo las tradiciones", señala.
Esa ausencia le llama especialmente la atención porque ha comprobado cómo algunas personas mayores continúan encargándose de las sepulturas prácticamente solas. En su opinión, el problema tiene que ver con el ritmo de vida actual y con la poca atención que se presta a determinadas costumbres familiares. "Vivimos tan rápido que no nos paramos a decir: voy a ir un rato al cementerio, voy a limpiar la lápida, voy a ponerle flores a mi familia y a sentirme un poco cerca de esa persona", reflexiona.
También cree que existe cierta distancia generacional con la propia idea de la muerte. Cuando se es joven, explica, resulta fácil pensar que todavía queda mucho tiempo para enfrentarse a ella. Se percibe como algo lejano, que afecta a otras personas y que no forma parte de las preocupaciones inmediatas. Esa percepción puede contribuir a que se pospongan gestos como visitar a los abuelos, acompañar a los padres o cuidar los lugares donde descansan otros familiares.
Abuela y nieta, frente a la tumba de sus familiares por el Día de Todos Los Santos.
JUAN CARLOS TORO
La consecuencia también se aprecia en el estado de algunas sepulturas. María recuerda que, cerca de la tumba de su bisabuela, hay una lápida partida en varios trozos que incluso parece vencerse hacia abajo. También ha visto tumbas sin flores, con recipientes abandonados y superficies deterioradas por el paso del tiempo y las inclemencias meteorológicas. "Al final nadie va, nadie la cuida, nadie se da cuenta de que está rota", lamenta.
No se trata de que todas las sepulturas descuidadas respondan necesariamente a la falta de descendientes o de familiares jóvenes, pero para ella son imágenes que invitan a pensar en lo que ocurre cuando nadie continúa ocupándose de esos espacios. La memoria familiar también tiene una dimensión material: una lápida que se limpia, unas flores que se renuevan o un pequeño arreglo que evita que el lugar se deteriore.
El recuerdo de una abuela que se quedó encerrada en el cementerio
Las historias que acompañan a esta tradición también forman parte de la herencia que Josefina ha ido transmitiendo. Algunas son más emotivas y otras tienen un punto de humor que ayuda a rebajar la solemnidad de la conversación. Entre todas, hay una que todavía recuerda con bastante claridad: aquella vez que se quedó encerrada en el cementerio cuando era adolescente.
Por entonces, era la única joven de su entorno que acudía a limpiar las sepulturas de varias familias. Los demás eran mayores y ella se encargaba de visitar las tumbas. En una de aquellas jornadas se entretuvo tanto que no se dio cuenta de que se acercaba la hora de cierre. Cuando quiso salir, las puertas estaban cerradas. El cementerio cerraba a las seis de la tarde y ella se había quedado dentro.
"Por poco me da un jamacuco cuando me vi la puerta cerrada sin poder salir de allí", cuenta. Desesperada, empezó a buscar alguna manera de abandonar el recinto y terminó escuchando ruido en la iglesia. Allí encontró a unas personas que estaban realizando unas oraciones. Al acercarse, uno de los presentes le preguntó qué le ocurría.
"Que me habéis dejado aquí encerrada, que no puedo salir del cementerio", le respondió. La solución tampoco fue inmediata. Le explicaron que tendría que esperar a que terminaran las oraciones para que pudieran abrirle. Así que tuvo que quedarse allí, mientras avanzaba la tarde y empezaba a oscurecer. Lo cuenta ahora entre recuerdos y risas, aunque reconoce que entonces pasó bastante miedo.
El cementerio de Jerez.
JUAN CARLOS TORO
Es una anécdota que María escucha junto a otras historias familiares, de esas que terminan acompañando a las visitas y que permiten recordar cómo eran las cosas cuando su abuela tenía su edad. Porque las tradiciones también se transmiten así: con relatos que se repiten, pequeñas escenas que permanecen en la memoria y experiencias que los más jóvenes van incorporando a su propia historia.
La tradición que puede continuar, aunque cambie la forma de despedirse
Hay, además, otro cambio que ambas identifican cuando hablan del futuro de los cementerios: la incineración. María escucha cada vez con más frecuencia a personas de su entorno decir que prefieren ser incineradas cuando fallezcan. En su propia familia, Josefina también lo ha planteado alguna vez. Bromea con que, cuando ya no esté, probablemente nadie seguirá acudiendo a limpiar su tumba y que lo mejor será incinerarla.
La Iglesia distingue entre el 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, y el 2 de noviembre, dedicado a la conmemoración de los fieles difuntos. En la práctica, ambas fechas han quedado estrechamente vinculadas a las visitas a los cementerios, donde las familias limpian las sepulturas, colocan flores y recuerdan a quienes han fallecido.
Josefina y María entran al cementerio de Jerez.
JUAN CARLOS TORO
María quiere que esa continuidad no dependa exclusivamente de las personas mayores. Por eso, cuando habla de cómo animaría a otros jóvenes a participar, no propone grandes campañas ni fórmulas complicadas. Piensa en algo mucho más cercano: acompañar a una madre o a una abuela, aunque sea una vez al año. Recuerda que a su propia abuela se le hace especialmente difícil acudir a las tumbas de sus seres queridos. "Se le coge un nudo en el pecho que no puede respirar", explica. Y precisamente por eso considera importante estar a su lado.
En casa ya hay otros dos pequeños, sus primos, de tres y cuatro años, a quienes también les han hablado del cementerio y del abuelo que está allí. Ellos han mostrado interés por ir a verlo. María cree que esa es una manera de empezar: explicarles las cosas poco a poco y permitir que conozcan una tradición familiar sin forzar sus sentimientos.
Josefina, mientras tanto, no necesita que nadie le prometa que continuará con lo que ella lleva haciendo toda la vida. Si puede, seguirá yendo. Si llega el momento en que no pueda, espera que su nieta conserve el recuerdo de quienes están enterrados allí y decida por sí misma qué hacer con esa costumbre. Para ella, lo que se perdería si desapareciera sería "una muestra de querer a esa persona que está ahí".
Hay tradiciones que se aprenden sin necesidad de que nadie se siente a explicarlas. Se observan, se repiten y, casi sin darse cuenta, terminan formando parte de la vida familiar. En Jerez, en casa de Josefina González, el Día de Todos los Santos siempre ha tenido un ritual reconocible: comprar flores, preparar los frutos secos, reunirse y acudir al cementerio para limpiar las lápidas de quienes ya no están. Una costumbre que lleva practicando desde que tiene memoria y que, con el paso de los años, ha conseguido transmitir a su nieta.
María Cantero tiene 26 años y lleva más de una década acompañando a su abuela en esa tarea. Sabe qué lápida toca limpiar primero, dónde tiene que colocar las manos y cuál es el cometido de cada una durante la visita. Mientras ella se encarga de adecentar las sepulturas, Josefina prepara los jarrones y coloca las flores. No necesitan repartirse las tareas cada año porque llevan tiempo haciendo exactamente lo mismo.
En una época en la que Halloween ha ido ganando terreno entre las celebraciones de finales de octubre, hay otras costumbres que continúan dependiendo de quienes las han vivido durante décadas. La visita al cementerio, el arreglo de las tumbas y las reuniones familiares alrededor de los frutos secos forman parte de ese calendario sentimental que todavía se mantiene en muchos hogares españoles. Sin embargo, basta con escuchar a estas dos mujeres para advertir una preocupación: cada vez resulta menos habitual encontrar jóvenes que acompañen a sus mayores en esta tradición.
Josefina y María, llegando a las lápidas de sus familiares.
JUAN CARLOS TORO
Una mañana entre flores, lápidas y recuerdos familiares
La jornada comienza con una visita a la floristería. Josefina se encarga de comprar las flores por la mañana y, cuando llega el momento de acudir al cementerio, abuela y nieta emprenden juntas un recorrido que conocen de memoria. La primera parada es la sepultura de la bisabuela de María, la madre de Josefina. Después llega el turno de la del abuelo. El procedimiento no cambia: una limpia y la otra prepara las flores.
María comenzó a participar cuando tenía unos 15 años, después de la muerte de su abuelo. Hasta entonces, había conocido aquella costumbre acompañando a su familia, pero fue a partir de esa pérdida cuando empezó a asumir una parte del trabajo. "Fue un poco raro y duro a la vez, porque era como pensar que ahí dentro estaba mi abuelo, pero realmente no", recuerda sobre aquellas primeras visitas.
Con el tiempo, aquella sensación extraña fue dando paso a otra manera de entender el ritual. Ahora considera que es una tradición bonita y asegura que le gustaría seguir haciéndola durante todos los años que pueda. No habla de una obligación ni de una visita que haya que cumplir por compromiso. Para ella, el gesto tiene sentido precisamente porque permite dedicar un rato a personas que formaron parte de su vida.
María y Josefina colocan las flores en la lápida de su bisabuela.
JUAN CARLOS TORO
Josefina, que lleva practicándolo desde niña, encuentra en esa tarea una tranquilidad difícil de explicar. Cuando se le pregunta qué significa para ella limpiar las tumbas y colocar las flores, responde con una palabra: "Paz". Después añade que se encuentra bien consigo misma cuando lo hace. Una respuesta sencilla que resume una relación con los difuntos construida a base de pequeños gestos repetidos durante toda una vida.
Una costumbre que empezaba mucho antes de llegar al cementerio
En la memoria de Josefina, Todos los Santos tampoco era una jornada limitada a visitar las sepulturas. En casa había preparativos y productos propios de estas fechas. Las avellanas, las almendras y otros frutos secos ocupaban un lugar importante en aquellas reuniones familiares que recuerda prácticamente como una fiesta. "Si se puede llamar fiesta", matiza entre risas, antes de corregirse: era, sobre todo, una reunión de la familia.
La tradición tampoco se quedaba en los adultos. Sus hijos y nietos acudían con ella al cementerio desde pequeños, siempre que las obligaciones escolares lo permitían. No había grandes explicaciones sobre la muerte ni discursos preparados. Cuando alguno preguntaba por las personas enterradas, la respuesta era directa: allí estaba aquel familiar, el que fuera, el que ya había fallecido.
Esa forma de enseñar la costumbre parece haber encontrado continuidad en María. La joven no recuerda que su abuela le impusiera acudir ni que existiera una obligación familiar de hacerlo. Simplemente, Josefina la llevaba consigo y, con el tiempo, empezó a participar de manera activa. Ahora es ella quien limpia las lápidas y quien conoce los detalles de una visita que se repite año tras año.
María y Josefina, en el cementerio de Jerez.
JUAN CARLOS TORO
La transmisión, sin embargo, no siempre resulta tan sencilla. La propia Josefina reconoce que nunca le ha pedido expresamente a su nieta que continúe cuidando las tumbas cuando ella ya no pueda hacerlo. "Si a ella le sale de dentro, sí", explica. Para la abuela, debe ser algo voluntario. Si le gusta acudir, seguirá haciéndolo; si no, tampoco quiere convertirlo en una obligación. La diferencia entre enseñar una tradición y exigir que se mantenga parece estar precisamente ahí.
Los jóvenes escasean entre las visitas al camposanto
María tiene una percepción bastante clara cuando pasea por el cementerio. La mayoría de las personas que encuentra son mayores y, en ocasiones, incluso tienen dificultades para caminar. Sin embargo, no siempre van acompañadas de familiares jóvenes que puedan ayudarlas o aprender de ellas. "Es muy raro ver a gente joven allí siguiendo las tradiciones", señala.
Esa ausencia le llama especialmente la atención porque ha comprobado cómo algunas personas mayores continúan encargándose de las sepulturas prácticamente solas. En su opinión, el problema tiene que ver con el ritmo de vida actual y con la poca atención que se presta a determinadas costumbres familiares. "Vivimos tan rápido que no nos paramos a decir: voy a ir un rato al cementerio, voy a limpiar la lápida, voy a ponerle flores a mi familia y a sentirme un poco cerca de esa persona", reflexiona.
También cree que existe cierta distancia generacional con la propia idea de la muerte. Cuando se es joven, explica, resulta fácil pensar que todavía queda mucho tiempo para enfrentarse a ella. Se percibe como algo lejano, que afecta a otras personas y que no forma parte de las preocupaciones inmediatas. Esa percepción puede contribuir a que se pospongan gestos como visitar a los abuelos, acompañar a los padres o cuidar los lugares donde descansan otros familiares.
Abuela y nieta, frente a la tumba de sus familiares por el Día de Todos Los Santos.
JUAN CARLOS TORO
La consecuencia también se aprecia en el estado de algunas sepulturas. María recuerda que, cerca de la tumba de su bisabuela, hay una lápida partida en varios trozos que incluso parece vencerse hacia abajo. También ha visto tumbas sin flores, con recipientes abandonados y superficies deterioradas por el paso del tiempo y las inclemencias meteorológicas. "Al final nadie va, nadie la cuida, nadie se da cuenta de que está rota", lamenta.
No se trata de que todas las sepulturas descuidadas respondan necesariamente a la falta de descendientes o de familiares jóvenes, pero para ella son imágenes que invitan a pensar en lo que ocurre cuando nadie continúa ocupándose de esos espacios. La memoria familiar también tiene una dimensión material: una lápida que se limpia, unas flores que se renuevan o un pequeño arreglo que evita que el lugar se deteriore.
El recuerdo de una abuela que se quedó encerrada en el cementerio
Las historias que acompañan a esta tradición también forman parte de la herencia que Josefina ha ido transmitiendo. Algunas son más emotivas y otras tienen un punto de humor que ayuda a rebajar la solemnidad de la conversación. Entre todas, hay una que todavía recuerda con bastante claridad: aquella vez que se quedó encerrada en el cementerio cuando era adolescente.
Por entonces, era la única joven de su entorno que acudía a limpiar las sepulturas de varias familias. Los demás eran mayores y ella se encargaba de visitar las tumbas. En una de aquellas jornadas se entretuvo tanto que no se dio cuenta de que se acercaba la hora de cierre. Cuando quiso salir, las puertas estaban cerradas. El cementerio cerraba a las seis de la tarde y ella se había quedado dentro.
"Por poco me da un jamacuco cuando me vi la puerta cerrada sin poder salir de allí", cuenta. Desesperada, empezó a buscar alguna manera de abandonar el recinto y terminó escuchando ruido en la iglesia. Allí encontró a unas personas que estaban realizando unas oraciones. Al acercarse, uno de los presentes le preguntó qué le ocurría.
"Que me habéis dejado aquí encerrada, que no puedo salir del cementerio", le respondió. La solución tampoco fue inmediata. Le explicaron que tendría que esperar a que terminaran las oraciones para que pudieran abrirle. Así que tuvo que quedarse allí, mientras avanzaba la tarde y empezaba a oscurecer. Lo cuenta ahora entre recuerdos y risas, aunque reconoce que entonces pasó bastante miedo.
El cementerio de Jerez.
JUAN CARLOS TORO
Es una anécdota que María escucha junto a otras historias familiares, de esas que terminan acompañando a las visitas y que permiten recordar cómo eran las cosas cuando su abuela tenía su edad. Porque las tradiciones también se transmiten así: con relatos que se repiten, pequeñas escenas que permanecen en la memoria y experiencias que los más jóvenes van incorporando a su propia historia.
La tradición que puede continuar, aunque cambie la forma de despedirse
Hay, además, otro cambio que ambas identifican cuando hablan del futuro de los cementerios: la incineración. María escucha cada vez con más frecuencia a personas de su entorno decir que prefieren ser incineradas cuando fallezcan. En su propia familia, Josefina también lo ha planteado alguna vez. Bromea con que, cuando ya no esté, probablemente nadie seguirá acudiendo a limpiar su tumba y que lo mejor será incinerarla.
La Iglesia distingue entre el 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, y el 2 de noviembre, dedicado a la conmemoración de los fieles difuntos. En la práctica, ambas fechas han quedado estrechamente vinculadas a las visitas a los cementerios, donde las familias limpian las sepulturas, colocan flores y recuerdan a quienes han fallecido.
Josefina y María entran al cementerio de Jerez.
JUAN CARLOS TORO
María quiere que esa continuidad no dependa exclusivamente de las personas mayores. Por eso, cuando habla de cómo animaría a otros jóvenes a participar, no propone grandes campañas ni fórmulas complicadas. Piensa en algo mucho más cercano: acompañar a una madre o a una abuela, aunque sea una vez al año. Recuerda que a su propia abuela se le hace especialmente difícil acudir a las tumbas de sus seres queridos. "Se le coge un nudo en el pecho que no puede respirar", explica. Y precisamente por eso considera importante estar a su lado.
En casa ya hay otros dos pequeños, sus primos, de tres y cuatro años, a quienes también les han hablado del cementerio y del abuelo que está allí. Ellos han mostrado interés por ir a verlo. María cree que esa es una manera de empezar: explicarles las cosas poco a poco y permitir que conozcan una tradición familiar sin forzar sus sentimientos.
Josefina, mientras tanto, no necesita que nadie le prometa que continuará con lo que ella lleva haciendo toda la vida. Si puede, seguirá yendo. Si llega el momento en que no pueda, espera que su nieta conserve el recuerdo de quienes están enterrados allí y decida por sí misma qué hacer con esa costumbre. Para ella, lo que se perdería si desapareciera sería "una muestra de querer a esa persona que está ahí".
COMENTARIOS