Don Fernando, el cura de Cañada Rosal que aguarda su 'jubilación forzosa' con 90 años: "Voy a seguir sirviendo"
Una plataforma vecinal presiona para que el Arzobispado de Sevilla no sustituya al párroco que lleva desde 1964 en una localidad en la que ha impulsado hasta una cooperativa que da empleo a 200 familias
Al sacerdote FernandoFloresPistón, al que todos conocen como donFernando en el pequeño municipio sevillano de CañadaRosal, le es casi imposible aburrirse. Desde que cada mañana llega a la parroquia de Santa Ana sobre las diez, no para. Encadena un bautizo, con audiencias con feligresas y, entre medias, entrevista con un periódico.
Cuando lavozdelsur.es visita a don Fernando, que está a punto de cumplir 90 años, aún no sabe si podrá seguir ejerciendo como párroco de CañadaRosal mucho más tiempo. Porque el ArzobispadodeSevilla le ha comunicado que será sustituido y pasará a ser párroco emérito.
La decisión del Arzobispado provocó, primero, estupefacción en el pueblo, y luego indignación. De hecho, se creó una plataforma para pedir que se mantenga en el puesto que ostenta desde que llegara a Cañada Rosal en 1964, pocos días después de ser ordenado sacerdote. Y se han mantenido reuniones para intentar que el Arzobispado de Sevilla cambie de opinión esta misma semana, aunque no han trascendido detalles. La decisión definitiva se conocerá pronto.
Fernando Flores, en la pequeña sacristía de la parroquia de Santa Ana.
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JUAN CARLOS TORO
Él, mientras, sigue con su labor. Lo hará “mientras Dios quiera”. Porque para él, el sacerdocio nunca fue "algo administrativo", sino una vocación que no entiende de jubilaciones: "Voy a seguir sirviendo a mi pueblo en lo que yo pueda y necesite. Habrá cosas que no me permita la Iglesia, pero a mí me va a permitir siempre que yo siga trabajando como hasta hoy”, sostiene en conversación con este periódico.
El cariño del pueblo hacia su labor como párroco, asegura, se ha hecho especialmente palpable en las últimas semanas, coincidiendo con el anuncio de su paso a emérito. "Yo lo he querido siempre y el pueblo me ha querido a mí", resume, fiel a la idea que ha guiado toda su vida sacerdotal: "El cura es el que está cerca del pueblo, el que vive con el pueblo, el que participa en lo bueno y en lo malo. Ríe con la gente, llora con la gente”.
Toda una vida en Cañada Rosal
Fernando Flores Pistón nació en FuentePalmera (Córdoba) en 1936, el año que estalla la Guerra Civil, y es el tercero de una familia de siete hermanos en la que saben bien lo que es “pasar hambre”. Su padre era albañil, pero también trabajaba en campañas agrícolas para sacar adelante a su numerosa familia, porque se empeñó en que sus hijos estudiaran en plena posguerra.
Precisamente en el colegio le llegó a Fernando su vocación. Gracias al empeño de su padre por evitar que sus hijos tuvieran que salir al campo a edades tempranas, pudo formarse con un maestro al que recuerda con devoción: donFranciscoMantrana, natural de Hornachos (Badajoz). Fue él quien, sin que nadie se lo preguntara, dijo un día: "Fernando va a ser cura”. Y vaya si acertó.
La providencia, dice Fernando, quiso que el párroco de su Fuente Palmera natal tuviera un accidente y se rompiera la tibia, y tras ello llegara un sacerdote procedente, precisamente, de Cañada Rosal. Aquel sacerdote, Antonio Gonzalez Abato, fue quien le propuso ingresar en el seminario y quien le consiguió una beca para que pudiera estudiar.
Fernando Flores lleva como párroco de Cañada Rosal desde 1964.
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JUAN CARLOS TORO
Llegada a Cañada Rosal en 1962, cuando aun era aldea
En julio de 1962, con apenas 25 años, se plantó en CañadaRosal un joven cura llamado Fernando, que lo primero que hizo fue visitar todas las casas para conocer a sus vecinos y ponerse a su disposición. “Fui conociéndolos a todos, sabiendo de sus problemas, de sus necesidades, de la situación de su vivienda, de su vida", relata.
"Como yo sabía bien lo que era el hambre, porque pasé hambre en los años de la posguerra, traté de remediar ese problema”, recuerda ahora el cura, que quiso darle medios a los vecinos para que pudieran ganarse la vida. “Quería que cada uno se ganara el pan, que no tuvieran que humillarse pidiendo”, apunta.
Desde su llegada, se volcó en la transformación de una población que no fue independiente hasta 1986, ya que fue ese verano cuando se hizo efectiva la segregación de La Luisiana, a la que pertenecía hasta entonces.
Un momento de un bautizo, en la parroquia de Cañada Rosal.
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JUAN CARLOS TORO
Fernando tuvo entre sus objetivos vitales el impulso de una cooperativa agrícola que diera empleo en el pueblo, para que sus vecinos se autoemplearan en en el que es su principal motor económico. Más tarde surgió la oportunidad de crear la Cooperativa de Envases de Cañada del Rosal (Coenca), que da trabajo a unas 200 familias del pueblo.
“Era el sueño de mi vida”, dice sobre la cooperativa, que pudo salir adelante gracias a una característica que atribuye al pueblo: la capacidad de ponerse de acuerdo cuando se trata de un bien común, lejos de la polarización que hoy observa en tantos ámbitos de la vida.
Un centro cultural en su propia casa
Fernando Flores también montó un teleclub en los años 60 del siglo pasado, el primero de la provincia de Sevilla, en una habitación de su propia vivienda, donde se proyectaban películas y ayudaba a jóvenes a “abrir los ojos ante la realidad que nos rodeaba”.
"Estábamos controlados por la Guardia Civil, nos decían que éramos comunistas", recuerda. Hasta fue puesto a disposición del gobernador civil en dos ocasiones, aunque en ambas la autoridad reconoció que su labor no perjudicaba a nadie, sino todo lo contrario.
El grupo impulsado desde aquel improvisado centro cultural fue el que luego se implicó en político y formó parte del pleno del primer Ayuntamiento de Cañada Rosal, ya como pueblo independiente.
Fernando Flores, durante un bautizo en la parroquia de Santa Ana de Cañada Rosal.
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JUAN CARLOS TORO
"El pueblo es otro totalmente distinto"
El pueblo es otro totalmente distinto”, dice el cura cuando se le pregunta por la evolución de Cañada Rosal desde 1986. Las viviendas son hoy dignas y están equipadas, la alimentación ha mejorado sustancialmente —"antes había hambre, ahora se come bastante bien"— y el acceso a la educación ha dado un vuelco radical.
No todo son luces, advierte el sacerdote, que lamenta cómo el alcohol y las drogas han traído consigo nuevas formas de sufrimiento e inseguridad que antes no existían en la localidad.
El cura Fernando Flores, con una familia tras un bautizo.
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JUAN CARLOS TORO
Hoy, a punto de cumplir 90 años, Fernando Flores mira atrás y recuerda con precisión de historiador aquel primer contacto con una aldea (entonces) que, dice, "estudió humana y socialmente, laboralmente, en su economía, en su cultura y en su religiosidad".
De hecho, conserva manuscritos en los que recoge sus personales balances sobre la situación del pueblo. “Ser cristiano, y más si se es sacerdote, era compartir sus vidas, sus dolores, sus luchas, sus esperanzas y sus decepciones, sus éxitos y sus fracasos”, se puede leer en unos folios escritos a mano por el párroco. Y sigue: “Desde el primer día prometí a la gente de Cañada que las puertas de mi casa estarían abiertas a todos, y preferentemente a los más pobres y necesitados”. Eso, desde luego, lo ha cumplido en estos 62 años.
Al sacerdote FernandoFloresPistón, al que todos conocen como donFernando en el pequeño municipio sevillano de CañadaRosal, le es casi imposible aburrirse. Desde que cada mañana llega a la parroquia de Santa Ana sobre las diez, no para. Encadena un bautizo, con audiencias con feligresas y, entre medias, entrevista con un periódico.
Cuando lavozdelsur.es visita a don Fernando, que está a punto de cumplir 90 años, aún no sabe si podrá seguir ejerciendo como párroco de CañadaRosal mucho más tiempo. Porque el ArzobispadodeSevilla le ha comunicado que será sustituido y pasará a ser párroco emérito.
La decisión del Arzobispado provocó, primero, estupefacción en el pueblo, y luego indignación. De hecho, se creó una plataforma para pedir que se mantenga en el puesto que ostenta desde que llegara a Cañada Rosal en 1964, pocos días después de ser ordenado sacerdote. Y se han mantenido reuniones para intentar que el Arzobispado de Sevilla cambie de opinión esta misma semana, aunque no han trascendido detalles. La decisión definitiva se conocerá pronto.
Fernando Flores, en la pequeña sacristía de la parroquia de Santa Ana.
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JUAN CARLOS TORO
Él, mientras, sigue con su labor. Lo hará “mientras Dios quiera”. Porque para él, el sacerdocio nunca fue "algo administrativo", sino una vocación que no entiende de jubilaciones: "Voy a seguir sirviendo a mi pueblo en lo que yo pueda y necesite. Habrá cosas que no me permita la Iglesia, pero a mí me va a permitir siempre que yo siga trabajando como hasta hoy”, sostiene en conversación con este periódico.
El cariño del pueblo hacia su labor como párroco, asegura, se ha hecho especialmente palpable en las últimas semanas, coincidiendo con el anuncio de su paso a emérito. "Yo lo he querido siempre y el pueblo me ha querido a mí", resume, fiel a la idea que ha guiado toda su vida sacerdotal: "El cura es el que está cerca del pueblo, el que vive con el pueblo, el que participa en lo bueno y en lo malo. Ríe con la gente, llora con la gente”.
Toda una vida en Cañada Rosal
Fernando Flores Pistón nació en FuentePalmera (Córdoba) en 1936, el año que estalla la Guerra Civil, y es el tercero de una familia de siete hermanos en la que saben bien lo que es “pasar hambre”. Su padre era albañil, pero también trabajaba en campañas agrícolas para sacar adelante a su numerosa familia, porque se empeñó en que sus hijos estudiaran en plena posguerra.
Precisamente en el colegio le llegó a Fernando su vocación. Gracias al empeño de su padre por evitar que sus hijos tuvieran que salir al campo a edades tempranas, pudo formarse con un maestro al que recuerda con devoción: donFranciscoMantrana, natural de Hornachos (Badajoz). Fue él quien, sin que nadie se lo preguntara, dijo un día: "Fernando va a ser cura”. Y vaya si acertó.
La providencia, dice Fernando, quiso que el párroco de su Fuente Palmera natal tuviera un accidente y se rompiera la tibia, y tras ello llegara un sacerdote procedente, precisamente, de Cañada Rosal. Aquel sacerdote, Antonio Gonzalez Abato, fue quien le propuso ingresar en el seminario y quien le consiguió una beca para que pudiera estudiar.
Fernando Flores lleva como párroco de Cañada Rosal desde 1964.
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JUAN CARLOS TORO
Llegada a Cañada Rosal en 1962, cuando aun era aldea
En julio de 1962, con apenas 25 años, se plantó en CañadaRosal un joven cura llamado Fernando, que lo primero que hizo fue visitar todas las casas para conocer a sus vecinos y ponerse a su disposición. “Fui conociéndolos a todos, sabiendo de sus problemas, de sus necesidades, de la situación de su vivienda, de su vida", relata.
"Como yo sabía bien lo que era el hambre, porque pasé hambre en los años de la posguerra, traté de remediar ese problema”, recuerda ahora el cura, que quiso darle medios a los vecinos para que pudieran ganarse la vida. “Quería que cada uno se ganara el pan, que no tuvieran que humillarse pidiendo”, apunta.
Desde su llegada, se volcó en la transformación de una población que no fue independiente hasta 1986, ya que fue ese verano cuando se hizo efectiva la segregación de La Luisiana, a la que pertenecía hasta entonces.
Un momento de un bautizo, en la parroquia de Cañada Rosal.
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JUAN CARLOS TORO
Fernando tuvo entre sus objetivos vitales el impulso de una cooperativa agrícola que diera empleo en el pueblo, para que sus vecinos se autoemplearan en en el que es su principal motor económico. Más tarde surgió la oportunidad de crear la Cooperativa de Envases de Cañada del Rosal (Coenca), que da trabajo a unas 200 familias del pueblo.
“Era el sueño de mi vida”, dice sobre la cooperativa, que pudo salir adelante gracias a una característica que atribuye al pueblo: la capacidad de ponerse de acuerdo cuando se trata de un bien común, lejos de la polarización que hoy observa en tantos ámbitos de la vida.
Un centro cultural en su propia casa
Fernando Flores también montó un teleclub en los años 60 del siglo pasado, el primero de la provincia de Sevilla, en una habitación de su propia vivienda, donde se proyectaban películas y ayudaba a jóvenes a “abrir los ojos ante la realidad que nos rodeaba”.
"Estábamos controlados por la Guardia Civil, nos decían que éramos comunistas", recuerda. Hasta fue puesto a disposición del gobernador civil en dos ocasiones, aunque en ambas la autoridad reconoció que su labor no perjudicaba a nadie, sino todo lo contrario.
El grupo impulsado desde aquel improvisado centro cultural fue el que luego se implicó en político y formó parte del pleno del primer Ayuntamiento de Cañada Rosal, ya como pueblo independiente.
Fernando Flores, durante un bautizo en la parroquia de Santa Ana de Cañada Rosal.
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JUAN CARLOS TORO
"El pueblo es otro totalmente distinto"
El pueblo es otro totalmente distinto”, dice el cura cuando se le pregunta por la evolución de Cañada Rosal desde 1986. Las viviendas son hoy dignas y están equipadas, la alimentación ha mejorado sustancialmente —"antes había hambre, ahora se come bastante bien"— y el acceso a la educación ha dado un vuelco radical.
No todo son luces, advierte el sacerdote, que lamenta cómo el alcohol y las drogas han traído consigo nuevas formas de sufrimiento e inseguridad que antes no existían en la localidad.
El cura Fernando Flores, con una familia tras un bautizo.
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JUAN CARLOS TORO
Hoy, a punto de cumplir 90 años, Fernando Flores mira atrás y recuerda con precisión de historiador aquel primer contacto con una aldea (entonces) que, dice, "estudió humana y socialmente, laboralmente, en su economía, en su cultura y en su religiosidad".
De hecho, conserva manuscritos en los que recoge sus personales balances sobre la situación del pueblo. “Ser cristiano, y más si se es sacerdote, era compartir sus vidas, sus dolores, sus luchas, sus esperanzas y sus decepciones, sus éxitos y sus fracasos”, se puede leer en unos folios escritos a mano por el párroco. Y sigue: “Desde el primer día prometí a la gente de Cañada que las puertas de mi casa estarían abiertas a todos, y preferentemente a los más pobres y necesitados”. Eso, desde luego, lo ha cumplido en estos 62 años.
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