Comprar donde lo hacían los abuelos está de moda: "Lo que damos al cliente no lo tiene internet"

Seis comerciantes de negocios históricos del centro de Jerez explican cómo avanzan generación tras generación. A pesar de las dificultades, tienen un poso de optimismo. "Ya se mueve algo más esto"

Kurt, propietario de Perfumes Mafalda, en su tienda, este lunes.
Kurt, propietario de Perfumes Mafalda, en su tienda, este lunes. MANU GARCÍA

Cuentan algunos comerciantes de Jerez que están hartos de la visión pesimista que se da del centro y que hay mucho de lo que disfrutar. Unos miran con cierta ilusión cómo se hacen las cosas en otras ciudades, de Sevilla a Málaga, por ejemplo, donde la ocupación de espacios comerciales es mayor y nunca falta un trajín de personas. Algunas de ellas, turistas, según van llegando tras esta crisis. Y muchos de la zona, que trabajan o acuden, y de paso, gasta en lo local. Acoje, una de las asociaciones comerciantes, ha puesto en marcha la iniciativa de rascas, por ejemplo. Con las compras, se entra en sorteos de algún producto o vale entre sus asociados: que si unas tapas en el mítico bar Juanito, o productos de alguna tienda. El centro de Jerez renace de nuevo a la espera de los turistas. Y lo hace bajo una premisa: de tanto crecer, hay cosas que se rompen. Y el crecimiento del comercio online provoca que las nuevas generaciones comiencen a sentir como necesario el trato directo y el asesoramiento. Así es como un puñado de comercios sobreviven aún tras ponerse en marcha en los años 40 o los 70. Hablan los veteranos de las ventas.

Confecciones Justo comenzó siendo una tienda especializada en gabardinas en la calle Santa María, junto al Gallo Azul. Hoy es la segunda generación, con Justo hijo y Almudena, su mujer, especializados en ropa interior de hombre y mujer, bañadores, ropa de cama... La tienda de todo lo confeccionado. Explica él que primero se llamó La Innovación, que comenzó en los años 40, aunque no sabría determinar el año concreto. Luego, en calle Unión, en 1968, hasta la esquina de calle Bodegas y López Ruiz, en el entorno de Doña Blanca, en la actualidad. "Los clientes han estado sin salir a la calle. A mí muchos que vienen me conocen de pequeño, me dicen Justito".

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Justo sostiene una imagen del comercio originario en calle Santa María.    MANU GARCÍA

Les ha ayudado este año duro "que venían los hijos a por ropa". Y algunos de ellos no sabían qué talla usaban, por ejemplo, de camiseta. Al saber quiénes eran los destinatarios de las prendas, de memoria sacaban las tallas. Eso son clientes de toda la vida y lo demás son cuentos. "Y ahora los hijos han pasado a ser clientes", señala Almudena. "He vendido sujetadores a chicas que hasta ahora no se lo habían puesto de su talla nunca, que no imaginas el alivio que sienten. Esto no lo da internet. Llega un momento en que te cansas de los de cinco euros y quieres algo que te dure, por aquí entran todavía personas que tienen ropa nuestra de hace 30 años y eso es un orgullo".

No tienen trabajadores, son autónomos y ayudas "las que dan", pocas. "Se ha mantenido en el día a día. Con la vacuna, se va cogiendo el ritmo". En su caso, no tener esos empleados y no tener los alquileres ayudan. Pero es un esfuerzo, y es exigente. Jamás, recuerda Justo, en las décadas que tiene la tienda, "nunca habíamos cerrado dos meses. Nada parecido al confinamiento". Por eso, no quieren para su hija que siga con Confecciones. "Que trabaje para otra persona. Que estudie lo que quiera. Pero esto no. Son muchos años sin vacaciones, lo más que hacemos es cerrar el Sábado Santo y las tardes de agosto".

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Confecciones Justo, con su propietario, de segunda generación, en la puerta.   MANU GARCÍA

Kurt Kuwilsky Serrano es el propietario de Mafalda, que comenzó su andadura con la fábrica de perfumes en el año 40. Ocho décadas de olores y de productos de belleza. "Yo empecé hace 50 años, y en firme, hace 40. Fue mi tío el que lo fundó, yo nací en Alemania". A sus 78 años, sigue en marcha. "Este último año ha sido muy anómalo. En parte lo que falta es el público. No hay público y hay menos dinero. Hay que seguir adelante. Lo que yo he recibido tengo que transmitirlo a mi familia". Las franquicias, dice, "pueden salir huyendo del centro. Yo no puedo, por mi volumen. Necesito mucho espacio, tengo laboratorio y tengo todo". Sobre otros negocios familiares que han ido cerrando, "me da la impresión de que a las nuevas generaciones les cuesta verle color a esto", señala. 

Este local sí es de su propiedad. "Yo lo compré a mi tío". Eso evita que tenga que hacerse cargo de las facturas de alquiler tan temidas por los comercios, especialmente cuando vienen épocas difíciles, como ya lo fue la anterior crisis económica. "Si esto fuera ahora mismo de alquiler, no podría pagarlo", reconoce. Una cosa en la que no termina de ver claro es eso del comercio online. "Son productos muy delicados, que son difíciles de devolver, como un pintalabios. Puede aceptarse una devolución si algo está mal, pero, ¿una devolución por capricho? Eso lo pueden asumir las grandes cadenas. Nosotros, no".

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Federico Abrines hijo, con un tambor rociero.   MANU GARCÍA

María es la propietaria de Casa Márquez. "El año ha sido raro. No sabemos cómo solventar esto. Yo he vivido miedo. Y aquí dependemos del turista. Nos reinventamos, pero es difícil. Si todo sirve para algo, en estos meses nos hemos puesto con el comercio online", explica. "Parece un adelanto de lo que espera". Ubicada en Lancería, a un paso del Arenal, tiene ropa, complementos y artículos variados de decoración. La Casa nació en 1940. "En esta dirección desde 2004", apostilla. Han sido 17 años. "A mí me da miedo ver cómo está la calle. No hay gente. Esto no es una broma. Hay gente, clientes, que llevan más de un año sin salir o sin venir al centro. Ahora parece que viene alguna gente a la que habíamos perdido de vista".

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Padre e hijo, los Abrines.   MANU GARCÍA

A su lado, Federico Abrines, de Abrines Música, casi local con local. Están funcionando desde "1948. Empezó mi madre, mi padre y ahora está mi hijo". Comenzó siendo una tienda de radios. "Al ser una tienda especializada, nos defendemos. Y vendiendo música, que esto no es primera necesidad", indica. "Porque esto necesita otro tipo de atención. Hay muchas tallas de violines, es como comprarse un zapato. Quién sabe la talla de violín". Al comprar por internet, cuenta, "lo ven más barato pero pueden no estar adaptadas". A su juicio, falta incentivo por ir al centro, por promover el alquiler de locales vacíos o por aparcar. "Aunque tenemos un acuerdo de una hora de parking por comprar", indica. "Quedaremos diez o doce negocios desde entonces". ¿Un secreto de Abrines? "En más de 70 años, el libro de reclamaciones tiene cero hojas escritas". Federico hijo, que ya es tercera generación, parte con ese bagaje. Y esa responsabilidad de un negocio histórico. 

Francisco Quevedo está al otro lado del mostrador de Casa Quevedo. "Hemos hecho 72 años, soy tercera generación si contamos con mi abuelo cuando se trasladó aquí", a la plaza de la Yerba, frente al Cabildo. "Pero si contamos a mi bisabuela, que montó en calle Algarve, soy cuarta generación. Tenía el típico bazar de hace más de un siglo", que abrió como viuda de Guerra. Es una las referencias de la imaginería religiosa en miniatura. "Ya veníamos para abajo y esto ha sido un mazazo, porque son dos Semanas Santas... Y dos Navidades", lamenta. "Y dos veranos, aunque parece que se mueve algo". Es "el chorreíto" del turismo, "nuestros puntales".

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Federico, en Casa Quevedo.    MANU GARCÍA

En lo que ha comenzado ahora con más fuerza es con la venta a distancia. "La gente se está acostumbrado al Facebook y al whatsapp". Reconoce que toca adaptarse. "Te escriben algo y a la media hora te ponen la interrogación como diciendo contéstame", ríe, aunque bendito problema, digamos, porque se le ve con ganas y todo es adaptarse. Al echar la baraja cada día, comienza ese otro mundo. "La maquetería cofrade, el belenismo, atrae a mucha gente de fuera y vendemos por ahí". "Yo creo que esto va a cambiar". Y dentro de todo lo malo comercialmente, sí ha surgido una nueva vía, el gel hidroalcohólico de incienso. "Yo era reacio", reconoce. "Y se vende mucho, cada dos por tres hay que reponer". Probada la muestra, desde luego, no puede negarse que la esencia perdura, y así los reportajes no se escriben rápido ni a la carrera, en todo caso la carrera es oficial.

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Antonio Rodríguez, a la entrada de la Papelería Consistorio.   MANU GARCÍA

Justo al lado, Antonio Rodríguez, de la Papelería Consistorio, fundada en 1954. "Aunque aquí lleva 52 años". Solamente. Entrar en internet "no es fácil. Si no pagas publicidad, eres invisible. Esta zona es transitada para los bares, entra turismo y se ve un poco". Lo tiene un poco más difícil. Porque a diferencia de otros comercios históricos, "este local no es en propiedad y tengo un empleado. Con horas reducidas". El problema, "es cómo venir". Esto lo ha visto en septiembre lleno, "no tanto ahora, aunque es nuestro momento fuerte".  

El centro de Jerez tiene, así, un puñado de históricos que siguen adelante, ejemplos de tradición, cultura de hacer las cosas bien y de adaptarse. Sea con internet o no, lo que está claro es que el centro de Jerez vuelve a estar en boga. Esta última crisis habrá sido diferente. Pero cuando tienes 80 ó 50 años de historia, no es la primera, desde luego. Y no la última. Por muchos años más. Porque lo difícil al pasar por estas calles de historia es no llevarte algo. Quizás no made in Jerez. Pero sí por Jerez.

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