En el momento de elaborarse este reportaje faltan unas horas para que aparezca el tormentón en jefe, Leonardo, el mayor de los temporales que los tiempos recientes conocieron. Juan Barrios Vallejo, de 68 años, resopla y mira al frente, a la Bahía, que está detrás de la balaustrada de la Alameda de Cádiz.
"Eso dicen, que mañana viene la tormenta grande pero vamos que no ha dejado de llover en mes y medio. Aquí me cogerá como las demás", dice con un gesto entre resignado y valiente este hombre que sólo lleva seis meses en la calle tras 67 años y pico de cómoda vida convencional.
Es una de las 300 personas que duerme al raso cada noche en Cádiz, según la cifra publicada por la Asociación Pro Derechos Humanos este otoño.
Cuatro de ellas han fallecido en el mes de enero de 2026, en apenas 20 días, entre el 2 y el 23 del mes pasado, bien en las calles, tres de ellas, bien en un albergue municipal, el centro de día Fermín Salvochea.
Sin colectivos solidarios ni voluntarios como mediadores, sin ocultar rostros ni nombres, varias de las personas que sobreviven sin techo fijo ni habitaciones en la ciudad de Cádiz hablan de su situación.
En el vendaval perpetuo de este invierno, el más cruel de muchos, con la serie de fallecimientos en la vía pública más trágica que se recuerda, comentan lo que supone dormir en la acera, en un portal o la entrada de un banco, en un rincón sin nombre, paredes ni electricidad.
Caballero sin hogar
"Claro que tengo miedo de que me pase lo mismo. Si uno de ellos, Juanma, dormía aquí", señala a su derecha, un metro más allá. "Estaba muy mal, yo trataba de decirle que se tapara, que se cuidara, pero tenía su carácter".
"Habían venido dos veces a por él en ambulancia. Se lo llevaban, estaba en urgencias o en observación unas horas, y lo traían otra vez. Ese día no se despertó".
Juan Barrios tiene un verbo claro, cortés y pausado, contagia calma. Nada de rabia ni rencor en sus frases ordenadas y honestas.
"Tengo miedo de que me pase lo mismo, por supuesto. Es que dormir en la calle es pasar miedo, es vivir asustado todo el día y toda la noche. Te da miedo morirte aquí. Y más cosas. Da miedo todo, duermes con un ojo abierto".
"A los que me miran mal les diría: no sabes lo cerca que estás de vivir como yo, dos malas decisiones, un golpe de mala suerte y pum"
Esta persona sin hogar sufre trocanteritis, una inflamación en la cadera muy dolorosa e invalidante: "Tengo que estar todo el día sentado, no puedo andar ni cinco metros, duele mucho, y para dormir, me pongo de un lado, del otro, pero estar en el suelo no ayuda, desde luego".
"De vez en cuando voy al hospital de San Rafael, me dan algún calmante pero esto necesita operación y ahí estoy, en lista de espera".
Lleva seis meses sin techo. Antes, durante 35 años, fue trabajador con notables responsabilidades en una de las ganaderías más prestigiosas del mundo del toreo, la legendaria divisa Guardiola, en Utrera, de la que su padre había sido apoderado.
Hijo de una familia acomodada de Sevilla, "siempre viví en el barrio de Los Remedios", tuvo residencia luego en Barbate y Zahara de la Sierra. Cuando sus padres fallecieron, por cuestiones administrativas y "cosas de la vida", se vio sin piso y sin posibilidad de alquilar ni de ser acogido.
"A los pocos que me miran por encima del hombro al pasar les digo, con el pensamiento: no sabes lo cerca que estás de vivir como yo, dos malas decisiones, un golpe de mala suerte, un papeleo que te salga mal y pum, te ves así", resume Juan.
Luis 'Belloto', portavoz de personas sin hogar
Luis es conocido entre las personas sin techo y las asociaciones por su apelativo, Belloto. "Es que soy extremeño, y allí las bellotas son muy típicas". En la última concentración de protesta por la muerte de personas sin hogar en las calles de Cádiz ejerció de portavoz.
Dos días después, ya sin megáfono, repasa varios tópicos y prejuicios que dañan al colectivo al que pertenece hace tres décadas, el de las personas sin domicilio ni residencia fija, las que duermen en la vía pública.
"Lo primero que creen de nosotros es que somos tontos, los desgraciados que no saben, los que se lo buscaron. Gran equivocación. Cualquiera puede verse así. Algunos incluso creen que preferimos estar en la calle. Eso es falso. Todo el mundo quiere dejar de vivir así".
"En la calle, durmiendo como yo, he conocido a una jueza, a un policía, a Julio Alberto, aquel que jugó en el Barça, le he dejado 20 euros para comer. Años después, ya recuperado, me vio y me reconoció, me dio un abrazo agradecido".
"Al Tijeritas, un cantante de Málaga que llegó a cobrar cuatro millones de pesetas por actuación en los 90, también lo he tenido de compañero en una acera y a Enrique Urquijo, el de Los Secretos, aunque ese hombre estaba mal por la droga".
"He dormido en la calle con Julio Alberto, con El Tijeritas, con una jueza, con Enrique Urquijo, esto le pasa a gente de todo tipo, de todos los países, con cultura, con carrera"
"Hablo cinco idiomas, he viajado a 45 países y acabé durmiendo en la calle. Hay gente de todo tipo, con cultura, con carrera, esto le puede pasar a cualquiera", afirma en Los Balbo, la zona peatonal entre la avenida central y el colegio Salesianos, junto a varios compañeros.
Alrededor de Luis se forma una pequeña asamblea. Otro Luis —"yo de Madrid, tengo 56 años"— lamenta que no se haya convocado "un minuto de silencio en el Ayuntamiento por la muerte de los compañeros. Por otras víctimas, de accidentes, de asesinatos, se hace. Ellos también son víctimas".
Mientras él habla, Carmen, su pareja, duerme en una tienda plástica con forma de iglú en esta zona de Extramuros, a diez metros de la sede de la empresa pública Eléctrica de Cádiz. "A los que me miran mal sólo les digo que no muerdo".
"Pasamos algún susto con los niñatos"
Al conjunto de tres tiendas aparecen unidas tres camas hechas de cartones y mantas con un ocupante: "Él está muy mal, no va a poder hablar".
Miguel, "otro extremeño pero de Cáceres", se suma a la tertulia. Cuando sus compañeros critican al alcalde de Cádiz por supuesta inacción, por falta de soluciones o por abandonarles, tercia con un argumento de difícil contestación.
"Yo no digo que no sea un sinvergüenza, que no nos tenga abandonados, pero yo he estado muchos años durmiendo en Cáceres, en Sevilla, y pasa lo mismo. Es así en todas partes. Son todos los alcaldes, son todos los políticos, ojalá fuera problema de un sitio solamente".
En este enclave de Extramuros, al miedo a morir en la calle se suma otro: "Pasamos algún susto con los niñatos que beben cuando salen, los viernes, los sábados. Alguna vez vienen a molestarnos, nos dicen algo, nos tiran cosas, nos han querido pegar".
Aunque en todos los casos, todos los que hablan, destacan la bondad de muchos vecinos antes que la mala baba de unos pocos: "Aquí en Los Balbo hay un hombre joven, argentino, que nos trae cada dos por tres caldo, café, comida caliente".
"Los vecinos del edificio [está junto a un portal] me tratan fenomenal, me bajan cosas de vez en cuando. Gente que trabaja por aquí me saluda y me da conversación muchos días, me trae tabaco", añade el sevillano junto a la Alameda.
La bondad y la crueldad comparten envoltorio
La ayuda de las asociaciones también suma: "Cruz Roja, Cáritas, Calor en la Noche, Derechos Humanos, hacen lo que pueden, vienen casi todas las semanas y reparten mantas, zumos, algún bocadillo, a veces algo caliente pero esa no es la solución".
Juan añade que la Policía Local no es hostil: "Lo normal es que no te digan nada, ni bueno ni malo pero estos días de temporal se paran más, te preguntan si estás bien, si te pueden llevar a algún sitio, si necesitas algo".
Tanto el de la esquina de la calle Zorrilla, como los de Salesianos y los que duermen en el solar de CASA, donde iba a construirse el nuevo hospital, coinciden con unanimidad en un asunto esencial: las causas que llevan a tantas personas a vivir sin hogar.
"Necesitamos una casa, un piso, una habitación, algo, un lugar, todos los que estamos en la calle queremos eso. Nadie está en la calle porque quiere, la gente que dice eso no sabe lo que habla o tiene muy mala condición", afirma Luis de Madrid.
Los dos extremeños y, en conversación distinta, Juan le dan la razón: "Yo sería feliz con un cuarto, en una residencia, una cama, un sillón, un café, una tele, no pido más, tranquilidad pero no puedo pagar lo que se pide ahora por eso", añade el sevillano.
Todos hablan de recibir pagas mensuales que oscilan entre mil euros y la mitad "pero con eso no llegas a nada, los alquileres o el hostal más barato, cualquier plaza en una residencia cuesta todo eso o incluso más, cómo íbamos a comer. Además, a los pocos que podrían pagar nadie les quiere".
La crisis de la vivienda aparece detrás de su conflicto pero sin solución a la vista, los albergues y refugios parecen el alivio momentáneo.
En ese apartado, sí hay críticas concretas a la situación de la ciudad de Cádiz: "Las plazas son muy pocas, las condiciones de los sitios dejan mucho que desear, sobre todo por la seguridad, hacen falta muchas más camas".
Algunos detalles menores, según Luis Belloto, también ayudarían: "Hasta hace unos pocos años, nos dejaban ducharnos gratis en los módulos de las playas pero desde 2023 nos cobran un euro por ducha. En nuestra situación, un euro al día es mucho dinero".
La acusación: no quieren ir a los albergues
Cuando se les recuerda que muchas instituciones, incluso colectivos solidarios, lamentan que las personas sin hogar rechazan sistemáticamente ir a uno de esos recintos públicos aparecen las causas.
Hay unanimidad sobre la hostilidad de los albergues: "Te roban todo, hay broncas cada día, cada noche, si eres mujer, ya ni te cuento"
"Lo que no cuentan es que te dejan estar una semana y luego te echan hasta los dos o tres meses, no puedes quedarte ni repetir en ese tiempo", afirma Belloto. "A mí me dejaron estar una semana en Caballeros Hospitalarios, y lo agradezco, luego me echaron con malas formas", dice Juan.
Las parroquias de la zona ofrecen ayudas puntuales pero no alojamiento de urgencia, aunque a Belloto le han conseguido un alojamiento provisional en Chiclana. No es la iglesia católica, es la evangélica.
El otro Luis recuerda una queja generalizada que todos repiten en cada conversación: la peligrosidad de los albergues. "Te roban cosas, la radio, la ropa, el móvil, todo, hay broncas cada día, cada noche, pregúntale a la Policía Local, pregunta, que están hartos".
Juan asegura que ha conocido tanto el centro de día Fermín Salvochea como el hostal de alojamiento de la calle Soledad: "En el centro de Garaicoechea caben 70 personas y meten casi a 140. Por la noche, para ir al baño, tienes que saltar 20 camas para llegar".
"¿Los que dicen que tenemos muchas adicciones están seguros de que bebemos o fumamos más que los panaderos, los oficinistas, los estudiantes o los policías?"
"Hay robos y peleas todos los días, ahí no se puede estar. Algunos más jóvenes se aprovechan de la gente mayor, les atacan. En la calle Soledad sólo aguanté una noche, hay chinches, cucarachas, eso está imposible".
Juan Carlos Torras pertenece al grupo que pernocta en Loreto, en la pared colindante con las pistas deportivas, en el solar del futuro hospital: "Nos dicen que no queremos ir a los albergues pero los mismos policías que te piden que vayas te admiten que allí no hay quién esté".
Su compañera Trinidad Gómez, malagueña, incluye un agravante que para los hombres pasa desapercibido: "Si eres mujer, ya ni te cuento. Además de robarte lo que puedan tienes que aguantar al guarro de turno. Yo los albergues no los piso, ni los de Cádiz ni los de cualquier sitio".
Sin levantarse de sus mantas y sus cartones, Carlos, salmantino -"allí sí que te congelas"- pone otro inconveniente: "No te dejan ir con tu animal, que yo lo comprendo, que no es limpio ni es sano pero la gente tiene que entender que mi perro es mi vida, que es lo único que tengo".
Pese al rechazo generalizado a los recintos públicos de acogida, Juan, Luis Belloto y Juan Carlos, cada uno en charla diferente, sin verse, coinciden en la necesidad de habilitar centros de emergencia para noches, semanas, de climatología tan dura como la de este invierno.
"Pabellones deportivos, sitios grandes, con camas desmontables que la Cruz Roja las tiene. Por lo menos en invierno. Allí, vigilados, que nadie robe ni pegue a nadie. Podríamos ir allí a las diez de la noche y a las nueve de la mañana, todos fuera para no molestar a los que hacen deporte allí".
El monstruo del alcohol
Las adicciones, sobre todo al alcohol, se unen a las enfermedades crónicas de todo tipo, muy comunes entre los que viven en la calle. El alto índice de alcoholismo es otro reproche que sufren.
"Es verdad que hay mucho alcohol —admite Juan— y no se sabe qué viene antes, qué cosa lleva a la otra, si vas a peor por beber o bebes porque has ido a peor. Esto es muy duro y cada uno se agarra a lo que puede".
Luis, el madrileño, sin embargo, lanza una pregunta a los que acusan a las personas sin hogar de condenarse con las adicciones: "¿Los que dicen que tenemos muchas adicciones están seguros de que los que duermen en la calle beben o fuman más que los panaderos, los oficinistas, los estudiantes o los policías?".
"Yo creo que el porcentaje será el mismo, parecido. Seguro que es lo mismo en todos lados pero a nosotros es más fácil señalarnos, acusarnos, dicen que nos lo merecemos, que nos lo hemos buscado".
