Circos en pandemia: más difícil todavía…

El mundo circense, artistas y empresarios, agonizan tras un año sin funciones y sin ayudas. Los Tonelli y su Circus Las Vegas han permanecido casi medio año varados en San Fernando, tras decenas de despidos y sobreviviendo gracias a la solidaridad. "Una vecina nos traía pan y leche cada día; nos gustaría volver y regalar varias funciones al pueblo", agradecen

Circos en pandemia. Tres generaciones de Tonelli ante una caravana del Circus Las Vegas, varado por la pandemia hasta hace poco en San Fernando.
Circos en pandemia. Tres generaciones de Tonelli ante una caravana del Circus Las Vegas, varado por la pandemia hasta hace poco en San Fernando. JUAN CARLOS TORO

Pese a lo desolado del paisaje, resuena el murmullo de los niños bajo la enorme carpa con pista central. Pasen y vean... no se puede creer... Frente al gris que lo inunda todo esta tarde en la enorme explanada cerca del caño de Sancti Petri, en San Fernando, rugen fieras mitológicas y un funambulista deja boquiabiertos y en tensión al público. Ohhhh, más difícil todavía... Los tráileres varados, las casas rodantes de los artistas, repletas de vida cotidiana y bebés llorando a grito pelado, no impiden imaginar escenas, sonidos, atmósfera y magia de lo que de siempre se llamó el mayor y más antiguo espectáculo del mundo. Los hubo mejores y peores, pero siempre fueron capaces de generar expectación e ilusión entrando en tropel en cada punto de su gira.

El circo, con 3.000 años de historia, agoniza en pandemia, sin espectadores y sin ayudas públicas que rescaten a un sector que solo en España da (o daba, mejor dicho) de comer a unos 10.000 artistas. El circo, ante su más difícil todavía. “Los más viejos, los abuelos, nos dicen que ni en las guerras se paraba el circo. Si había una zona en conflicto, con bombas, se iban a otra ciudad; en una misma explanada podía haber cuatro o cinco circos y todos con público”, recuerda Toni Tonelli, quinta generación de artistas y empresarios circenses. “Nunca había ocurrido nada igual, algunos ya no volverán a abrir”.

A sus 38 años, Tonelli y la gran familia del Circus Las Vegas se ha llevado casi el último medio año embarrancado en los terrenos donde La Isla celebra su feria veraniega del Carmen y la Sal. De “unos 60 y pico trabajadores, quedamos unos 20; he tenido que ir despidiendo a la mayoría, gente con la que llevaba entre 10 y 15 años trabajando”, resume un artista que empezó como malabarista y ahora ejerce de anfitrión, “de payaso cómico que presenta e interactúa con el público”. Lograron desembarcar en San Fernando en octubre pasado, tras una fallida escala en La Línea —“con los permisos en la mano, al final se nos denegó quedarnos allí”—, pero se vieron atrapados por la segunda y la tercera ola del covid.

Los circos no pararon ni en las grandes guerras, "si en un pueblo había conflicto, iban a otro y siempre había público"

Solo ahora, un año después de que casi todo se parase, esta trupe confía en ver la luz. Al fin y al cabo, el circo siempre regresa a la ciudad. Acaba de llegar Toni Tonelli senior, de 62 años, el que inculcó a este joven su amor por el circo, una tradición familiar que inició el tatarabuelo, de origen sevillano pero que pronto se marchó a Portugal donde construyó su familia y su circo. Nadie imaginaba una crisis igual, después de años en los que ya el modelo tradicional de los circos, tras el veto a los animales y el descenso de público por la competencia tecnológica, estaba en cuestión. “En este tiempo hemos sobrevivido a base de ayudas de Cáritas, de Cruz Roja, de la asociación La Magdalena… y de los vecinos de enfrente, lo de los vecinos ha sido increíble”, relata Toni, que confiesa que “una vecina nos traía pan y leche cada día”.

“No tenemos palabras para agradecerles este trato. Es increíble cómo la gente se ha volcado con nosotros”. Ahora que el circo Las Vegas tiene por fin nueva fecha en su agenda, a partir del 26 de marzo junto al antiguo Matadero de Sevilla (en la ronda del Tamarguillo), su máximo responsable no se olvida de lo mal que lo han pasado estos meses de dique seco —“cero ingresos, nada”— y la solidaridad desbordante que han encontrado en tierras gaditanas, “empezando por el Ayuntamiento de San Fernando, que desde el principio nos dejó estar aquí”. “Desde luego que nos gustaría volver aquí y regalar unas cuantas funciones al pueblo, faltaría más”, dice Tonelli.

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Desolador aspecto del Las Vegas, varado en San Fernando en días pasados. JUAN CARLOS TORO

De estilo norteamericano, Las Vegas permanecía recogido, con los graderíos en camiones y la carpa plegada sobre sí misma. Todo preparado como si tuvieran que salir en estampida en cualquier momento. Aparentemente, la vida nómada del mundo del circo es dura, pero “tiene sus ventajas”, dice Tonelli. “Es un trabajo como otro cualquiera, tienes que acostumbrarte al viaje, a moverte de un lado para otro, montar, desmontar, pero tiene sus ventajas. No tenemos vacaciones como tienen otros, de uno o dos meses, pero cuando estamos por ejemplo en la Costa del Sol o en Sanlúcar, monto mi caravana y tengo vistas a la playa, doy dos pasos y estoy en la arena”.

Una máquina de hacer ejercicios y una pequeña lona sirven a su hijo Max, con solo 10 años, de espacio de ensayos. El pequeño, el malabarista más joven de Europa, ya está preparado para ser la siguiente generación de los Tonelli. En silencio, en permanente concentración, juega con siete pelotas, cinco mazas y hacer virguerías. “Su abuelo dijo, cuando solo tenía dos años, que sería malabarista. Y ahí lo tienes. Unos niños juegan con la Play cuando acaba el colegio y a éste tengo que hacer que deje los malabares para que juguemos al fútbol o haga otra cosa”, cuenta orgulloso su padre, que tiene a otra pequeña de siete y a una bebé de año y medio que llora en el interior de la vivienda-caravana familiar.

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A unos pasos de allí, otra roulotte ha sido reconvertida en aula escolar. A ella llega cada mañana, de lunes a viernes y de nueve a dos, un docente enviado por el Ministerio de Educación para impartir clases a los niños del circo. “Antes eran 16 niños, pero ahora se han quedado cinco”. Estudian hasta que acaba la enseñanza obligatoria y luego, muchos toman la vida del circo.

De los 40 circos que hay en España, según datos de la asociación Circos Reunidos, sólo tres han mantenido su actividad de manera intermitente en algunos pueblos españoles en el último año. Una auténtica ruina que ha provocado que gran parte de estos artistas y profesionales técnicos que circulan por estos espectáculos rodantes —mecánicos, chóferes, electricistas, pintores…— se hayan tenido que buscar la vida en otros trabajos. “Uno de mis trapecistas está ahora de camionero, no le ha quedado otra”, cuenta Toni, en un ejemplo tan gráfico como deprimente de cómo la pandemia ha dejado en quiebra a un sector del que viven 2.500 familias en el país. "Exigimos respeto para un sector que fue de los primeros en cerrar, de los últimos en abrir, que se ha adaptado escrupulosamente a la nueva normalidad y del que no se ha podido ver ninguna noticia ni video donde se salten las medidas de seguridad”, decían desde la asociación.

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Max Tonelli, en sus ensayos. JUAN CARLOS TORO

El cierre de la actividad no esencial y las limitaciones horarias han machacado a los circos, de los que no se ha acordado el Ministerio de Cultura ni ninguna administración pública. “Pensábamos que hacer una función antes de las seis de la tarde era hacer el ridículo, no iba a venir nadie, así que en octubre decidimos cerrar. En el último año, apenas dos fines de semana muy flojos en El Puerto han sido los que hemos trabajado”, cuenta el gerente de Las Vegas, constituido como SL y que, pese a la paralización de la actividad, “hemos seguido pagando todo, seguros sociales y todos los gastos”. Ante el trágico panorama, muchos de los empresarios y artistas circenses protestaron en septiembre pasado ante el Congreso, pero ni por esas.

Max, la sexta generación de los Tonelli, es el malabarista más joven de Europa

“Esta es nuestra vida. Conozco a compañeros que, antes de esta crisis, vendieron todo y montaron un restaurante. Les iba incluso bien, pero al año lo pusieron en alquiler y se volvieron al circo. Esto es como una droga”, dicen los Antonelli, herederos de una saga de artistas que siguen empeñados en  mantener viva la llama de esta ilusión que mueve a decenas de empleados y “20 y tantos camiones”. Toni ya piensa en el día de volver a arrancar. No será fácil, pero “hay que tener paciencia y recuperar lo perdido. Tardaremos un año como mínimo, aunque tengo compañeros que dicen que no levantaran cabeza hasta dentro de cuatro por lo menos”. En su caso, tampoco era fácil acogerse a ERTE porque la gente necesitaba estar al 100% para mantener a sus familias, y no podíamos mantener ningún tipo de actividad. Ha sido muy triste”, lamenta el dueño de Las Vegas.

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Toni Tonelli, en el interior de la roulotte reconvertida en aula escolar. JUAN CARLOS TORO

Y como él mismo reconoce, “gracias a Dios que ya no tenemos animales porque no sé cómo habríamos podido darles de comer”. “Yo he tenido elefantes, tigres, osos, jirafas… un montón de animales, pero en el circo siempre han sido atracciones, no el circo. El circo son magos, malabaristas, trapecistas, payasos… los animales eran un plus, pero no el circo. Y ahora está todo enfocado más a los artistas”. Una crisis sobre un modelo de circo tradicional que sufre hasta el archiconocido Circo del Sol, que ha salvado in extremis la bancarrota. “Las pantallas son una competencia brutal, aunque yo siempre inculcaré la magia de ir con mis hijos a ver a los animales al zoo, o al cine, o a ver una obra de teatro en el teatro aunque pueda no gustarnos. Es la única manera de que la cultura sobreviva”.

Pese a las dificultades —tengo familia en el circo en Italia y me dicen que este año ya no abrirán, que les buscara un hueco…—, hora de emprender un nuevo camino. De nuevo la liturgia del traslado, tomar tierra, desempacar, armar la carpa, las gradas, anunciarse por las calles, en cada semáforo un cartel, calentar, maquillarse, vender palomitas, cortar boletos y dejar que la magia inunde la carpa del Las Vegas. Ya se siente el murmullo de nuevo. Hay que volver a empezar. Toni lo sabe, pero lo sabe aún mejor su hijo Max, que no deja de pasar una y otra vez las mazas por debajo de sus piernas. Suben y bajan, bajan y suben. Una y otra vez. No importa nada más a su alrededor. Más difícil todavía... pasen y vean...

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