La cabeza llena de pájaros en Monte Algaida

La familia López Ibáñez gestiona desde hace 15 años, en la colonia agrícola de Sanlúcar, un centro privado de cría y conservación de aves esteparias único en el mundo. La avutarda es el emblema de un juego de niños que acabó en "sueño"

Cuatro generaciones de la familia López Ibáñez, en uno de los aviarios de su centro en Monte Algaida, posa con una avutarda.
Cuatro generaciones de la familia López Ibáñez, en uno de los aviarios de su centro en Monte Algaida, posa con una avutarda. Autor: Manu García

La llegada se hace dejando atrás el faro de Bonanza, el muelle, los aparejos amontonados, las salinas, los pinares que otean Doñana, el Guadalquivir que muere, una dispersión caóticamente ordenada de explotaciones agrícolas, buenas viviendas de autoconstrucción y carriolas de cuando había romería en El Rocío. Las calles tienen nombre de abecedario y en la calle G se encuentra, tras dejar atrás buena parte de la llamada colonia de Monte Algaida, en Sanlúcar, un centro privado de reproducción y conservación de aves esteparias único en el mundo.

Un núcleo zoológico que surgió como un juego de niños y acabó convirtiéndose en el modo de vida —aparte de la tradición agrícola, ganadera y cinegética— de la familia López Ibáñez. La historia, sin embargo, tiene su nacimiento en Ávila, la ciudad natal del profesor Alejandro Pérez Gutiérrez (1941), que se mudó a los bellos parajes sanluqueños por circunstancias de la vida y hace medio siglo fundó el germen del proyecto que continuaron, ya como socios desde hace quince años, aquellos niños a los que enseñó a amar a las aves.

Rafael y Antonio López Ibáñez, con 43 y 45 años, respectivamente, son los responsables del mantenimiento de unos 3.000 metros de instalaciones donde conviven principalmente unas setenta aves amenazadas con la avutarda, la más voluminosa de las especies de la avifauna ibérica que vuela, la más vulnerable, como santo y seña de esta singular iniciativa medioambiental gaditana.

Rafael López, en otro de los aviarios de su centro. Autor: MANU GARCÍA
Avutardas con Rafael López al fondo. Autor: Manu García

“Esto empezó —recuerda Rafael— gracias a mi socio Alejandro, que ahora está enfermo, y cuando antes se mataban y hacían lo que les daba la gana con las avutardas, él ya empezó a protegerlas. Fíjate que gracias a la marca con la fecha de una foto que hizo a uno de los ejemplares, cuando estos animales ya entrados los 80 del siglo pasado comenzaron a tener protección especial, evitó una multa y que le decomisaran los pájaros”. Antes de conocerle, relata, “ya teníamos una colección de aves acuáticas pero la gripe aviar nos quitó las ganas”. Al tiempo, sobre 2005, Ramón Dalmau, un amigo de Alejandro, que ya había oído hablar de los niños de Sanlúcar, nos presentó y Alejandro nos hizo una especie de prueba con una pareja de urogallos para que los recuperásemos. Vio nuestro entusiasmo y cómo cuidábamos a los animales que entendió que era la forma de poner toda la carne en el asador para preservar su proyecto. Y vio en nosotros el futuro de las avutardas”.

El centro cuenta con unos 150 aviarios de diferentes tamaños, sala de frío para la alimentación —el pienso de las avutardas se importa desde Abu Dabi—, sala de incubadoras, sala de nacedoras, y sala de cuarentena. Los hermanos López Ibáñez, que se siguen tomando todo esto “como un hobby que nos cuesta el dinero”, no paran de un lado a otro de la finca. Aun así, con el tiempo han podido constituirse como empresa —“al menos para desgravar el coste del pienso”; unos mil kilos al mes— y vender algunos ejemplares de avutarda a Portugal para reintroducir la especie —unos 20.000 euros la pareja—. Hasta un jeque árabe, aseguran Rafael y Antonio, “se encaprichó con esto, pero esos van por calentones y no lo veíamos claro”. “Querían hacer mi sueño realidad, comprándome un terreno, e íbamos al 50%, pero no me fiaba… me iban a dejar sin nada: sin mis animales, sin finca y sin mi sueño”, explica Rafael, que incluso estuvo en los Emiratos Árabes especializándose en técnicas de impronta, inseminación e incubación del delicado y complejo  proceso de la cría en cautividad de aves esteparias. En todo caso, matiza, “las avutardas nos han abierto puertas a nivel mundial y nos han permitido a conocer a gente que ni en sueño”.

Antonio López junto a Paco Casero, en la cámara de frío donde almacenan los piensos. Autor: MANU GARCÍA
Antonio López junto a Paco Casero, en la cámara de frío donde almacenan los piensos. Autor: MANU GARCÍA
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Una de las tres especies de gouras que tiene el centro, un ave originario de Papúa muy cotizado. Autor: MANU GARCÍA
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Flamencos jóvenes en sus instalaciones de cría. Autor: MANU GARCÍA

Alrededor de Rafael y Antonio, con las dos casas de la familia en el llamado Pago Los Ranos —hijos, nietos, abuelos…—, se encuentra una colección de cientos de aves que reproducen y en algunos casos venden o ceden para coleccionistas o para reintroducirlas en sus hábitats naturales: avutardas aparte (autóctonas o de Kori y Senegal), aletean flamencos, gangas, sisones, ibis escalartas, alcaravanes, trompeteros, palomas de Nicobar, o gouras, un preciado animal originario de Papúa que inunda del azul de sus plumas los aviarios de este centro de cría en cautividad.

Además de la caza ilegal o las pérdidas de hábitat por las sobrexplotaciones agrícolas o las expansiones urbanísticas, también las electrocuciones con los tendidos eléctricos no hicieron en las últimas décadas más que disminuir las poblaciones de aves esteparias, especialmente de la avutarda, pesada pero frágil, e incluida en el Libro Rojo de las Aves de España como “vulnerable”, según explica a lavozdelsur.es Antonio Aguilera, de la Fundación Savia en defensa del medio rural, un experto ambientólogo que también hace la visita a las instalaciones junto al presidente de esta organización, Paco Casero, y su hijo, el ingeniero de montes Iván Casero.

Según el catálogo de la ONG SEO/Birdlife, “la avutarda está siendo objeto de varias medidas de conservación, como el censo y control de las diferentes poblaciones, la implantación de medidas agroambientales, los programas de divulgación y sensibilización, la investigación aplicada para conocer más profundamente la biología y los requerimientos ambientales del ave, y la modificación y/o señalización de tendidos peligrosos y alambradas”.  Pese a todo, el centro de Monte Algaida solo figura como entidad colaboradora de la Junta de Andalucía, pero no recibe ningún tipo de apoyo público para su sostenimiento.

Rafael con el señuelo que ideó para que las hembras de aves esteparias copulasen. Autor: MANU GARCÍA
Señuelo para que las hembras copulen, ideado por Rafael. Autor: MANU GARCÍA

“¿Que si duele un picotazo? Todos los días me cargo cuatro o cinco, y claro que duele… pero son nobles todos”, expresa Rafael junto a su hermano. Lo suyo es una obsesión. Y así lo reconoce. Hay noches en las que ha estado pendiente de si los animales copulaban o si las hembras estaban “aptas” para copular. "Veía un culo y otro culo hasta que veía que estaba apta", expresa. Sobre las técnicas de inseminación en la web del centro de reproducción de aves esteparias explican que "dichas aves han sido improntadas desde el primer día de su nacimiento en nuestro centro, educadas y entrenadas para copular de forma voluntaria sobre señuelos fabricados para tal efecto. Al copular de forma voluntaria proporcionan suficiente cantidad de semen de una inmejorable calidad con el que  cubrimos el importante número de hembras también improntadas de nuestro centro que de forma voluntaria cortejan y hacen nidos con los cuidadores”.

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Otra de las especies que se crían y conservan en el centro de Monte Algaida. Autor: MANU GARCÍA
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Terreno donde Rafael quiere levantar su sueño, un complejo medioambiental de cría y conservación de aves esteparias. Autor: MANU GARCÍA

A medida que el proyecto de centro de cría y conservación ha crecido y los animales han ido reproduciéndose, el espacio obviamente ha menguado. Es el principal problema al que se enfrentan ahora. "Es que esto se ha quedado pequeño, no tenemos ya espacio”. Porque aparte de las aves esteparias, en otras instalaciones aledañas, por si fuera poco, también hay un grupo protegido de primates. “Mi cuñada —comenta Antonio— tenía fotos con monos en la feria y se quedó tan impactada con estos animales que hemos acabado recogiendo algunos para su protección”. Con la venta de algunas de las aves, han podido adquirir una parcela próxima al pago familiar.

Sobre una loma en Monte Algaida, donde sueña con levantar su futuro gran complejo de protección de las aves esteparias, el sitio es ideal, pero el gran obstáculo es que, por más que han rastreado, en la zona no hay pozos de agua. Donde han aparecido ánforas con miles de años de antigüedad, hallazgos que ya han comunicado a las autoridades de Patrimonio, no hay gota de agua, por lo que ahora los hermanos López Ibáñez trata de encontrar ayuda en la Administración para que acerque el agua a la finca dado la utilidad pública del proyecto.

Mientras llega ese momento, Rafael enseña en el móvil el azulejo enorme con avutardas pintadas que quiere encargar para poner a la entrada de las instalaciones e incluso ya avanza cuál será el lema del complejo: “Un lugar para soñar”. “Lo mismo suena cutre, pero a mí me gusta”, indica risueño el mayor de los hermanos López Ibáñez. Un hombre, que incluso ya tiene dos nietos, cuya vida gira en torno a las aves. “A mí me pegó un tiro en la cabeza Félix Rodríguez de la Fuente, y me dejó tonto con el tema de la flora y la fauna. Ojalá estuviera vivo, era un máquina”. Pero eso sí, matiza Rafael, en sus libros venía que la avutarda tarda de 24 a 26 días en incubar. “Si estuviera vivo le diría que las hembras tardan 22 días, lo tengo todo anotado”.

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Comentarios (1)

francisco de cuartilo Hace 24 días
Buen trabajo de los sanluqueños, y buen artículo fotos.
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