Ana y Manuel, toda una vida de lucha: violación en la infancia, exilio y vida política de la mano de Alberti

Ana Perea y Manuel Galán, de 82 y 85 años, vivieron en el exilio y fueron concejales del PCE en El Puerto (ella fue en las listas al Congreso), una experiencia que recogen en el libro 'Historia, amor y lucha'

Ana Perez y Manuel Espinar, autores de 'Historia, amor y lucha', en su casa.
Ana Perez y Manuel Espinar, autores de 'Historia, amor y lucha', en su casa. MANU GARCÍA

La infancia de Ana Perea España (Tarifa, 1939) está atravesada por un temor constante. El de encontrarse con el hombre que, desde que tenía cuatro hasta los diez años, la estuvo violando cada poco tiempo. “Me asustaba diciéndome que si lo contaba a mis padres los iba a matar y a mí me meterían interna en un colegio. Me decía que su padre era muy amigo de Franco, aunque yo con esa edad no sabía quién era”.

Ana estaba tan asustada y tan harta de la situación que, con diez años, se escapó, pero cuando se vio en la carretera le dio miedo y se volvió. En Tarifa, escuchó que había una casa en la que morían niños de tuberculosis y fue para allá. “Me puse a pensar cómo me podía morir, porque ya no quería vivir”, confiesa. En la casa de tuberculosos compartió chicles y vasos con los enfermos, hasta que contrajo la enfermedad.

Con la tuberculosis estuvo dos años en cama, a punto de fallecer. “Me llevaron a un médico y le dijo a mis padres: ¿Ahora me traéis a esta niña? No le queda ni una semana de vida”. Al escuchar eso respiró aliviada. “Me dio una alegría”, dice Ana, que finalmente sobrevivió, y puede contarlo.

Ana se quiso quitar la vida y se contagió de tuberculosis. No quería seguir viviendo tras ser violada durante seis años

“Mis padres se han muerto y no han sabido nada de esto. Y mis hermanos lo supieron cuando sacamos el libro”, relata Ana Perea, en referencia a Las olvidadas (El Boletín, 2016), una obra escrita a medias con su marido, Manuel Espinar Galán (Sanlúcar de Barrameda, 1937). Este año han vuelto a unir sus letras para dar forma a Historia, amor y lucha (Ediciones Ende, 2022), una obra autobiográfica en la que relatan cómo vivieron el franquismo, la Transición y el inicio de los ayuntamientos democráticos, en el que estuvieron muy implicados.

Ana Perea formó parte de las listas del PCE al Congreso de los Diputados durante las primeras elecciones generales celebradas en 1977. En ellas iba Rafael Alberti, que consiguió el único escaño para el Partido Comunista por la provincia de Cádiz. La portada del libro de Perea y Espinar, precisamente, es una dedicatoria que el poeta les escribió a ambos ese mismo año. “Recuerdo de nuestra campaña electoral por tierras de Cádiz”, se puede leer.

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Ana Perea, concejal del PCE en El Puerto en la primera legislatura, en su vivienda.  MANU GARCÍA

El Puerto unió sus vidas

El día que al padre de Ana le ofrecieron trabajo en El Puerto, adonde se trasladó toda la familia, cambió el destino de su hija para siempre, sin él saberlo. “Estuve dos años sin verlo cuando estuve enferma. Me venía súper feliz, les dije que era porque estaba harta de Levante”. Pero la realidad era otra bien distinta. “Desde los doce años no paré de buscar con quién podía hablar para que solucionara mi mente. A la vez me fui haciendo cada vez más rebelde”, dice la tarifeña, portuense de adopción.

“Si no me llego a encontrar con Manuel jamás habría estado con un hombre”, confiesa Ana, que lo conoció cuando tenía catorce años. Desde entonces están juntos, hace ya 70 años. Pero Manuel no supo esta historia hasta 20 años después de casarse. “Siempre hemos hablado de sexualidad, de política.. de todo. Pero nunca fui capaz de decírselo”, dice. “A quién le pasa algo así siempre tiene cierto sentimiento de culpabilidad”, aporta él.

Manuel Espinar, residente en El Puerto desde hace muchos años aunque natural de Sanlúcar, era hijo de un anarcosindicalista, miembro de CNT, concretamente de la rama de vegetarianos naturistas. “La crianza que tuvimos mi hermana y yo chocaba con la de la época”, recuerda. “Fuera había dictadura, pero en mi casa éramos una plena democracia”. Cuando estalló la Guerra Civil, la familia de Manuel huyó de Sanlúcar —“a mi padre lo avisó un guardia civil de que lo querían fusilar”— y recalaron en El Puerto, donde años más tarde coincidió con Ana.

Rafael Alberti y Ana Perea.
Rafael Alberti y Ana Perea, en un mitin.

Un matrimonio sufrido (y fuerte) 

Cuando se casaron, en 1966, Manuel Espinar y Ana Perea, automáticamente, comenzaron a militar en el Partido Comunista. “Nos regalaron los anillos y nos dieron responsabilidades”, rememora ella. Él fue nombrado responsable de organización del PCE en la provincia de Cádiz. Ella fue incluida en el comité provincial del partido. Ambos fueron dos de los siete concejales que la formación consiguió en las primeras elecciones municipales en El Puerto, donde fue la fuerza más votada y, por consiguiente, gobernó.

“Nunca he tenido ambición de poder ni de dinero, no he ganado nada en política”, dice Ana, quien ejerció funciones en delegaciones como Turismo, Parques y Jardines, Servicios Sociales o Cultura. “Estuve de comodín”, señala. Era la única concejal sin despacho, “y la que más me movía”. En ese primer mandato, aunque el PCE ganó las elecciones, dio funciones al resto de grupos políticos. “Para mí era justo, a otros concejales también los han votado, aunque no esté de acuerdo con su ideología”.

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Manuel Espinar, también concejal del PCE, del que se desvinculó en 1988.  MANU GARCÍA

Pero antes de ser concejales fueron exiliados. Tras una manifestación en la que hubo detenciones y encarcelamientos en El Puerto, a finales de los años 60, el ambiente se tensó tanto que decidieron poner tierra de por medio. Salieron de casa a las cinco de la mañana, con su hija de un año, todavía en pijama, en brazos, con poco dinero y la ropa justa. En Córdoba, un enlace del partido les dio 1.000 pesetas para gasolina, una manta que sirviera de pañal a la niña, una naranja y un chorizo. Y partieron hacia Madrid.

Manuel se tiñó el pelo —“quise ponérselo negro carbón, pero me salió rojo”, cuenta Ana entre risas—, cogió un pasaporte falso que le facilitaron y partió hacia París, donde estuvo seis años, entre 1970 y 1976. Ana y la niña se unieron a él nueve largos meses después. Al principio estuvieron en una finca cercana a la capital, para luego pasar a casas de artistas madrileños, que los escondían en sus viviendas unos días. Hasta que pasaban a la siguiente casa.

Nueve meses separados

Ana volvió a El Puerto con la pequeña, que aún no tenía pasaporte, trámite indispensable para salir del país. Un escollo que tardó tiempo en resolver. “Mi madre, cuando volvimos, estaba preparada con las maletas para irse a San Sebastián, porque les habían dicho que nos vieron allí. Mi padre pensó que nos habían matado”, relata. “A los nueve meses me llamó —dice, señalando a Manuel— a las cinco de la mañana. No digas ni una palabra, coge este número, vete al pueblo más cercano y llama desde allí, me soltó”. Eso hizo, recibiendo información de dónde tenía que ir.

Seis años en el exilio y, a la vuelta, concejales del PCE en El Puerto

Pero Ana se topó contra un muro. No había manera de conseguir pasaporte para ella y para su hija. Primero lo intentó con un juez que prometió ayudarla, luego con un abogado demócrata cristiano que conoció, a través del que denunció a la Policía por no expedirle el documento.

Hasta se presentó ante el obispo de Cádiz de entonces, Antonio Añoveros, para pedirle que intermediara. Pero la atendió un vicario: "A vosotras se os considera putas", le dijo. Ella se fue enfada y unos días más tarde reunió a mujeres de presos políticos para colarse en el Obispado para, esta vez sí, hablar con Añoveros, que tuvo parte de culpa de que pudiera conseguir el pasaporte y partir hacia Francia.

Manuel, Ana y la hija de ambos se reunieron en París tras nueve meses de separación. Durante su estancia en el país galo, a Manuel lo mandaron unos meses al congreso de la Konsomol, la división juvenil del Partido Comunista de la Unión Soviética, por lo que recorrió la URSS y Afganistán. En la capital francesa estuvieron hasta que, en 1976, una vez muerto el dictador y con la amnistía en la mano, pudieron regresar a su tierra.

Un libro para resumir toda una vida

Historia, amor y lucha, cuenta el matrimonio, recoge pasajes autobiográficos de los últimos años del franquismo y de la Transición hacia la democracia. “Hemos querido hacer un libro en el que todo lo que pongamos y digamos se pueda comprobar”, relata Manuel Espinar.

Por eso estuvieron indagando en el Archivo Histórico Provincial de Cádiz, para atinar con fechas y nombres de quienes participaron en las manifestaciones y revueltas de esos años, y quienes fueron detenidos y represaliados. “A nosotros nos faltaba un libro en el que se hablara de memoria histórica en la provincia de Cádiz en la dictadura”, sostiene Manuel. Por eso recogen, “con nombres y apellidos, a quienes estuvieron en sindicatos y lucharon y sufrieron la represión en la provincia”.

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Ana y Manuel, con el libro escrito por ambos.  MANU GARCÍA

“El Puerto tiene mucha importancia esos años”, profundiza Manuel, “aquí había una gran militancia del PCE, con líderes destacados como Modesto (Juan Guilloto León, general de brigada), Daniel Ortega (médico) o Rafael Alberti. "Éramos los impulsores de toda la movilización que había en la provincia”, reseña.

Manuel Espinar, antes de militar en el PCE, del que se desvinculó en 1988, formó parte del Sindicato Vertical de las bodegas Fernando A. de Terry —de las más reivindicativas del Marco de Jerez— en la década de los 60, como parte de la estrategia del Partido Comunista de infiltración en las estructuras del régimen franquista.

Con la llegada de la Transición y su participación en la vida política portuense, Ana y Manuel —ella estuvo ocho años de concejala, él apenas una legislatura—, pudieron poner en práctica los valores que llevaban años defendiendo. “Mi único interés era cambiar la sociedad”, relata Ana Perea, quien temía no estar a la altura del cargo por su falta de formación —“solo fui un año al colegio”—. “Pero he leído muchísimo y me he juntado con gente que sabía mucho”, recalca. "Una ladrona de oído", como la define su marido. 

Sobre el autor:

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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